Opinión

MORELIA
Para renovar la escuela pública
No se pueden negar los avances que en materia de cobertura educativa hemos alcanzado desde que se formalizó el sistema educativo nacional; pero es innegable que aún nos encontramos muy por debajo de los estándares internacionales
Juan Pérez Medina Jueves 27 de Septiembre de 2007
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Parte última

En la edición de Pedagogía 2003 en La Habana, Cuba, platiqué con varios de los docentes venezolanos que estuvieron en esa ocasión representando a su país
en ese evento. Hablamos sobre el cambio educativo y los esfuerzos que en toda Latinoamérica se venían haciendo para contrarrestar la poderosa ofensiva de los neoliberales y su fuerza ideológica privatizadora. Ellos inauguraban un esfuerzo sin precedentes, una vez que se había aprobado la nueva Ley de Educación y el programa educativo de corte popular; producto de una discusión que llevó varios meses y que incluyó una constituyente educativa, que propuso al Congreso Constituyente las bases de lo que sería posteriormente la referida ley y el mencionado programa.
Había mucho interés por saber cómo estaban desarrollando las líneas generales del programa educativo y cuál era el papel que jugaba en ello el magisterio. Con gusto, uno de los docentes venezolanos me regaló una copia de la ley y del programa educativo, y cuando me lo entregó me dijo con mucha seriedad: «Tenemos una extraordinaria ley y un gran programa, sólo falta el sujeto que la haga posible». Le pregunté el porqué de su afirmación y me dijo: «No existe todavía un magisterio que tenga un verdadero compromiso con su pueblo, ese es el problema mayor». Abundó mencionando que los maestros no querían un régimen de iguales, lo que deseaban era más salario, más prestaciones y más comodidades, pero no mostraban disposición para esforzarse un poco más para sacar adelante la educación de su pueblo. «Los maestros no están en la Revolución, sueñan con las comodidades del burgués», añadió.
Los maestros en Venezuela no han sido un baluarte en la revolución que allá se está gestando. Por el contrario, el pueblo los lleva entre su ascendente y complicado paso hacia nuevas prácticas cooperativas y solidarias; y han asumido parte fundamental del cambio educativo desde la comunidad y con la escuela, obligando a no pocos docentes a modificar su rol y sus propias prácticas rutinarias, tradicionalistas y poco trascendentes.
Desde la comunidad se ha venido implantando, sobre todo en las zonas rurales de Venezuela, la escuela comunitaria, que educa a los niños y jóvenes en el aprendizaje de la colaboración y el trabajo socialmente útil. Es ahí, en la asamblea escolar, con la presencia de los padres de familia, las autoridades de la comunidad, los alumnos y, por supuesto, los maestros, donde se determina y aprueba el plan anual escolar; que surge de la valoración colectiva de los participantes y que los incluye a todos en las acciones que de él emanan. Ahí se definen los objetivos, las metas intermedias y los mecanismos de evaluación del programa y sus acciones, así como las responsabilidades de cada quien.
Una de las características de este plan anual es su intrínseca relación con la realidad comunitaria y la necesidad de cambiarla. La escuela es un espacio de reflexión y desarrollo comunitario donde se entrelazan la acción pedagógica participante y el saber y la acción popular. Así, juntos la comunidad y los maestros inician una tarea que los incluye y les permite interactuar para aprender a aprender, desaprendiendo las prácticas mezquinas y egoístas que representa el neoliberalismo.
Existen resistencias a este tipo de prácticas; pues los docentes interpretan la cercanía con la comunidad como una injerencia «chavista»* en su práctica educativa y desdeñan en no pocos casos, la acción educativa de relación comunitaria. En otros momentos, son los padres de familia los que tienen la impresión de que su tarea es la de exigirle a los maestros los resultados que desean para sus hijos en materia educativa. Pero por lo general, es la comunidad la que lleva la batuta en la tarea de educar inaugurando con ello una práctica educativa totalizadora y verdaderamente humanizada, que aún está por consolidarse en el mediano plazo.
