Escenarios

MORELIA
Algo de música
Concierto de gala con la OCUM
Rogelio Macías Sánchez Martes 13 de Mayo de 2008
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El 8 de mayo es la fiesta mayor de la Universidad Michoacana, cuando conmemora el natalicio de su patrono mayor, don Miguel Hidalgo y Costilla. Por la
mañana hay ceremonia protocolaria en el Colegio de San Nicolás, con invitados especiales, discursos y todo lo que se acostumbra en esos casos; por la noche, un concierto de gala en el Centro Cultural Universitario con el conjunto de lujo de la casa, la Orquesta de Cámara de la Universidad Michoacana (OCUM), bajo la dirección de su titular, el maestro Mario Rodríguez Taboada. Se prepara un programa lucido y vistoso, con solistas especiales invitados y en ocasiones toda una parafernalia coral. Por supuesto que asisten personalidades universitarias y del gobierno del estado y este año, el gobernador.
El 8 de mayo de este año, el pasado jueves, llegamos temprano al concierto ilusionados por el programa: Metro chabacano, de Javier Álvarez, el Concierto para flauta y arpa y orquesta de Mozart y el Gloria en Re mayor de Vivaldi. Interesante y prometedor. La pequeña sala pronto se llenó de su público fiel, pero los invitados especiales, el señor gobernador, la señora rectora y sus acompañantes se hicieron esperar demasiado, retrasaron mucho el inicio del concierto y generaron gran molestia del público, la que se manifestó sin cortapisas cuando entraron. En ese ambiente de tensión y de disgusto, que no es propicio para el gusto del arte, se inició el concierto.
Javier Álvarez es un distinguido compositor mexicano contemporáneo y actualmente rector del Conservatorio de las Rosas. Llegó temprano al concierto y le negaron asiento, pues estaban reservados. Terminó en un rincón de la sala desde donde escuchó su obra más exitosa, Metro Chabacano (1991). Es una pieza breve para cuarteto de cuerdas con una versión posterior para orquesta de cuerdas. Su nombre le viene de que fue compuesta para acompañar una instalación quinética de Marcos Jiménez en la estación Chabacano del Metro de la Ciudad de México. Es una obra que genera emoción por sus ritmos incisivos y dinámica acentuada. Es de movimiento continuo muy repetitivo, casi minimalista, en el que se insertan giros melódicos no muy espectaculares pero muy agradables.
Yo no sé si la orquesta se contagió de la molestia del público o nuestro ánimo se había indispuesto demasiado, pero Metro Chabacano sonó mal. Fueron muy claras las desafinaciones, sobre todo de los violines, se perdieron los relieves, sonó plana y gris, escasa del vigor, vivacidad y dinamismo que la caracterizan. Poco quedó de pieza tan notable y ya tan conocida del repertorio mexicano contemporáneo. Ni modo.
Siguieron con el Concierto para flauta y arpa y orquesta de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). Es una obra excelsa del genio de Salzburgo y de las que yo más disfruto. Es notablemente académica, clásica que no rompe en nada las normas estéticas de la época. Pero a la vez es increíblemente emotiva por su sentimiento de intimidad tan profundo. Es la subjetividad desbordada en un marco de perfección técnica. Dionisios y Apolo se disputan la gloria de presentarnos a aquel Mozart que los dioses regalaron a la humanidad. Es claro que esto requiere de intérpretes bien dotados para lo técnico, pero, especialmente, de gran sensibilidad.
Invitados de la Ciudad de México fueron el flautista Aníbal Robles Kelly y la arpista Eugenia Espinales Correa. Con la OCUM y bajo la dirección de Mario Rodríguez Taboada nos ofrecieron concierto tal. Sucedió algo parecido que con la obra de Javier Álvarez. Yo no sé si fue el desánimo de ellos o el disgusto nuestro, pero obra tan emotiva resultó sin chiste. No hubo fallas técnicas (desafinaciones o destiempos), pero en su medianía y desgano perdió toda emotividad. Ni modo, también.
Vino un intermedio necesario, que en esta ocasión cumplió su función catalizadora a cabalidad. Reajustó nuestro espíritu, nos quitó el estorboso disgusto y nos dejó sensibles para la obra estrella del programa, el Gloria en Re mayor de Antonio Vivaldi ( ), obra cumbre del repertorio religioso del maestro de Venecia. Es una pieza litúrgica, lo que necesariamente implica el adherirse a ciertas normas formales que pueden limitar la inventiva del compositor, lo que no fue el caso de Vivaldi en esta obra. Su genio lo llevó a componer una pieza mística pero exultante y arrebatadora que cumple la premisa del arte del barroco: «Para mayor gloria de Dios». Ahora bien, su carácter italiano, particularmente humanista y protagónico, la convirtió en una obra «para mayor gloria de los ejecutantes», particularmente el coro.
La interpretación de esa noche del 8 de mayo estuvo a cargo, en las voces solistas, de la soprano Alejandra Zavala Pickett y de la mezzosoprano Débora Ocaranza. El coro fue el de la Secretaría de Cultura con el Octeto Vocal Universitario que dirige el maestro José Bernardo Bautista. La orquesta, la OCUM, y todos dirigidos por el maestro Mario Rodríguez Taboada. Nos brindaron un Gloria muy digno, brillante, lucido, sin fallas que afectaran el buen resultado final y con evidente deseo de hacer bien las cosas. Entonces, les salieron bien, generando en el público la emoción y la mística implícitas en la obra. Mucho la disfrutamos y mucho la aplaudimos.
Hasta la próxima.