Opinión

MORELIA
100 días: La violencia y el miedo
El actual mandatario, surgido de una elección fraudulenta, decidió desde el primer momento gobernar de la mano de las Fuerzas Armadas
Juan Pérez Medina Jueves 15 de Marzo de 2007
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El gobierno norteamericano decidió que sus soldados apostados en las bases militares de todo el mundo no fueran juzgados por acusaciones hechas en los paí-
ses de los lugares en donde se encuentran, ni siquiera por las cortes internacionales. Con ello, dejaba claro que por encima de cualquier ley está el poder y los intereses del gobierno más poderoso del mundo. Así los soldados «gringos» pueden estar tranquilos, la impunidad los acompañará en cualquier parte, como ha podido corroborarse con los hechos horrorosos de las cárceles de Abu Ghraib en Iraq, los sobrevuelos militares y las cárceles clandestinas en Europa y las penalidades conocidas que se realizan aun ahora en Guantánamo.
Sale a colación lo anterior por los hechos notables que están ocurriendo en México. El actual mandatario, surgido de una elección fraudulenta, decidió desde el primer momento gobernar de la mano de las Fuerzas Armadas. Fueron los militares con ordenanza y vestidos de civil quienes el 1 de diciembre se encargaron de garantizar su asunción en medio de la más grande y tumultuosa manifestación de inconformidad social. Fueron ellos los primeros que alcanzaron los beneficios del nuevo mandatario, cuando en su primer discurso anunció un incremento salarial porcentual extraordinario que desde hace más de 30 años no se ve para nadie en este país. Han sido los militares quienes ocuparon las primeras planas de todos los diarios y medios de comunicación del país en los 100 días que lleva Fecal en la Presidencia de la República. Son, como lo han afirmado, los más leales a las decisiones del usurpador. Lo han dicho para que nos quede claro a todos: están con Fecal y hay razones para que así sea, ya que se han instalado prácticamente como un cogobernante, con los riesgos que ello implica. Nadie se equivoca cuando afirma que en este país desde el 1 de diciembre los militares gobiernan con Fecal de por medio.
La justificación de ese grave hecho de parte de la derecha que Fecal representa se basó en la necesidad de enfrentar el crecimiento desmedido de la violencia y el narcotráfico en el país y la ola de ejecuciones que en algunas zonas, entre ellas nuestra entidad, venían padeciendo. De inmediato, la «mano firme» de Fecal convocó a todos los cuarteles para iniciar una cruzada histórica en contra del crimen organizado. Así, el Ejército se convirtió en la punta de lanza de una campaña que hasta el día de hoy, sólo refleja grandes éxitos propagandísticos. Como no pocos lo previeron, las campañas anticrimen han sido más una cruzada de efectos especiales que de resultados exitosos. En Michoacán, Guerrero y Baja California los hechos contrastan con las palabras de los secretarios de la Defensa y de (represión) Gobernación. La violencia no sólo no ha disminuido, sino que pareciera crecer sin que no haya nada que la pueda detener. Ya está en las calles el Ejército y la violencia no cesa; y nos preguntamos: y ahora ¿qué sigue?
Apenas el lunes, la prensa documentó seis ejecuciones violentas en varias partes del estado. Según las cifras oficiales, con éstas van ya 45 ejecuciones violentas en lo que va del año, lo que augura que de continuar las cosas a ese ritmo, el año podría alcanzar los más de 220 asesinados por el crimen organizado. Pero si fuésemos realmente optimistas y reconociéramos el extraordinario éxito de la cruzada anticrimen de Fecal y el Ejército, podríamos afirmar sin rubor, que los muertos que van hasta el momento no son nada comparados con la cifra catastrófica que tuviéramos en este momento, de no ser por ellos.
Pero nada es tan simple aunque lo parezca. La vida nos demuestra con extraordinaria tozudez que lo que se intenta esconder nos persigue hasta que se nos estampa en la cara. Así ocurre con los hechos de violencia que suceden cotidianamente, a pesar de que el sonsonete sea, precisamente, en sentido contrario. Lo peor de todo es que la violencia generada por las organizaciones delictivas ya alcanza niveles de estupor, insospechados para una sociedad que es «moderna», «democrática» y «llena de oportunidades». En este país y en Michoacán, cualquier día es bueno para morir sin causa aparente alguna.
