Opinión

MORELIA
Democracia partidista cuestionada
El perredismo michoacano decidió hacerse el harakiri. Como quedó claro, sus dirigencias formales y fácticas nunca tuvieron el menor interés de conciliar las posiciones y aspiraciones de los distintos grupos partidistas
Columba Arias Solís Viernes 22 de Junio de 2007
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La democracia como aspiración, expectativa, compromiso y panacea para resolver nuestros males políticos, económicos y sociales ha estado y sigue es-
tando no sólo en boca de todos los actores partidistas, sino además en los propios documentos que dieron vida a los institutos políticos mexicanos y, durante muchos años fue una asignatura pendiente de los regímenes que nos gobernaron y que a cuenta gotas han debido pagar a partir del asentamiento de la pluralidad política en nuestro país.
En los últimos lustros la palabra democracia ha sido el adorno y a veces la presunción de miles de discursos que a todo lo largo y ancho del país han sido pronunciados por otros tantos integrantes de organizaciones políticas y sociales y de los gobiernos locales y federales.
La alternancia partidista lograda con las elecciones federales del año 2000 nos creó la ilusión de que por fin habríamos arribado a la plenitud de la democracia y la ampliación de sus caminos se convirtió en la oferta permanente ya no solamente de la oposición, sino del propio gobierno que se anunciaba del gran cambio.
Sin embargo con el arribo al poder, la democracia como sinónimo de libertad y respeto a la decisión ciudadana de elegir dirigentes partidistas y representantes de elección popular, prontamente fue dejada de lado por aquellos que en la oposición constantemente cuestionaron al gobierno hegemónico la cerrazón de las vías democráticas y el hostigamiento hacia quienes demandaban y luchaban por su apertura. Los grandes beneficiarios de la democracia encumbrados en los cargos gubernamentales y de representación, no han podido resistir la tentación del uso faccioso de programas e instituciones tanto en las elecciones constitucionales, como en los procesos internos de sus organizaciones partidistas.
Con el ejercicio del poder, las banderas democráticas de la otrora oposición fueron arriadas y sustituidas por pragmatismos ramploneros para el pago de facturas y negociaciones en lo oscurito a fin de imponer compadrazgos e incondicionales. Aprendieron bien las lecciones del antiguo régimen y resultaron tan aplicados los alumnos como sus mentores. Desde el poder y hacia los órganos partidistas, no se ocupa lealtad, se exige y se impone la incondicionalidad y con todos los medios al alcance -y el poder para qué se tiene entonces, dijo algún aventajado pupilo- avasallan al oponente.
En estos ejercicios «democráticos» no se distinguen los colores partidistas, como se ha visto en los últimos procesos internos de panistas y perredistas, donde la democracia partidista se ha visto seriamente cuestionada y dañada por la intromisión gubernamental para inclinar la balanza hacia sus favoritos. Los casos de Yucatán, tanto en el proceso interno como en el constitucional, la elección de consejeros panistas y Zacatecas en la elección interna perredista son los botones de la muestra sin que -desafortunadamente- sean los únicos.
Llegó el turno para los michoacanos. Los priístas parecen haber aprendido de sus errores y haciendo gala de su oficio político están buscando los acuerdos que les permitan tener una candidatura de unidad y en aras de lograrlo, quienes parecían adversarios irreconciliables se han sentado a la mesa de la concertación, sabedores de que las traiciones políticas y las divisiones internas pavimentan el camino hacia el fracaso electoral, han decidido emplear todo el tiempo y el esfuerzo necesarios en la negociación y presentarse ante el electorado michoacano con un candidato consensuado y respaldado por todos los grupos priístas.
El Partido Acción Nacional abre su proceso interno con dos precandidatos, uno de los cuales -según dicen sus adeptos- cuenta con el beneplácito presidencial por lo que se espera la cargada a su favor, pero el otro aspirante no piensa dar tregua y se apresta a romper lanzas en pro de la ansiada candidatura.
El perredismo michoacano decidió hacerse el harakiri. Como quedó claro, sus dirigencias formales y fácticas nunca tuvieron el menor interés de conciliar las posiciones y aspiraciones de los distintos grupos partidistas. Convocaron a un par de reuniones para cubrir el expediente y siguieron adelante con sus propios intereses -que parecen no coincidir con los de la verdadera militancia perredista- permitiendo un proceso de confrontación donde la inequidad, el derroche y las cargadas oficiales han sido la constante. Quienes deberían ser los garantes de la imparcialidad, la equidad, legalidad y transparencia del proceso interno, abdicaron de sus obligaciones y tomaron partido por sus precandidatos.
De un lado, connotados integrantes tanto del Comité como del Consejo Nacional perredistas legaron a Michoacán en abierto proselitismo por un precandidato, del otro, el oficialismo gubernamental sin el menor disimulo, por todo el estado se dedicó a operar a favor del suyo, sin remordimiento o preocupación algunos por la utilización de sus cargos. Los amarres y compromisos establecidos con grupos corporativos ajenos al perredismo han sido públicos y puntualmente registrados por los medios. Luego entonces, este 24 de junio habrá candidato a gobernador y por lo que se ha visto, no precisamente elegido por los perredistas.
El llamado. En la etapa final del cuestionado proceso interno para la elección de candidato a gobernador en las filas del PRD, un grupo de mujeres funcionarias, en su mayoría del Poder Ejecutivo, hacen un llamado a mantener la unidad partidista y exhortan al órgano electoral de ese partido a mantener la seriedad y la energía para sostener esa unidad que demandan. También llaman a los precandidatos «a elevar el nivel del debate, de propuestas, sin descalificaciones». Qué lástima que la exhortación, acompañada de acciones que la respaldaran no se hiciera desde el momento mismo del inicio de las precampañas, porque ya en la recta final del lamentable proceso, es decir a toro pasado, difícilmente tendrán eco, más cuando varias de las damas firmantes han sido señaladas o acusadas de utilizar los cargos que detentan para favorecer a determinado precandidato.