Opinión

MORELIA
La vigencia de los Constituyentes de 1814
Porque el pensamiento de los Constituyentes de Apatzingán no tiene edad en el tiempo, ni se circunscribe a la geografía nacional, podríamos afirmar que desde hace 193 años, ya venían haciendo suya la consigna de que «otro mundo es posible»
Juan Pérez Medina Jueves 25 de Octubre de 2007
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Primera Parte
Se han cumplido ya 193 años de la vigencia histórica del Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana sancionado el 22 de octubre de
1814 en la ciudad de Apatzingán. Fecha que ratifica la ideología de los precursores del nacimiento de la nación mexicana, acuñada ya en los 23 puntos de «Los Sentimientos de la Nación» que el héroe don José María Morelos había redactado el 14 de septiembre de 1813, en la ciudad de Chilpancingo, Guerrero. En medio de la persecución más atroz de parte del Ejército realista y de las intrigas levantadas por Rayón y Rosaiz al interior de las fuerzas insurgentes, el Congreso de Anáhuac, se instaló en esta ciudad para decretar la primera Constitución de México.
Fue, según lo relata el historiador don Fernando Benítez, un Congreso que «después de tres meses la persecución se refugió sucesivamente en las haciendas de Santa Efigenia, de Póturo, de Tiripitío y de La Zanja, y en los pueblos de Apatzingán y de Ario. Regresó a Uruapan y a Apatzingán» para expedir, «el 22 de octubre de 1814, el Decreto Constitucional».
Fue un acto lleno de solemnidad. Benítez lo relata así: «Los soldados insurgentes que hasta entonces habían andado casi desnudos, vistieron uniformes de manta. Morelos y el doctor Cos lucieron vistosos trajes. Conforme lo dispuesto en la misma Constitución, terminada la misa de acción de gracias y el Tedéum el presidente del Congreso prestó juramento en manos del decano y lo recibió en seguida de todos los diputados, procediendo luego a la elección del supremo gobierno. Se acordó que el Poder Ejecutivo recayera en un triunvirato formado por los generales José María Morelos, José María Liceaga y el doctor José María Cos».
Este hecho histórico, trascendental para las aspiraciones de los mexicanos originarios, quienes habían vivido bajo la opresión de la corona española, en calidad de esclavos y sujetos a los prejuicios raciales y de discriminación que, incluso, alcanzaban a los españoles nacidos en estas tierras; razón por la cual una parte de ellos se decidió a encabezar la gesta de la Independencia, aprovechando las condiciones de inestabilidad del régimen español.
El Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana, fue desde el primer momento, un documento de avanzada que incluso, superó en algunos de sus postulados a las Constituciones de los Estados Unidos y la de las Cortes de Cádiz.
Su espíritu permanece incuestionable hasta nuestros días como un encanto perecedero del que nadie quiere o siquiera ha pretendido pensar en cuestionar, por ser cimiente de permanente identidad y vocación democrática del pueblo de México. Y es que en sus principales postulados descansan las ideas de emancipación que prohijaron los hijos de esta patria en el momento más sublime de la lucha independentista. Sus principales hombres habían recibido la ilustración de las obras antifeudales de Juan Jacobo Rouseau, Montesquieu y de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; además de asimilar las experiencias de los movimientos revolucionarios de los Estados Unidos y Francia. Habría que destacar la extraordinaria presencia de la más grande personalidad de la insurgencia; caudillo de extracción y convicción popular del que se han escrito páginas conmovedoras de su lucha anticolonialista: Don José María Morelos y Pavón. En este dirigente del pueblo en armas, se armonizaron las habilidades militares con una acendrada convicción democrática. Con él, la lucha antifeudal llega a su más alto nivel, cuando plantea en el Proyecto para la Confiscación de los Intereses de los Europeos y Americanos Adictos al Gobierno Español de 1813, la redistribución de la riqueza y de los medios de producción.
Es de destacar el espíritu libertario que acompañó la vida de aquellos hombres y su inquebrantable fe en la empresa que los acusaba. Así lo demuestra la introducción del Decreto Constitucional que reza de la siguiente manera:
«El Supremo Congreso Mexicano, deseoso de llenar las heroicas miras de la nación, elevada nada menos que al sublime objetivo de substraerse para siempre de la dominación extranjera, y sustituir al despotismo de la monarquía española un sistema de administración que, reintegrado a la nación misma en el goce de sus augustos imprescindibles derechos, la conduzca a la gloria de la independencia y afiance sólidamente la prosperidad de los ciudadanos, decreta la siguiente forma de gobierno, sancionando ante todas las cosas los principios tan sencillos como luminosos en que puede solamente cimentarse una Constitución justa y saludable».
Como puede observarse, eran tiempos de definición y, en medio de la permanente acechanza, no hubo dudas acerca del destino que había que trazar cuando el imperativo de la libertad y la independencia era la causa más urgente y necesaria, aun a costa de la vida misma. No hubo tiempo para claudicaciones.
Los elementos constitutivos de ese extraordinario documento nos dejan ver lo grandioso del pensamiento de Morelos, Bustamante, José María Cos, Leona Vicario, José María Liceaga, Andrés Quintana Roo y en general de los integrantes del Congreso de Anáhuac.
El concepto de soberanía plasmado en los artículos 2º, 3°, 4°, 5° y 9°, 10° y 11°, deja claros los elementos esenciales de la democracia y de la independencia y el carácter representativo del gobierno en sus tres poderes: Ejecutivo, integrado por un triunvirato; Legislativo, integrado por los diputados electos representantes por voluntad del pueblo, y por un Poder Judicial, encargado de impartir la justicia en el territorio nacional.
El carácter de la soberanía nacional de la Constitución de Apatzingán, queda de manera estricta plasmado en el enunciado imprescriptible e irrenunciable hasta nuestros días, establecido en el artículo 5° cuando se afirma que «la soberanía reside originalmente en el pueblo», siendo éste el único que tiene facultades para alterar, modificar o abolir su forma de gobierno, para la felicidad de la sociedad.