Opinión

MORELIA
Una escuela pública renovada para Michoacán
No se pueden negar los avances que en materia de cobertura educativa hemos alcanzado desde que se formalizó el sistema educativo nacional; pero es innegable que aún nos encontramos muy por debajo de los estándares internacionales
Juan Pérez Medina Jueves 6 de Septiembre de 2007
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Parte tres

En la entrega anterior concluí acerca del sentido que debe orientar a la educación que necesitamos; que debe ser una educación popular para la
transformación social y no sólo para el desarrollo. La educación, que asume la función de desarrollar los objetivos estratégicos inherentes al tipo de estado y de gobierno, es también un espacio de resistencia desde donde los actores pueden conocer su realidad y transformarla. Este doble papel hace de la escuela un terreno en permanente conflicto.
Quien considera a la escuela como un espacio en donde sólo se obtiene conocimiento básico para enfrentar la realidad y llegar a mejorar su calidad de vida, sin tomar en consideración los elementos objetivos que recrean una sociedad desigual que lo afectan y que le impiden acercarse a niveles de bienestar adecuados, sobre la base de una nueva condición social; difícilmente podrá realizar acciones de resistencia y mucho menos de transformación de la realidad. Este elemento está impedido para formar un nuevo sujeto o ser parte de él. Por tal motivo, la educación que se realiza bajo la tutela del estado, siguiendo a pie juntillas los lineamientos que la orientan, el desarrollo del currículo y el funcionamiento y gestión de la misma sólo está realizando la tarea de reproducir las prácticas y los valores que el propio Estado o gobierno a determinado. Ahí es donde, en gran medida se conforma el ser y el ser social.
Actualmente los espacios donde se forman los nuevos docentes o se profesionalizan los ya existentes están influidos por la propuesta del Estado neoliberal quienes, al mismo tiempo que aprenden su discurso, lo recrean ante los demás. Así es como cambian conceptualizaciones y definiciones de acuerdo con los objetivos de alienación y alineación que emergen desde el centro político que hegemoniza el desarrollo.
En el caso de los docentes en formación, reciben los códigos de la modernidad en el mismo centro educativo y de mano de los docentes que conforman la pirámide salarial en el sistema educativo. Su posición de privilegio respecto al resto de los docentes, lo convierte en la mayoría de los casos, en entes ajenos a la realidad en la que se ubican las escuelas y los problemas de quienes asisten a ella. Los márgenes de comodidad en que se sitúan los hace menos reflexivos en relación al objeto que se trata de transformar; asumiéndose como entes teóricamente funcionales, que dominan la información estadística sobre el estado que guardan las poblaciones educativas, en las diversas comunidades y regiones y; además, de contar con el conocimiento para crear diagnósticos y propuestas de solución que ellos nunca habrán de llevar a cabo; por eso, cuando los nuevos maestros se encuentran con la realidad concreta, en la mayoría de los casos, el choque entre realidad y teoría acaba generando frustraciones que en mucho tiempo no se logran superar.
En el caso de los maestros en servicio la situación es diferente, pues interactúan en el espacio mismo del conflicto y desarrollan su actividad bajo la dirección y supervisión de la estructura de mando de la dependencia. Su libertad para accionar puede ser relativamente pequeña o grande de acuerdo a las propias circunstancias creadas. En este caso, muchos de los docentes se concretan a desarrollar el programa oficial del curso y a la medición de los resultados esperados. No existe una relación entre la necesidad de aprender de los alumnos, la realidad en la que ellos aprenden y las líneas programáticas propuestas en el currículo. En otros casos, el docente establece un método propio de trabajo que le permite realizar modificaciones insustanciales al currículo, con las que desarrolla acciones que le permiten mejorar las estrategias en el desarrollo del programa educativo oficial. Los menos, intentan realizar modificaciones trascendentes que los ubican en el terreno de la resistencia y creación de un nuevo sujeto social alrededor de la escuela. Éstos son los que mayor autonomía desarrollan, y que se establecen en posibles agentes de cambio. Pero son, como dije antes, los menos; porque hay un sector amplio que se mantiene con el rumbo que la corriente determina y nada hace para establecer modificaciones a fin de «evitarse problemas».
Este amplio abanico nos impone varias reflexiones acerca del quehacer para adentrarse en la tarea de establecer una estrategia que de manera efectiva nos ponga en el camino de la construcción del sujeto social de nuevo tipo; consciente de su realidad y dispuesto a actuar sobre ella para cambiarla.
Este nuevo sujeto debe hacer de las prácticas democráticas una forma de conducta y la herramienta fundamental para su accionar en grupo. Debe reconocerse como parte de un conglomerado social que está sujeto o subordinado a las formas de dominio que el poder establecido impone. Combatir las malas prácticas para la toma de decisiones, para establecer formas de organización y para atender las necesidades vitales de las personas; desechando el individualismo, el egoísmo, las concepciones desarrollistas y productivistas, el consumismo y la depredación del espacio en que vivimos.
En esta tarea estriba la necesidad de crear un modelo nuevo de currículo que se anteponga a los valores neoliberales y que priorice la vida y el trabajo en común. Lo público antes que lo privado. Además de un nuevo y radical programa de formación y de actualización de maestros con las mismas características. Sólo así, la escuela pública dejará de ser una escuela para la reproducción, a la cual le toca seguir jugando el papel que en el tiempo de los aztecas se le impuso a la escuela del Tepocalli.