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El centenario de Audelia
«Mi vida ha sido muy tranquila, por eso pido que se porten bien»
» “Me gusta bailar pero ya no puedo”, dice mientras sus ojos de miel recuerdan los valses, los sones tierracalenteños y los zapateados del norte y el sur, “tantito de todo” de lo que bailaba.
Redacción Martes 18 de Julio de 2017
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Una mujer de rostro pequeño y denso de feminidad para envidia de cualquier muñeca de cera.
Una mujer de rostro pequeño y denso de feminidad para envidia de cualquier muñeca de cera.
(Foto: ACG)

A unos días de cumplir 100 años de vida, Audelia no olvida cuando los agraristas los despojaron de la tierra, ni sus canciones favoritas, como “El pájaro prieto” y “El son de los caracoles”; ni a Celsa La Ciega, mujer del sacerdote abuelo de su esposo. Aunque otras regiones de su memoria se han agrietado tanto como aquellas donde guardaba el nombre y la cantidad de hijos y hermanos, que le resultan ahora nebulosas.

Como quiera, mantiene una entereza inusual para quien ha caminado un siglo sobre este mundo y un ánimo indudable para continuar mientras sus familiares le dispensen las atenciones propias del tiempo acumulado en cada hueso.

La muerte no ha sido un deseo en ningún momento, ni una repugnancia. La ha golpeado desde su primer año de vida con la caída de su padre; después, con su madre, sus hermanos, sus padrinos, su esposo y hasta con siete de sus doce hijos, a quienes también los devoró el espectro, la huesuda o el tiempo que degrada los cuerpos, o como se prefiera nombrar a ese final que, para muchos, sólo es un nuevo principio. Sabe bien que ese viaje sin retorno empieza desde antes. Por eso no le teme, porque en realidad está consciente de que uno se va yendo en cada pedazo de memoria que se cae de la mesa, en los achaques que recortan el andar por calles y caminos, en los amigos y familiares que dejan de llegar, poco a poco, uno a uno.

Sabe con creces del terrible dolor y del vacío que dejan las vidas segadas cuando se han vivido con amor y simpatía por los demás. Pero en realidad no le preocupa el momento de su último aliento, aunque cada vez sea menos señora de sus fuerzas, de sus sueños y de sus recuerdos. Tampoco le inquieta el futuro del mundo, ni el presente, como no le importó el pasado. De la ola de violencia de la última década, por ejemplo, a nadie se le ha ocurrido informarle detalles de la maldad desbordada. No es necesario porque cierta inocencia debe protegerse para siempre.

Se trata de una mujer felizmente bella. De rostro pequeño y denso de feminidad para envidia de cualquier muñeca de cera. A punto de cruzar la barrera de su primer centenario la encontramos muy digna, sentada en un sillón cualquiera, con un semblante despreocupado y atento. Su cabello es de un blanco intenso, su boca pequeña y su rostro claro enmarcan los más bellos ojos color de miel. Luce aretes plateados en forma de perlas. Viste un azul rey que resalta su longevidad de reina.

¿Cómo le ha hecho para vivir cien años y estar tan entera y tan guapa? – Le preguntamos, y sin dudarlo, responde en un pretérito consumado.

“Mi vida fue tranquila, muy tranquila. Yo quiero decirles a mis hijos, a mis nietos y a toda mi descendencia que se porten bien, nada más. Que sepan vivir, porque saber vivir es vivir con amor y cariño”, dice pausadamente y lo repetirá en cada oportunidad de nuestras charlas.

El testimonio centenario de Audelia es claro: en la vida hay más alegrías que tristezas, más bienes que males… pero hay ansiedades inevitables también, porque eso sí, ella ha sido una mujer preocupona y aprensiva, por lo que es mentira que las preocupaciones acaben con la gente, como suele decirse; al contrario, son como una esperanza de que habrá un mañana mejor, o peor, no importa; de que la vida sigue, de que el esposo venderá los quesos, de que el hijo regresará con bien, de que la mula no volverá a tirar a ninguna novia en su viaje de bodas, como le ocurrió a ella, aquella mañana de 1935 cuando el río de Tepalcatepec creció, como se diría hoy, de forma atípica.

