Opinión

MORELIA
Repercusiones
Estamos a tiempo, Mr. President
En las últimas semanas no es raro encontrar en las páginas de los diferentes medios de difusión una serie de denuncias sobre la extralimitación de las fuerzas militares, que lesionan los derechos humanos y, sobre todo, pasan por encima de nuestra Carta Magna
Samuel Maldonado B. Martes 1 de Abril de 2008
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Cada vez es más claro que el ejemplo colombiano no debe ser seguido por México pues, además, no es ninguna novedad el consumo de las drogas que es tan antiguo y usual como lo pudiera ser el origen de la misma civilización. Quién no ha leído y conocido de la adicción al opio del internacionalmente famoso detective creado por Sir Arthur Conan Doyle en el siglo XIX y de la cocainomanía de los millonarios participantes en las subastas de arte, sobre todo en New York, París y otras grandes capitales de nuestra época, en donde los «cuadros, esculturas y joyas» se cotizan en «gramos de coca».
Quién ignora que China perdió Taiwán hace más de un siglo precisamente a causa de la guerra impulsada por Inglaterra y Francia, generada por el enorme mercado económico que significaba el tráfico de opio.
Mucha gente sabe que en los días de la Revolución Mexicana era común el uso de la mariguana entre la tropa y no faltó un corrido, como el de «La cucaracha», que aludiera a este cáñamo o hachís común.
Para soportar las penalidades sufridas durante la primera conflagración mundial del siglo anterior, seguramente que el uso de las drogas para mitigar el hambre, para combatir el miedo y así poder soportar tanta penuria y salvajada ocurrida, los soldados y cuantos pudieron conseguirlas, indudablemente que las consumieron. Durante la Segunda Guerra Mundial fueron los propios gobiernos involucrados los que repartían a granel las simas y fueron los Espantados Unidos los que impulsaron producción y fabricación para poder atender las demandas crecientes de sus activos militares y ya de regreso a casa, los que pudieron salvarse, los mutilados, estuvieron sujetos a tratamientos médicos. El grupo de los Marines enviados a Vietnam, país que se convirtió en el Waterloo de los gringos, fueron inducidos al consumo de drogas en grandes cantidades y ni duda cabe que en Iraq, en Afganistán y en cualquier invasión en la que ha participado el gobierno presidido por George W. Bush hace lo mismo que sus antecesores y se sabe, además, que presidentes y gobernadores tanto demócratas como republicanos y congresistas, han consumido alguna vez un tipo de droga.
Hace relativamente pocos años, el comercio local de las drogas en México comenzó a tener un auge espectacular y desde el propio desgobierno nacional, lo recordamos muy bien sobre todo al de Carlos Salinas, este mercado se vio fortalecido con la participación directa de importantes y diversos personajes de la vida pública nacional. Fue en estos últimos años cuando generales de varias estrellas y jefes menores, así como almirantes y vicealmirantes y hasta capitanes de corbeta (varios de éstos fueron sacrificados por sus jefes para salvarse ellos mismos), se vieron inmiscuidos en escándalos de droga decomisada y la protección brindada a los productores y comerciantes.
Jerarcas de la televisión y de las altas empresas, junto con una variedad de artistas, las consumen y ha realizado escándalos televisivos cuando sus actores y estrellas, por la actividad ilegal que practican y por la adicción a la que han llegado, se ven asesinados o apresados.
Equivocadamente y para «curar este mal de amores» el Ejecutivo Federal del 0.56 tomó la determinación de involucrar al Ejército y a la Marina en la persecución de quienes producen y comercializan la «coca», las anfetaminas y otras sustancias similares y lo que ha logrado, en poco más de un año, es el desprestigio de estas instituciones como no lo había hecho ningún otro Ejecutivo Federal. En las últimas semanas no es raro encontrar en las páginas de los diferentes medios de difusión una serie de denuncias sobre la extralimitación de las fuerzas militares, que lesionan los derechos humanos y, sobre todo, pasan por encima de nuestra Carta Magna.
Ya antes, como lo he mencionado reiteradas ocasiones, tropa, clase y altos mandos han sido sobornados y más de alguno está recluido o preso en las propias instalaciones militares. Los cañonazos del general Obregón siguen siendo aplicados y no hay quien los resista. Por eso, los actuales dirigentes de los cárteles son ex militares o desertores y no faltaran en el futuro otros miembros del Ejército que se sientan atraídos por los cañonazos y caigan en la tentación, con sólo hacerse los disimulados, de ganar en unos cuantos meses lo suficiente para estar bien el resto de sus vidas.
Ciertamente, en nuestras dos instituciones militares existe entre el alto mando una elevada conciencia de responsabilidad, como fruto de su adiestramiento de mucha calidad y costo en las academias militares, tanto navales como de tierra y aire; pero es un riesgo exponer a los defensores de nuestras instituciones al acoso del soborno y de la traición, puesto que cediendo a las pretensiones de los cárteles citados, el país estaría irremediablemente perdido y entraría a una lucha de largos años con el riesgo de perder todo por una equivocada decisión de quien a más de un año de gobierno, no conoce para qué sirve el timón.