Opinión

MORELIA
La vigencia de los Constituyentes de 1814
Porque el pensamiento de los Constituyentes de Apatzingán no tiene edad en el tiempo, ni se circunscribe a la geografía nacional, podríamos afirmar que desde hace 193 años, ya venían haciendo suya la consigna de que «otro mundo es posible»
Juan Pérez Medina Jueves 1 de Noviembre de 2007
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Segunda y última parte
El concepto de independencia era certero al señalar en su Artículo 9º: «Que ninguna nación tiene derecho para impedir a otra el uso libre de su sobera-
nía. El título de conquista no puede legitimar los actos de la fuerza; el pueblo que lo intente debe ser obligado por las armas a respetar el derecho convencional de las naciones». Si bien dicha afirmación es, en su contenido estricto una advertencia, también es verdad que deja ver el sentido de respeto que en esencia sentían los congresistas por el derecho de las naciones a autogobernarse.
Igual se puede destacar su visión de país con justicia y dignidad, cuando se afirma el concepto de igualad y libertad en su artículo 24°, que asegura estas garantías como el objeto prioritario del Estado y sus instituciones. No puede afirmarse lo anterior con tal seguridad, sino se considera su antecedente inmediato plasmado en los puntos 12, 15 y 17 de «Los Sentimientos de la Nación», que plantean la abolición de la esclavitud, ya decretada por Hidalgo, la desaparición de las castas, el respeto a la persona y la creación de leyes que -cito textual- «moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, aleje la ignorancia, la rapiña y el hurto».
Así quedaron asentadas las bases fundamentales de la vida republicana de una nación pluriétnica y mayoritariamente mestiza.
La importancia de esta celebración tiene, además de un referente histórico concreto para los mexicanos, la necesidad de destacar sus valores y postulados fundamentales en momentos en que se requiere del mayor compromiso como pueblo y, sobre todo, como gobierno, para detener las acechanzas de quienes tratan de convertirnos a una nueva condición de vasallaje, limitando nuestro derecho soberano a decidir sobre nuestro destino.
El desarrollo del capital, que en su avance va profundizando sus contradicciones fundamentales y ahonda las diferencias entre los pueblos y entre los seres humanos, al acrecentar la pobreza, la miseria y la indigencia y fomentar la opulencia entre cada vez más pocos ricos; generando un nuevo tipo de dependencia económica, política y cultural, que rebasa las formas tradicionales de ocupación y dominio y establece la hegemonía económica como el medio para el control político y la transculturación ideológica.
Es una realidad que se impone a pesar de la oposición cotidiana de muchos millones de mexicanos, que se resisten a formas que le son ajenas, y que responden a las necesidades del mercado, tan despiadado y tan antisocial. El gobierno gerencial que encabeza el usurpador de Fecal, tiene como tareas fundamentales fortalecer la neocolonización del país, al pretender entregar los bienes estratégicos de la nación a los inversionistas extranjeros y reformar las leyes que protegen el trabajo de los asalariados, que son pieza angular de nuestra Independencia, pero además entrega la soberanía al gobierno fascista de George Bush, con el Plan Mérida de intervención militar. Si no somos dueños de nuestra patria, de nuestros recursos energéticos y en lo general, de las decisiones económicas no podremos augurar un futuro con certeza para el país.
Es claro que no existe un estadista del tamaño de don José María Morelos. Es claro que no contamos con un dirigente excepcional que tenga un compromiso, una rectitud y la humildad suficiente como para hacer frente a las adversidades que hoy se nos plantean. Pero sin duda existe entre el grueso del pueblo hombres y mujeres y organizaciones populares que están dando la batalla para resistir y para aglutinar la fuerza que permita imponer una ofensiva a las actuales condiciones, que se proponga la recuperación de la patria y un nuevo proyecto de nación que contemple una nueva Constitución que garantice una profunda y radical reforma del Estado; en donde se establezcan con precisión las figuras políticas para fortalecer la participación ciudadana en los asuntos nacionales de soberanía, garantías individuales y desarrollo social y económico, como el plebiscito, el referéndum, la revocabilidad del mandato, la iniciativa popular y la presupuestación participativa; que de igual manera fortalezca la impartición de justicia, haciendo de ella un asunto expedito, en donde se castigue la impunidad y la corrupción gubernamental; y una Reforma Electoral en donde se disminuya el costo por voto y las prerrogativas a los partidos políticos y se establezcan nuevas normas para el desempeño de los medios de comunicación, a fin de convertirlos en un espacio que contribuya al desarrollo nacional y no como un ente mercantil, que cada día se envilece más, ante su despiadada mercantilización.
Porque el pensamiento de los constituyentes de Apatzingán no tiene edad en el tiempo, ni se circunscribe a la geografía nacional, podríamos afirmar que desde hace 193 años, ya venían haciendo suya la consigna de que «otro mundo es posible». Sublime enunciado que está lleno de amor y compromiso con la humanidad, asediada por la barbarie y la devastación imperial.