Escenarios

MORELIA
Algo de música
Escuchando a Horacio Uribe
Rogelio Macías Sánchez Martes 22 de Enero de 2008
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El pasado jueves 17 de enero se abrió el año musical en Morelia. Fue con un concierto en el Teatro Ocampo, con entrada gratuita, que convocado por artistas profesionales fue
un concierto profesional, a pesar de la entrada gratuita. Y refiero esto ahora porque hubo varias cosas al principio de la velada que parecían desmentirlo, haciendo pensar que se estaba en una tocada de aficionados, donde el público no es la razón primera de ser y a quien se le debe cumplir antes que a nadie más. Sin público no hay arte.
¿A qué promotor responsable se le ocurre tenerlo haciendo larga fila en la calle para abrir las puertas apenas cinco minutos antes de la hora anunciada para el principio? ¿Por qué se empieza tarde el concierto? Trece minutos de retraso es impuntualidad para un público que no se la merece, aunque no haya pagado. ¿Por qué no hubo programa de mano para todos los asistentes? Es elemental hacer tantos programas cuantos asientos tenga el teatro, cuanto y más en una velada en la que todos desconocen todas las obras ¿Por qué se quitaron dos de las obras que parecían ser de las más importantes y lucidas del programa? Se adujeron motivos de salud, lo que es difícil de creer; había anunciados diez intérpretes y sólo se presentaron cuatro. ¿Se enfermaron seis? ¿Por qué las obras que quedaron no las tocaron en el orden programado y no avisaron el desorden?
Todo esto lo digo primero porque es necesario reclamar en nombre del público ofendido. El concierto en sí mismo fue muy valioso y a eso me referiré en el resto de la entrega. Reconozco como enorme cualidad la discreción absoluta de los camarógrafos de la prensa que permitieron un concierto que en nada fue estorbado, condición muy importante en esta velada, con música difícil y ambientación poco luminosa, buscando intimidad. El público también fue magnífico, predominantemente de gente joven, conocedora, ávida de más conocer, entusiasta y respetuosa. Con ellos, la música se disfruta mucho más.
El concierto es de los que ya no se usan desde hace mucho tiempo, con música de un solo compositor contemporáneo, ahí presente y participando en la interpretación. Eso hacían los antiguos, pero desde el arribo del llamado modernismo se acabó o por lo menos es muy raro. Estas veladas son verdaderos testimonios vivos del quehacer artístico del momento y del lugar, y son oportunidades que ningún melómano digno de su tiempo debe perderse. Si al escuchar música viva se crea música, en audiciones como la del pasado jueves se crea doblemente, por lo desconocida.
El autor es Horacio Uribe, de hechura en México y en el Conservatorio Tchaikovski de Moscú. Vive entre nosotros desde hace varios años como docente en la Escuela Popular de Bellas Artes. A pesar de todo esto es muy joven, o por lo menos lo parece. Presentó obra de la más nueva que tiene, del año 2000 para acá. Finalmente nos quedaron cinco obras: para piano solo (2), guitarra sola, oboe solo y un dueto para oboe y piano que sustituyó a una pieza anunciada para flauta y piano. Casi toda fue compuesta para los intérpretes que estuvieron esa noche, trabajándola con ellos, lo que obliga a pensar que fuimos testigos de las versiones más autorizadas de cada una de las obras escuchadas. Así fue. Las interpretaciones todas fueron estupendas, haciendo parecer fácil lo muy difícil y obteniendo emociones que no se consiguen con la mayor parte de la música contemporánea. Mario Quiroz tocó Obra para piano solo número 1; Rodrigo Neftalí, Elegía para guitarra; el propio Horacio Uribe tocó Preludio y toccata para piano; Carmen Thierry, Dos estudios de expresión, para oboe; y cerraron la misma Carmen Thierry y Mario Quiroz con una pieza cuyo nombre desconocimos, pues cambiaron la originalmente programada y no dijeron por cuál.
Ahora digamos de la música de Horacio Uribe. Es música nueva, por supuesto, pero no es fanática del modernismo ni de la locura. Está hecha sobre las bases de la vieja música, la que gustaba desde su estreno al gran público porque estaba cerca de él. Lo novedoso, interesante y muy estimulante es el ritmo, que la verdad no se parece a ninguno otro; puede ser muy vigoroso. Es melodiosa, por momentos tanto, que es de la música que se puede tararear al terminar la función; pero son melodías modernas. Juega mucho con las armonías, que por momentos son hasta plenamente románticas, para luego ser tan novedosas como el atonalismo. Hay quien dice que es música anacrónica, que no corresponde a los tiempos modernos, pero nada de eso utiliza modos universales e intemporales en combinaciones hermosas e inteligentes, que representan el modo particular de Horacio Uribe de expresar sus ideas. Y si esto lo consigue, nada hay que criticar. Y la verdad sea dicha, encuentra una comunicación muy cercana, emotiva y de buen gusto con el público joven, lo que no es frecuente en estos tiempos. A ello contribuimos todos: la música, los intérpretes, el ambiente y el público, y en ningún momento fuimos estorbados.
La Obra para piano solo número 1, que tocó Mario Quiroz, es muy exigente de una técnica pianística muy depurada y de una interpretación sensible al mensaje de la obra. Creo que Mario Quiroz cumplió en los dos terrenos. La Elegía para guitarra, a cargo de Rodrigo Neftalí, me pareció la menos atractiva de la noche, como escasa de dinámica. Por lo contrario, el Preludio y toccata para piano, con el propio Horacio Uribe como intérprete, fue la que más me gustó, la que mostró la combinación más rica entre los elementos modernos y los antiguos, además de una emotividad muy marcada. Los Dos estudios de expresión, para oboe, que tocó Carmen Thierry, son otra cosa. Son piezas de experimentación sonora moderna con el instrumento, de gran exigencia técnica para el ejecutante, pero poco emotivas. Por supuesto que Carmen Thierry se llevó una carretada de aplausos. Finalmente, la pieza para oboe y piano no la escuché con la suficiente atención e interés pues estaba yo molesto por el cambio que se dio en el programa y cuando ya me repuse, se había terminado.
El aplauso final para todos los que habían participado en el concierto fue muy sentido y prolongado, expresando gratitud por una velada verdaderamente importante en cuanto que revivió las viejas jornadas de convivencia entre artistas y público para crear el arte contemporáneo que busca trascender.
Hasta la próxima.