Opinión

MORELIA
Para renovar la educación pública
No se pueden negar los avances que en materia de cobertura educativa hemos alcanzado desde que se formalizó el sistema educativo nacional; pero es innegable que aún nos encontramos muy por debajo de los estándares internacionales
Juan Pérez Medina Jueves 30 de Agosto de 2007
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Segunda parte

En la entrega anterior mencioné a «brochazos» el itinerario que la educación ha seguido hasta nuestros tiempos y la forma en que ella se ha manifestado de
acuerdo a las condiciones histórico-sociales concretas. Así es como se puede explicar el que haya habido escuelas para una clase y mucho decenios después, escuelas para la clase subalterna (en la época de la Colonia los españoles consideraban bárbaros y sin alma a los indígenas de estas tierras y, por lo tanto, carentes de la capacidad para aprender y civilizarse). Se puede afirmar también que una característica del desarrollo educativo ha sido su intrínseca desigualdad, que es el producto de una sociedad desigual en donde el más pobre llega siempre tarde a la modernidad o, mejor dicho: a su disfrute. Así, cuando la educación nació fue primero para reyes, sacerdotes y generales, pero cuando los pobres la alcanzaron, los primeros ya estaban en una fase mucho muy avanzada en el dominio del conocimiento y la cultura. Había que agregar, que en este estado patriarcal tan longevo, los primeros en llegar fueron los hombres en detrimento de las mujeres; y los de raza blanca en relación con los mestizos u hombres de color. Ser mujer era la segunda condición de atraso, y ser de raza distinta a la raza blanca era la tercera después de la condición de pobreza.
A pesar de que en el siglo XX desapareció la esclavitud como práctica y se generalizó entre los países la difusión y adopción de la Carta de los Derechos Humanos; la condición de pobreza sigue siendo la primera forma de exclusión que limita el ejercicio pleno de los derechos del hombre; sobre todo de aquellos que le son inherentes y que se constituyen desde el nacimiento. Hoy en día, en la parte alta de la primera década del siglo XXI, la educación se presenta aún como una muestra de la barbarie del desarrollo civilizatorio, en donde los estratos sociales más altos siguen acaparando también los estratos más altos de la pirámide educativa. A casi cinco mil años de la aparición de la educación en la sociedad, ésta aún no llega a más de seis y medio millones de personas en nuestro país; y existen, como en la época de los aztecas, dos tipos de escuelas: el sistema privado para ricos (el Calmecac), y el sistema público para pobres (el Tepozcalli). La escuela de los poderosos lo tiene todo en contrapartida, la escuela de los pobres carece de lo más indispensable. La culpa no es de la educación en sí, que es brillante herramienta para el desarrollo de las potencialidades del ser humano. Sería imposible entender el mundo sin la presencia de la educación entre nosotros. La responsabilidad debemos buscarla en otras latitudes y no en la educación, que es creación del hombre mismo y la cual se modifica en la medida en que se modifica la propia sociedad y su modo de producción. Dicho de otro modo: la educación es producto del desarrollo social del hombre y a él sirve; pero tiene la característica de la sociedad en la que el hombre vive y se desarrolla; por lo tanto la educación pertenece a todos en la medida en que todos pueden disfrutar de ella como de los derechos y bienes producidos. Aquellos que cuentan con postgrados en este país y que los hicieron en instituciones de abolengo de aquí y de fuera, por lo general pertenecen a las clases más acomodadas y disfrutan de fortunas que le son ajenas a los más pobres quienes tienen que acudir, si eso es posible, a una escuela pública. Así, a más fortuna más educación, y a más pobreza menos educación. Los más pobres son siempre en este sistema político-social los que menos educación obtienen. Por esta simple y contundente razón, no debe creerse la concurrida y neoliberal frase que afirma que para el gobierno (y hablo de cualquier tipo de gobierno, con excepción de Cuba Socialista) son prioridad en materia educativa aquellos que se encuentran en la línea de la pobreza y la pobreza extrema, al tiempo que anuncian una inversión sin precedentes para dejar claro que efectivamente, son una prioridad. Pero la razón es ciega y acaba por hacer de dicha frase una frase de todo el tiempo. Los prioritarios no dejan nunca en el discurso gubernamental, de ser prioritarios, al tiempo que aquellos tampoco abandonan su condición de ser los pobres y los pobres más pobres. No se quiere aceptar que la condición de acumulación de la riqueza está en relación directa con el hurto de la capacidad productiva de las mayorías. La condición de pobreza de millones explica, por ejemplo, la insultante riqueza de Carlos Slim, por decirlo de alguna manera. Simplemente, sería imposible que todos pudiéramos vivir en una propiedad de más de mil metros cuadrados y sentar en ella una casa de lujo con piscina, tina de baño, más de tres recámaras, doble cochera y con iluminación por todas partes. No habría tierra que alcanzara, ni agua, ni carreteras, ni energía; y lo más grave: no habría nadie que trabajara para alimentarnos a todos, para construir las carreteras, las casas, las piscinas, producir la energía para iluminar las casas, los hoteles, mover los vehículos y las fábricas; pues todos seríamos gerentes, corredores de bolsa, banqueros, políticos de partido, dueños de empresa; en una palabra: ¡Exitosos!