Aspectos de la celebración de un centenario de vida
Aspectos de la celebración de un centenario de vida
(Foto: ACG)

Matrimonio y plazo



Audelia Valencia Cervantes nació en Los Cabos, municipio de Coalcomán. Tiene medio siglo viviendo en Uruapan. Tuvo doce hijos de los que, como se ha dicho, siete se le han ido ya, a donde quiera que uno va cuando se muere; le quedan cuatro mujeres y un hombre. Forma parte del medio millón de personas centenarias del mundo, cuya presencia recuerda que cada vez seremos más longevos, en sociedades envejecidas, sin saber en verdad si nos estamos preparando para ello.
De pronto no se acuerda cuántos hermanos tuvo ni cuántos hijos, pero con la ayuda de dos de ellos, mirando lejos, pasa lista: Domingo, Eladio, Lola, Porfirio… Tiene también 20 nietos y trece bisnietos, según la memoria auxiliar de dos hijos viejos.

Todo empezó en una fiesta calentana a la que Pancho, su futuro esposo, llegó presumiendo un hermoso caballo. La curiosidad de la joven Audelia sólo alcanzó entonces para saber que se trataba de un Palafox. Ahí lo vio por primera vez y se le quedó grabado, hasta el día en que casi por accidente, mucho tiempo después, le fueron a proponer noviazgo y matrimonio.

Un día, al regresar de Aguililla con sus padrinos que la habían adoptado tras la orfandad paterna que le cayó de golpe, llegaron a descansar a casa de un amigo que su padrino tenía en común con Pancho; le apodaban El Jilguero. Les preparó unos sopes para comer. Le dijo al papá-padrino: “Estoy desvelado de una mujer que ya no me la aguanto, porque no me deja dormir”, y bromearon un poco. Después, papá-padrino le dijo que su comadre Juanita tenía dos muchachas bonitas, bien chapeadas, por si había interés.

El Jilguero poco después le dijo a Pancho lo de las muchachas y lo convenció para hacer una propuesta de honor y futuro. Se la entregaron a Juanita, mamá de Lola y Audelia, y a Eladio, el hermano mayor de ellas, para que cualquiera de las dos chapeadas fuera la novia. Audelia se adelantó y pronto dijo que sí a todo, sin saber aún que se trataba del jinete presumido que la había impresionado una tarde de fiesta.

Su hermano le dio tres meses para que pensara la propuesta de noviazgo, aunque ella había dicho ya que sí, y que sí, y que sí. Enterado Pancho de que la niña tenía plazo para pensar, pasaba de vez en cuando a saludarla con una mirada curiosa e inclinando el sombrero, porque hacer más que eso excedía la costumbre. De novios sólo se vieron de lejos. Después vino el plazo del pedimento de boda, que habría sido de tres a seis meses, y ella volvió a decir pronto que sí se casaba, aunque en realidad sólo había visto dos o tres veces en su vida a aquel montador que la había impresionado con un caballo tordillo. “Yo dije que sí a todo”, y cuando llegó la fecha se casaron en Aguililla.

Eladio la entregó en la iglesia pero nadie más fue a ese enlace, porque además, una vez casados, se irían de paseo a Uruapan, para lo cual el nuevo marido había reservado como 60 puercos que aprovecharía para vender en su viaje de bodas, restando las mermas, como los diez cerdos que se ahogaron cuando les dieron camino con el sol bravo de aquel mediodía.

Como no era bien visto que los recién casados viajaran solos, a Audelia y Pancho, además del ganado que sería soporte del viaje, los acompañaron dos hermanas y un hermano del nuevo marido para asegurarse que cada quien anduviera por su lado, quietecito, hasta el mes y día en que ya pudieran dormir juntos. Se hospedaron en el uruapense Hotel Providencia ocho días y sus noches, en las que ella durmió con sus cuñadas en una sola cama, con la cabeza hacia abajo y los pies de ellas en su cara. Tales fueron sus primeras noches de esposa.

