Opinión

MORELIA
Caso Carmen Aristegui
La necesidad de democratizar los medios de comunicación
Es hora de levantar la más amplia y enérgica protesta y a la vez exigencia para que la libertad de informar y expresarse con pulcritud y responsabilidad sea plenamente garantizada; y eso sólo será posible democratizando los medios y poniéndolos al servicio de la gente
Juan Pérez Medina Jueves 10 de Enero de 2008
A- A A+

Carmen Aristegui no está más en WRadio. El monopolio Televisa, de Azcárraga Jean, decidió despedirla cuando su programa de noticias era uno de los de
más alta audiencia entre los radioescuchas. Lo anterior es una prueba irrefutable de que en este país las voces libres son del todo incómodas para quienes detentan el poder político y económico, como en este caso.
Vale decir que Carmen Aristegui es, para muchos -yo entre ellos-, una de las periodistas más comprometidas con su profesión y de las más profesionales, si no es que la más. Con la acción de los dueños de la empresa en cuestión, se coarta la libertad de expresión que los dueños de los medios exigieron de manera directa y por intermedio de sus corifeos, como Paty Chapoy y Pedro Ferriz de Con por ejemplo, a los diputados cuando se discutía la aprobación de la nueva Ley de Medios.
Alguien podría alegar a favor del monopolio Televisa que al ser ellos los dueños de la radio, tienen la libertad de cambiar la programación y contratar o despedir a quien les venga en gana y cuando les venga en gana, de acuerdo a sus intereses mercantiles o de otro tipo; pero no. Habría que recordar que los que controlan los medios de comunicación en el país lo hacen bajo el amparo de un tipo de gobierno deleznable como el que hoy padecemos, que viola la ley antimonopolios para favorecer la concentración de concesiones de radio y televisión a favor de unos pocos, que hacen uso de estas concesiones de la manera más ruin y sin beneficio alguno para la sociedad mexicana, siendo estas concesiones propiedad de la nación y, por ende, de todos los mexicanos.
Eso es por un lado, pero por otro, es necesario afirmar que el cierre del programa de noticias WRadio también obedece al diseño de una línea editorial que no acepta contrastes, ni opiniones múltiples o diversas. Para los dueños del poder y, como en este caso de los medios de comunicación, lo importante es informar de una sola forma y bajo una sola interpretación de las cosas, sin permitir otras voces y otras teorías sobre los sucesos que deben ser conocidos y debatidos ante la sociedad. Carmen Aristegui era, en este sentido, una excepción a la regla verdaderamente intolerable y la han hecho callar.
No puede alegarse que el espacio de tiempo que este programa ocupaba era incosteable para la empresa pues, como dije al comienzo, goza de una de las mayores audiencias en el país; por lo tanto, resulta contundente que su cancelación obedece más al rasgo autoritario de la política ramplona de la derecha intolerante y sus representantes más promiscuos y preclaros.
Es obvio que estamos ante un hecho violatorio del artículo 6 constitucional que habla del derecho que tenemos todos los mexicanos a expresarnos con libertad y a ser informados. Pues cuando hacemos referencia a estos derechos estamos hablando de un bien social que el Estado está obligado a garantizar ante la más elemental intención de los medios de comunicación por atentar contra el interés general de la sociedad que demanda información veraz y exige expresarse en libertad.
El ejercicio de ambos derechos -informarse y expresarse- por parte de la ciudadanía son esenciales para la democracia; pues la finalidad primaria de los medios de comunicación es el servicio público, por lo que la libertad de expresión no puede ser supeditada ni a ofertas económicas, ni mucho menos a determinaciones de carácter político e ideológico, como en este caso que expresa la intención de mantener criterios absolutistas y de exclusión en torno a la ciudadanía.
La tradicional relación de favoritismos entre el gobierno y los medios ha permitido que durante mucho tiempo las concesiones se asumieran como propiedad de un solo individuo o asociación, que suelen hacer uso de ellas más para intereses de grupo que para beneficio de la sociedad en su conjunto. Es mediante el manejo de la información que los medios de comunicación se han convertido casi en el primer poder de nuestro país: tiran y levantan políticos, hacen líderes de la noche a la mañana, establecen la agenda pública, generan corrientes de opinión, etcétera, y no han permitido que la diversidad y el uso no faccioso e interesado de los medios se imponga en el país, como condición necesaria para avanzar en la instauración de un régimen verdaderamente democrático. Esta relación perversa y perniciosa es la que ha generado el hecho que aquí se denuncia y que equivale al escaso tamaño de nuestra inexistente democracia. No habría que olvidar el papel que estos medios jugaron en la pasada contienda electoral del 6 de julio acompañando el fraude y la campaña que lo antecedió, como tampoco habría que pasar por alto el permanente silencio ante hechos ostensiblemente vergonzosos que poco se comentan y que son la causa de la salida de Carmen Aristegui de la frecuencia radial.
Es hora de levantar la más amplia y enérgica protesta y a la vez exigencia para que la libertad de informar y expresarse con pulcritud y responsabilidad sea plenamente garantizada; y eso sólo será posible democratizando los medios y poniéndolos al servicio de la gente.
Numerosas declaraciones avaladas por organismos internacionales y por operadores de medios de comunicación han puesto el acento en lo que, en los últimos tiempos, se ha llamado «derecho a comunicar» que establece la necesidad de garantizar el pleno acceso a los medios de comunicación de los pueblos, comunidades y personas de las culturas originarias, incluyendo la transferencia de tecnologías, la protección de los derechos individuales y colectivos de los pueblos, el derecho a la diversidad y a la diferencia, la preservación del patrimonio cultural indígena, fortaleciendo los valores de paz. Televisa jamás entenderá eso y la derecha que nos desgobierna tampoco. Nos toca pues esta tarea como una más de tantas que ahora requerimos realizar por el bien de todos.