Aquí, igual que ocurre en Venezuela, un número grande de docentes nos situamos entre el tradicionalismo y el academicismo ramplón que nos llena de credenciales, pero vacía a la escuela de innovación y trabajo colectivo. Los padres de familia se mantienen fuera de ella y únicamente ingresan a su interior cuando son citados por la autoridad escolar o el maestro de grupo a fin de resolver asuntos, que por lo general son económicos. No pocas mesas directivas son prácticamente inexistentes, pues el director del plantel la conforma y sólo llama a los integrantes para que le legalicen el acta de asamblea en donde supuestamente fueron nombrados; y cuando se requiere de algún trámite los llama a firmar documentos que ni siquiera conocen. Existen extremos en que hasta el sello de la mesa directiva nos cargamos los maestros.
En el mismo sentido, el camino hacia mejores estándares de ingreso nos lleva a mantenernos ocupados en la realización de diplomados, maestrías o doctorados que de poco le sirven a la práctica concreta de la escuela pública. Sobre todo porque en esas tareas se abrevan los insumos ideológicos de la derecha neoliberal que nos gobierna y que hegemoniza los programas curriculares actuales.
Michoacán, por ejemplo, donde la mayoría de los docentes formamos parte del magisterio democrático, que desde su nacimiento lucha contra la educación neoliberal y, por tanto, contra de la implantación de sus medidas concretas, se colocó en 2005 en el cuarto lugar entre las 32 entidades del país en cuanto a solicitantes de ingreso y promoción al Programa de Carrera Magisterial; mecanismo de diferenciación salarial, que se define en parte, por la presentación del trabajador de documentos que demuestren que se está actualizando y profesionalizando, en vías de mejorar los resultados educativos, cuestión que no siempre ocurre.
El lugar que la entidad ocupa en materia de resultados educativos no es nada halagadora, si tomamos en cuenta que de 32 estados nos situamos en el lugar 29, por debajo de la media nacional y a buena distancia del Distrito Federal, Nuevo León o Baja California. Aun si negáramos esos datos, es evidente que lo que aprenden los alumnos en las escuelas no satisface a la amplia mayoría de los padres de familia y a muchos de nuestros compañeros educadores. No podemos buscar culpables solamente en los lugares comunes; ni mucho menos justificarnos ante el grave deterioro que la educación presenta en el país, como para pensar que el problema no está en nosotros. Pues ello, en lugar de permitirnos actuar lo único que hace es descontextualizar el problema y atender de manera inadecuada su solución o de plano negarnos a hacer algo, esperando que el Estado asuma totalmente los costos.
El pueblo no puede esperar. Los hijos del pueblo no deben convertirse en nuestras víctimas, ni en víctimas de nadie. No debemos permitirlo. Por el contrario, son ellos los que desde hoy deben comenzar a ganar la batalla del futuro; y quienes tienen que construir el camino correcto es el pueblo y sus educadores, más allá de lo que el Estado esté dispuesto a hacer. Educar al pueblo y sobre todo a sus hijos es una obligación ética y estratégica de la lucha de los trabajadores de la educación. La escuela pública, la de los hijos de los trabajadores, hoy más que nunca tiene la tarea de dotar a éstos de los conocimientos necesarios para luchar por su emancipación. Luchar por sus reivindicaciones sociales y económicas es indispensable, pero no será sin ellos. Sólo junto con el pueblo una lucha es justificada, sin él nada.
Los maestros michoacanos pues, como lo dijo el maestro venezolano al que me refiero al comienzo de este escrito, no son aún el sujeto del cambio que necesitamos, pues algunos de ellos todavía abandonan sus labores por días y por semanas, sobre todo en las zonas rurales más alejadas, donde precisamente más se nos necesita. Es urgente que las escuelas formadoras de docentes modifiquen sus esquemas de formación y reorienten la vocación curricular de los contenidos educativos. Es urgente que se desechen los actuales programas de actualización insulsos, tediosos y sin significado y se desarrolle una radical apuesta por nuevos paradigmas educativos llenos de contenido real y participativo. Es necesario que la comunidad participe mucho más en el trabajo escolar, pues son sus hijos los que están en las escuelas y es su derecho el que participen de lo que se aprenden o no. Valdría la pena pensar en esto y otras cosas que nos lleven a retomar la escuela pública con el tesón y la vergüenza de los maestros que en los años 40 pagaron con su vida y dedicación la grandeza de la escuela pública y laica para hijos de obreros y campesinos.

* Se refiere al gobierno del comandante Hugo Chávez Frías, actual presidente de Venezuela.