Pero en realidad lo que más recuerda la novia de aquellos días de casorio es que, de regreso de Uruapan, al intentar cruzar el río, a la recién casada la tumbó una mula parda. Lo recuerda y se ríe a carcajadas, a 82 años de aquel derrumbe. Y es que el río de Aguililla estaba crecido y los carros no podían pasar, y por eso alquilaron las cinco bestias; “pero yo qué iba a saber de mulas”.

De regreso al rancho siguió durmiendo con las muchachas hasta que Pancho la llevó de regreso con sus padrinos por un tiempo, donde quedó “guardada”. Meses después, otra vez a casa de Pancho y las cuñadas, porque él no quiso apartarse de ellas, con quienes le fue mal a la nueva esposa pues no la querían, no la veían bien porque se había casado con el único hombre que les quedaba en casa. A Audelia no le importaba mucho, dejaba que la vida de aquellas rodara, sabiendo que la indiferencia también es un arma letal. Su esposo optó por no meterse en esos pleitos clásicos de suegras y cuñadas.

El desencuentro estaba en que las hermanas de Pancho eran muy laboriosas, madrugadoras, enjundiosas, mientras que ella ni siquiera sabía amasar la harina para el pan ni hacer tortillas con las dimensiones apropiadas a los gustos del campo. Lo que hacía era vivir, “como estamos aquí”, porque Pancho mismo le hacía de comer hasta que ella aprendió con una lentitud envidiable. No sabía hacer nada, lo remarca.

–¿Por qué estaba tan inútil pues mamá? –Pregunta Sara Palafox, la hija, con tono de enfado.

“Pues es que siempre tenía quién me ayudara y no aprendí a hacer nada”, responde ella contundente, despreocupada y risueña.

Audelia, una mujer felizmente bella
Audelia, una mujer felizmente bella
(Foto: ACG)

“El pájaro prieto”



“Me gusta bailar pero ya no puedo”, dice mientras sus ojos de miel recuerdan los valses, los sones tierracalenteños y los zapateados del norte y el sur, “tantito de todo” de lo que bailaba. Cantar aún le gusta. Sus preferidas siguen vivas en su alma. Por ejemplo, “El pájaro prieto”, “La morena”, “El son de los caracoles”, y para que no quede duda, en el acto pone la muestra con una voz de niña entonada: “Yo soy el pájaro prieto/ que solito me mantengo/ las palabras que me diste/ en mi corazón las tengo/ como no me las cumpliste/ a que me las cumplas vengo…/”, modula desde lejos en el tiempo. No sabe si en la celebración de sus 100 años podrá cantar alguna pieza, pero si se ofrece, estará lista.

Para estar bien a un siglo de su primer respiro, en un rápido recuento Audelia dice que come y duerme bien, aunque le “da mucho pendiente de todo”; se preocupa, se angustia, y así vive, contra lo que opinaría tanto baquetón y conchudo que anda por los cuatro rincones del mundo convocando a la indolencia y a la contemplación apática.

Sin chistar responde pronto que son sus hijos, tanto los vivos como los muertos, lo que más adora de premio en esta vida centenaria. Sus tristezas: la muerte de su esposo y la de los siete nacidos de su vientre. La de Pancho que ocurrió 40 años atrás, fue terrible para su alma; la embolia se lo arrebató.

De salud le ha ido bien, aunque en los últimos años, “bien y mal”, pues de pronto se enferma. Lo más grave ha sido la tifoidea que ya le ha pegado dos veces tal vez por los tacos callejeros, pero qué se le va a hacer si “están bien sabrosos con su chilito”. La primera vez fue a sus 97 años. Los médicos no daban con la enfermedad y ahí perdió fuerzas y ánimo; la segunda tifoidea fue hace unos meses. Desde entonces camina con andadera y se mueve menos. La debilidad de su cuerpo se entronizó. Ir ya de la cama a la cocina o al baño es toda una odisea.