Lo que trato de explicar con este grotesco ejemplo es que en este sistema económico y político imperante no hay condiciones para el bienestar general; pues precisamente la condición de bienestar de unos cuantos está en relación directa con la condición de malestar de otros muchísimos. Por ejemplo: El viaje de placer del galán e ignorante Jorge Kawashi a Miami está en relación directa con la imposibilidad de que un niño pobre no pueda ingresar y permanecer en la escuela. Un pobre pide antesala en una dependencia cualquiera y es incierto que lo atienda a quien solicita; en cambio a un rico la dependencia le toma la llamada de inmediato y le resuelve de la misma manera.
La educación es producto de esta desigualdad. Por ello, hay más y mejor educación para los pudientes y menos y peor educación para los pobres. Insisto: cuanto más pobres menos educación. Concluyo en esta parte afirmando que: la educación de un país cualquiera es tan desigual como lo es su sistema económico y político.
Entonces, si la educación es producto del país que la genera, ¿cuál es la tarea de educar? ¿Para qué educar?
Para los poderosos, la educación juega el rol de generadora de condiciones para su propio desarrollo; es decir, por medio del sistema educativo impone sus valores y su visión del mundo y los mecanismos de control y acumulación de la producción, al tiempo que busca justificar las desigualdades; y, por otra parte, sirve como herramienta para desarrollar los saberes que son necesarios para mejorar los procesos productivos y elevar la plusvalía.
Para los desposeídos sirve como herramienta para explicarse los fenómenos naturales y sociales que no pueden entenderse con la simple observación. Transforma la capacidad de entender y hacer; y desarrolla potencialidades físicas e intelectuales que le pueden servir para utilizar el conocimiento de la ciencia y la técnica para plantearse la vida en común y su emancipación.
Mientras que para los primeros, la educación tiene el propósito de reeducar permanentemente en su visión del mundo a los segundos; para éstos, la educación juega un doble papel: el de la subordinación y el de la resistencia y transformación. Y he aquí que la educación se adjetiviza y toma su real dimensión: educación para la emancipación.
Ese es el sentido de educar en sus dos direcciones. Entre estas dos posiciones se enmascaran voces conciliadoras que intentan mediante un elaborado discurso convencer a los desposeídos de que todo está en el desarrollo de las capacidades de cada individuo para que de manera natural un jodido se instale, con su debido esfuerzo, en el umbral de la felicidad, que ahora es sinónimo de éxito. Pero la realidad es terca: cuando los de abajo han llegado por fin a la educación básica, ocurre que lo importante es tener un grado de licenciatura. Como en las carreras de galgos que nunca alcanzan al conejo. El capitalismo ha desarrollado una cultura del individualismo tal, que cuando un pobre alcanza a llegar a un estatus superior de bienestar, reniega de inmediato de los que eran como él y se encarga de participar de su explotación.
La educación es pues una herramienta que al mismo tiempo es continuidad y cambio, desarrollo y transformación, tristeza y felicidad. Por eso, la primera condición que impone la tarea de renovar la educación es la finalidad que la contiene; que sitúa a ésta en la direccionalidad de sus protagonistas. Hoy, educar para el cambio supone negar la educación para el desarrollo y para la alineación. Supone educar para la resistencia y la imposición de nuestros valores; los del trabajo humanizado y socialmente útil y no el del vil enriquecimiento.