Escenarios

MORELIA
Algo de música
El Cuarteto Talich de Praga en Morelia
Rogelio Macías Sánchez Viernes 20 de Junio de 2008
A- A A+

Así rezaban los carteles del concierto que el pasado martes 17 de junio por la noche se dio en el Templo de San Diego, Santuario de Guadalu-
pe. Fue una velada de gala y la verdad es que así lució el recinto, ultra barroco y luminoso, cargado de volutas más allá de lo decente, pero fascinante y, por momentos, enervante. Así lució para recibir a cuatro artistas excelsos de Praga que conforman el Cuarteto Talich, de cuerdas. Ellos son reconocidos internacionalmente desde hace un buen tiempo y se acompañan de instrumentos viejos, de 200 a 300 años de edad, todos de la escuela de Cremona. Recuerdo ahora aquel dicho de los músicos: Los instrumentos de la familia de los violines son mejores los antiguos que los modernos; los alientos son mejores los modernos que los antiguos. El Cuarteto Talich trae instrumentos preciosos, los mejores, porque ellos también habitan en las terrazas de los mejores.
El Templo de San Diego se dispuso como recinto artístico de manera muy propia para mantener el ambiente de cercanía e intimidad de la música de cámara. Con el templete de escenario en el centro de la nave, del presbiterio al coro y en el costado del Evangelio, ninguno del público queda lejos, aunque casi todos de lado. Pero la isóptica es suficiente y la acústica magnífica. Los lugares centrales, aunque pocos, son de privilegio y se usaron para los invitados especiales, a los que los fotógrafos y video camarógrafos de prensa les echaron a perder el privilegio con su continuo rondar por ahí. Había que retratar a los artistas y a los invitados especiales, usted sabe.
El programa fue estupendo, con tres grandes cuartetos de cuerdas, los tres ya verdaderos clásicos del género, aunque de distintas épocas: hubo de la Clásica, de la Romántica y del Modernismo. Los tres fueron de la esfera centroeuropea, la que inventó y desarrolló el género.
El primero fue el Cuarteto para cuerdas KV 387 de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), pieza excepcional del genio de excepción en la música. Es una obra intemporal, increíblemente moderna, no sólo para entonces, en la que cada compás nos sorprende por su belleza y novedad. Explota una gama nueva y enorme de colores, armonías y ritmos que la despegan de la tierra y la llevan a esferas anímicas desconocidas hasta entonces. Incluso abandona la rigidez formal de la Clásica y coloca a su autor en una categoría especial, que no tiene nombre, ni tiempo, ni lugar, es la categoría del Mozart íntimo, del Mozart propio, aquel que dicen que fue tocado por el dedo de Dios. Es una pieza difícil de ejecutar y más de interpretar por todo el contenido emocional que conlleva, pero el Cuarteto Talich lo hizo como los propios ángeles, seguramente como Mozart lo imaginó. Porque seguramente nunca lo escuchó así; las nuevas técnicas de ejecución han enriquecido esas grandes obras.
Cambio radical. Siguieron con el Cuarteto para cuerdas No. 1, Kreutzer, de Leos Janacek (1854-1928), compositor checo. Se trata de una pieza larga, también de cuatro movimientos, moderna (1923), explosiva y muy dinámica (todos los movimientos tienen la indicación con moto), disonante y atonal pero que en medio de todo ello, o sobre todo ello, encuentra la oportunidad de mostrar la suavidad y la nostalgia propias de la música eslava. Su motivación es muy compleja. El nombre se refiere a un cuento de Tolstoi que se llama Sonata a Kreutzer, que supuestamente es una denuncia del subyugamiento espiritual en el que pueden caer las mujeres. El cuento de Tolstoi, a su vez, fue motivado por la sonata de violín y piano de Beethoven que le dedicó a Kreutzer, reputado de ser el mejor violinista de su época, pero que nunca la tocó por ser «imposible de tocar». Nunca pasaron por el pensamiento de Beethoven todas las truculencias posteriores: las de Tolstoi y las de Janacek. Pero bueno, el cuarteto de éste es de un modernismo arrollador y subyugante, no sólo para las mujeres. Buena parte de esa fascinación, la noche del martes pasado se nos dio por interpretación arrolladora y perfecta por parte del Cuarteto Talich, para el cual se me empiezan a terminar los adjetivos elogiosos, no porque ellos no los merezcan, sino porque se agota mi vocabulario. Son un cuarteto de «liga mayor».
Y bien, para terminar fue el Cuarteto de cuerdas No. 2 de Felix Mendelssohn (1809-1847), que vino a representar el ecumenismo que nos volvió al mundo de los mortales, pero al hermoso, al romántico de bellas melodías que empiezan a extenderse y que son trabajadas y desarrolladas para obtener una gran obra, académica y emotiva, fundamentalmente apolínea, pero a la que Dionisios no le es extraño. Durante cuatro movimientos clásicos nos conduce por la bella historia de la música romántica. Bien la aprendimos esa noche, llevados por la magia interpretativa del Cuarteto Talich.
Un gran aplauso, largo, sonoro y sentido, trató de corresponder a la inmensa experiencia estética que nos había hecho experimentar el Cuarteto Talich. Nos regalaron un encore, una linda pieza de Dvorák, el autor de casa. Hasta la próxima.