Quesos y conchudas



En sus conversaciones se cruzan los planos del tiempo. Las escenas se mezclan. Su tierna infancia de huérfana apadrinada y la casa de piedra de su niñez, con la casa de Pancho y de Celsa ciega, el trabajo de los medieros en las parcelas de una y otra casa, los nombres y colores de los caballos, las visitas a Aguililla a comprar el vestido anual para el día de la virgen, hospedándose con su tía Isabel, a la que le mataron el marido, quien de por sí “debía vidas y tenía cuentas pendientes”.

Se cruzan los tiempos y las imágenes de los trabajadores que ordeñaban las vacas o las desahijaban en el momento justo, sobre todo en los veranos lluviosos, cuando el alimento abunda. Juntaban la leche en tarros de madera de rabelero, la misma que se usa para las arpas celestiales. Cada trabajador tenía su tarro, lo personalizaba de algún modo, le ponía mecate para poderlo agarrar, lo cuidaba, lo limpiaba, lo marcaba, y de ahí vaciaban la leche en canoas de parota, de donde la distribuían en tinas para ponerles el suero para cuajarla. Dicho suero o cuajo, como se ha sabido desde el amanecer mismo de la domesticación, se obtiene de uno de los estómagos de los becerros lactantes. Ya un buen quesero debe calcular la cantidad exacta por tina, la temperatura, el tiempo, pues de eso dependerá la calidad de los quesos. Una vez que cuajaba la leche se hacían bolas que se colocaban en bolsas de tela en las que se exprimían sobre una artesa también de parota, y ya con la consistencia apropiada colocaban esa clase de masa en los aros de madera donde el queso terminaría de adquirir consistencia, para ser después trasladados en bestias hacia Aguililla, la cola del Diablo, como algunos le dicen.

No se le ha borrado todo el trajín de la leche y los quesos; entrecierra los ojos mientras habla y ahí está mirando en su interior y describiendo las más de 30 piezas que sacaban por echada, y cómo en sus aros atados eran llevados a lomo de bestia, y mirando el suero escurrido de las bolsas de tela, del que sacaban el requesón al que le ponían dulce para el consumo de casa y para que los trabajadores llevaran a la suya, rememora cómo sacaban el jocoque antes de que cuajara la leche, pues al vaciar las canoas “la gordura que quedaba era el jocoque”, y después las bolas grandes de mantequilla que colgaban en las mismas bolsas para que escurrieran para delicia de los enjambres de moscas. No sabe si ahora se sigue haciendo así el queso y su familia de lácteos pero ha oído decir que ya usan muchos químicos y cubetas y no como en su casa, la casa de Pancho, y menos la de más antes, la de su padrino Rafael, quien le ayudó a hacer cuerpo para la vida.

Los padrinos Rafael y Crecencia sustituyeron la crianza porque el padre se le murió en su primer año de vida, cuando le picó “una conchuda” en la cara, esa especie de garrapata de concha dura que como vampiresa se adhiere a la piel provocando comezones insoportables por todo el cuerpo. Es una clase de araña chupadora de sangre originalmente del ganado, pero que cuando se tiene la mala suerte de cruzarse en su camino infecta con su saliva y excremento a cualquier desafortunado. La gente dijo que tal vez se le había pegado antes a una víbora venenosa para después transmitirle al papá el mortal veneno.

Le picó en la frente y con la mano se la quitó, y todavía alcanzó a ir a un baile y ahí no dejaba de tallarse por esa comezón indecible, y sus amigos le decían que no se preocupara y que siguiera bailando y tomando alcohol, pero al cruzarlo con el veneno, según el diagnóstico del rancho, le costó la vida, dejando a cinco huérfanos, entre ellos a Audelia.

