Opinión

MORELIA
Para renovar la educación pública en Michoacán
No se pueden negar los avances que en materia de cobertura educativa hemos alcanzado desde que se formalizó el sistema educativo nacional; pero es innegable que aún nos encontramos muy por debajo de los estándares internacionales
Juan Pérez Medina Jueves 23 de Agosto de 2007
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Introducción

La educación como tal, en el marco del devenir histórico es muy reciente. Apenas alcanza 100 años de que fuera concebida como una necesidad para el de-
sarrollo social y económico y luego un derecho universal de los ciudadanos. Cierto que experiencias primarias tienen mucho más tiempo. Hay quien afirma que ella nació con las primeras manifestaciones de la escritura hace ya cinco mil años. Pero la tarea de educar fue sistematizada por primera vez en el siglo XIII por obra del clero, aunque ella estaba destinada al sector acomodado de la población, que era demasiado pequeño, casi insignificante.
En nuestro país, la educación nació también con sus orígenes. Ya en las culturas prehispánicas desarrolladas en Mesoamérica se observaron esfuerzos notables de sistemas de enseñanza como el Calmecac y el Tepozcalli en la cultura azteca. Después de los tres siglos de coloniaje en que la Iglesia se encargó de la educación, destacándose la fundación de la Universidad Real y Pontificia en el año de 1553 y de la Escuela de Artes y Oficios, llegamos al México independiente con el 98 por ciento de analfabetos, razón por la cual sólo un puñado de pudientes ilustres se enfrascó en la lucha por el nuevo país, donde la intervención de la plebe fue siempre de instrumento al lado de alguna de las facciones en pugna. El siglo XX nos alcanzó con más de las tres cuartas partes de la población mexicana en condición de analfabeta.
La educación en México ha sido y es un problema de desarrollo desigual. Se puede afirmar que ella ha sido exitosa para la población más rica de este país, que no sólo tiene la oportunidad de acceder al sistema educativo, sino que actualmente incluso, puede darse el lujo de comprar educación en los crecientes mercados educativos del país y del mundo; mientras que más de la mitad de los jóvenes mayores de quince años de la población establecida en la línea de la pobreza que casi alcanza los 40 millones no tiene, aun en este momento, oportunidad para ingresar al sistema y mantenerse dentro de él.
El Estado neoliberal que tantas promesas engendró, por medio de sus personeros en cada país, con el fin de desmantelar los sustratos del anterior Estado de bienestar, se ha mostrado hasta hoy incapaz de resolver este grave problema y, por el contrario, su estrategia económica y de distribución de la riqueza, está haciendo más profunda la brecha entre ricos y pobres, pues más de la mitad de la población se sitúa en condición de pobreza y pobreza extrema; mal lacerante que avanza de manera proporcional a la insultante riqueza acumulada por unos cuantos magnates dueños de casi todo.
De acuerdo con datos mencionados por el anterior subsecretario de Educación Básica, Lorenzo Gómez-Morín Fuentes, el 5 de septiembre de 2006, dos millones 380 mil niños en México están excluidos de la educación básica por motivos de pobreza, por ser hijos de migrantes o padecer alguna discapacidad que les demanda educación especial.
El dato nada halagador informaba de que de estos niños en edad escolar, 130 mil eran niños en situación de calle; mientras que más de la mitad de la población mayor de quince años no había concluido su educación básica. El 9.5 por ciento de la población mayor de quince años es aún analfabeta, mientras que apenas más del siete por ciento de la población mayor de 24 años está cursando por lo menos un grado de estudios de educación superior.
No se pueden negar o dejar de reconocer los avances que en materia de cobertura educativa hemos alcanzado desde que se formalizó el sistema educativo nacional; pero es innegable que aún nos encontramos muy por debajo de los estándares internacionales. El sistema es por de sí mismo excluyente y desigual. En él se recrean con toda claridad las desigualdades económicas que el sistema político genera y los beneficios en la materia siguen siendo más para los que más tienen.
Cambiar esta situación es urgente y necesario. Hacerlo requiere del compromiso de los ciudadanos y maestros. Sólo la acción comprometida de éstos podrá reestructurar el modelo y presentarlo como una herramienta para la resistencia y el cambio verdadero.