Hace unos años, los secuestros entre familias adineradas y de reconocida trayectoria farandulera fueron la indignación general, de horario estelar y rating telenovelero. En la televisión se contaron y se cuentan las historias del sufrimiento de los famosos o acaudalados que padecieron en carne propia el infierno del secuestro, buscando culpables, pero sobre todo, teleaudiencia. Los espectadores, frente a la televisión, hacían suyo ese sufrimiento y, con una botana en el centro de la mesa, disfrutaban en 42 pulgadas de una pantalla de alta definición del dolor ajeno. La nota roja se convirtió, junto con los big brother, bailando por un sueño, la academia y sus secuelas, en asunto de venta de tiempo en televisión para los monopolios de la comunicación. La industria del secuestro floreció junto con la descarnada manera de presentar los hechos de dolor humano que esta indignante sociedad actual es capaz de generar. El Mochaorejas saltó a la fama desde lo más recóndito de la animalidad humana. Es lo que produce el neoliberalismo.
Ahora, las cosas en la TV poco han cambiado, pero la violencia se ha multiplicado con creces. El dato acerca de que los muertos por violencia generados en México en el sexenio del ignorante Vicente Fox es mayor con mucho a los muertos en la invasión a Iraq, nos revela el estado de violencia e indefensión en que nos encontramos y el fracaso de los agoreros del éxito neoliberal; pero también la pérdida de nuestra capacidad de indignación y acción solidaria. Los secuestradores de hace unos años, ubicados entre la franja del estado de Morelos, el Distrito Federal y su zona conurbada, son ahora sólo cosa del pasado. La industria del secuestro y de la violencia se ha generalizado y campea entre nosotros con el auxilio de jueces y policías, quienes sólo tienen tres disyuntivas: ceder para vivir (y vivir muy bien), hacer como que nada pasa o morir. La mayoría elije las primeras dos opciones. Muchos de los secuestros no se denuncian. Se teme siempre que la intervención de la policía acelere los desenlaces desastrosos, ya sea por la escasa pericia con que se actúa o porque se considera que todas las corporaciones están infiltradas por los delincuentes.
En estos momentos que escribo, dos familias que conozco tienen a uno de sus hijos bajo las manos de secuestradores. Les piden sumas con las que no cuentan. La situación por la que están atravesando no se puede describir aquí. Su angustia es terrible. Un compañero profesor de una de las ciudades del Oriente michoacano fue conminado a entregar 500 mil pesos a cambio de que a sus hijos no les pasara nada. A un comerciante en pequeño de la región de la Ciénega de Zacapu le llamaron para pedirle 100 mil pesos a cambio de no matar a sus hijos. Apenas en el mes de febrero, se encontró muerto al mayor de los hijos de nuestra compañera profesora Graciela Sansón, envuelto en una cobija, con seis tiros en el cuerpo, uno de ellos en la cabeza. Aún no se sabe de las causas de su muerte. El joven era intendente de una escuela secundaria. La semana anterior, fue asesinado en el Centro de Morelia el licenciado Armando Gamiño, quien trabajaba para la Secretaría de Gobierno del estado. Al salir de un banco, unos individuos le dieron un tiro en la nuca, le quitaron el dinero y huyeron. Nada se sabe de los asesinos. En esa misma semana, un compañero de nuestra organización fue golpeado al salir de una sucursal de Banamex, por unos tipos armados que, después de quitarle su dinero huyeron en una motocicleta. Nadie está a salvo. Los delincuentes atacan hoy incluso a quienes viven en la medianía.
Todo esto ocurre mientras Fecal celebra sus primeros 100 días de desgobierno militarizado, proponiendo que se pueda intervenir e investigar a personas por el simple hecho de considerarse sospechosas. La cereza de esta celebración es la denuncia de violación y asesinato cometida por elementos del Ejército en la persona de la anciana de 72 años Ernestina Ascencio Rosario, ocurrida en la Sierra de Zongolica, Veracruz, en la comunidad de Tetlatzinga. Cuenta su hija que cuando la encontró moribunda ésta le dijo: «Fueron los soldados, m’ija. Me golpearon, me amarraron y me taparon la boca. Traían sus cartucheras repletas de balas». Por información difundida por la revista Proceso se sabe que el 27 de febrero pasado, los soldados destacados en esa zona la atacaron cuando cuidaba sus ovejas, la maniataron y luego la violaron por el ano y la vagina. Ya con anterioridad, el Ayuntamiento de Soledad Atzompa había enviado una carta al secretario de la Defensa Nacional y a Fecal en la que detallaban los atropellos de que eran objeto por parte de los soldados destacados en el lugar: robos, invasión de propiedad, maltrato a los indígenas, revisiones de vehículos. Con estos amigos para qué queremos enemigos. ¡Malditos 100 días de violencia!