Aunque la verdad sea dicha, ella no se sintió huérfana porque sus padrinos y tíos a la vez (Crecencia fue hermana de su papá) le dieron de comer a su madre, a sus hermanos y a ella y se encargaron de que tuviera un horizonte hacia donde mirar. De hecho fue una chiqueada de ellos, como bien lo parece ahora, con sus manos finas que dibujan las palabras mientras habla a pausas.

Celsa La Ciega, MUJER DEL CURA




Celsa La Ciega fue abuela de su esposo Pancho. Dormía con ella después de dejar la cama de las cuñadas. Era un cuarto de ciegos, donde los olores de Celsa colmaban la escena del pequeño espacio. Tampoco fue de su agrado.

Celsa quedó ciega el día en que le nació María, madre de Pancho, tal vez porque fue producto de la relación prohibida que tuvo con el señor cura José Martínez, quien iba a esa casa a decir misa y poco a poco conquistó a la pequeña con sermones bíblicos y ojos pícaros.

Alguna vez Eulalia le preguntó a Celsa si no le había dado vergüenza su relación pública con un ministro de Dios que había jurado mantenerse célibe para toda su vida, y ella le contestó que no porque en realidad él sólo quería calentarle los pies, pero como se hacía muy pronto de noche con esas caricias, se quedaba a dormir con ella, y la temperatura humana tenía que atenderse como se ha atendido siempre, desde el amanecer de los tiempos, antes y después de los títulos honorarios y de las jerarquías de cualquier índole.

La gente del rancho apoyó al señor cura y no vio mal esa unión, sobre todo porque siguió dando misas y confesando a otros pecadores; pero más aún, porque respondió como hombrecito y nunca negó su relación con Celsa, a quien de hecho tomó como su mujer.

Al parecer el cura José Martínez, que algunos aseguran que fue español, “era el jefe”, pues hacía en el pueblo lo que le venía en gana con la facilidad de un sacerdote. La gente pensaba que siendo representante de Dios cuanto hiciera estaba bien. Cuando lo trasladaron a otro lugar por orden eclesial le dejó de herencia a su hija María una casona donde décadas después nacería Francisco Palafox y sus hermanas, y más tarde se abriría para la esposa que compartió los últimos suspiros de Celsa, que desde muchos años antes había quedado reducida a un fantasma ignorado.

Despojo de tierras



Audelia y sus hijos, Jesús y Sara, y su descendencia, no olvidan lo que para ellos fue un “despojo”, en la expropiación de sus tierras por la política cardenista, dejándoles sólo una loma improductiva, por lo que tuvieron que refugiarse en el Rancho El Chupadero. Aseguran que esa medida, además de ser arbitraria y no compensatoria porque nunca recibieron la indemnización que correspondía, implicó también el desmantelamiento de unidades de producción efectivas para entregarle la tierra a campesinos perezosos que sólo destruyeron la economía rural para beneficio de unos cuantos. Ilustran ese proceso con las haciendas de los legendarios Cusi, de Nueva Italia.

Al poco tiempo la disputa de sus tierras entre líderes agraristas “terminó en una matazón de unos con otros”, y ese es, para decirlo de algún modo, el balance de la Reforma Agraria cardenista de esta señora de un siglo.

Ni ella ni sus hijos conceden que la concentración de la tierra en unas cuantas manos fue la chispa que encendió una revolución que regó de sangre el país, y que una vez apaciguada la promesa de tierra y libertad quedó como eso, una promesa incumplida, hasta que el general Cárdenas emprendió una Reforma Agraria mediante la que se repartieron más de 20 millones de hectáreas, lo que ciertamente molestó a más de uno… pero eso es otra historia. “Fue un despojo. Eso fue”, concluye ella con su jerarquía centenaria.

Audelia no tiene de qué arrepentirse, ni en lo hecho ni en lo dicho durante sus diez décadas, y menos tiene prisa de nada. Por eso: “Aquí seguiré, viviendo, mientras me soporten… que ponme los zapatos, que cobíjame, no me cobijes… tal vez es un sacrifico para mi familia. No sé”.

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