Escenarios

Estación Queréndaro celebró el tradicional martes de carnaval
Omar Arriaga Garcés Miércoles 14 de Febrero de 2018
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Morelia, Michoacán.- La Bestia, El Tarasco, Rey de Corazones, El Original, Michoacano, Lucero del Valle, Rey Chilango y El Purépecha, fueron los toritos de petate en gran formato que participaron en el Martes de Carnaval de Estación Queréndaro 2018 la noche del 13 de febrero.

Poco más adelante del Aeropuerto Internacional de Morelia “Francisco J. Múgica”, a unos diez minutos sobre la carretera y casi enfrente de la localidad de Francisco Villa -del lado izquierdo yendo desde Morelia-, se llega a Estación Queréndaro, donde además de no haber riñas callejeras en las danzas del carnaval es posible distinguir que algunos toritos de petate brillan en la penumbra con luz propia o que varios de sus elementos se accionan por sí mismos, llevados por una maquinaria interna.

A diferencia de otros lugares donde se fabrican y bailan toritos de petate, en Estación Queréndaro -localidad de la Tenencia de Francisco Villa, en el municipio de Zinapécuaro, que lleva su nombre porque antes había ahí una estación de ferrocarril que conectaba con Queréndaro para comerciar chiles y otros cultivos- no hay ningún concurso, los toritos de petate se construyen por gusto, para mantener la vieja usanza y para mostrárselos a los niños en tres distintas fases, como si se tratara de una corrida de toros.

La música de tambora no cesó desde el arribo a Estación Queréndaro y en el contorno para el baile
La música de tambora no cesó desde el arribo a Estación Queréndaro y en el contorno para el baile
(Foto: Omar Arriaga Garcés)

“En este evento de matanza del carnaval en varios alrededores se hacen concursos, pero los concursos provocan riñas: eligen al más vistoso, al mejor forrado, muchas cosas; entonces lo que hacemos nomás es presentárselos a la gente en una pequeña bailada”, explica José Antonio Rico Rodríguez, uno de los tres organizadores del evento y miembro del Torito de Petate “Lucero del Valle”. “En la siguiente, la segunda bailada, cada toro saca su show: se la rifan. Y la tercera bailada es ya la matanza del torito; hay varios que le ponen pintura simulando la sangre. Es solamente expresar la danza, ver los movimientos y divertir a la gente con lo que sacan los chavos”, señala, luego de lo cual comenta que los organizadores se encargan uno del desfile previo al baile, otro de las danzas a mitad del ruedo y el tercero del evento central.

Al arribar a Estación Queréndaro en la noche, a eso de las 19:30 horas, ya está todo en la más completa obscuridad, pero no hace frío. Apenas cruzar los arcos que indican la entrada, el desfile está en pleno apogeo: niños y niñas, muchachos vestidos de caballos, de maringuías, de caporales y ancianos, habitantes de la localidad, todos se mueven bailando en torno al lento avance de los toritos de petate, que van detrás de algunos automóviles que los alumbran. No es el caso de El Original, por cierto, que con un diseño de la película de Disney -que trata sobre el Día de Muertos- avanza en medio de la multitud, con sus propias luces.

Gerardo García Andrade -con 20 años de experiencia- dice que en la Estación Queréndaro “son diferentes los toros, de diferentes materiales”, el suyo, expone, es de polietileno forrado con cartón, “aquí desde hace años los toros son eléctricos, mecánicos, electromecánicos, sacan fuego, van evolucionando”, apunta, para después referir que son dos meses los que le lleva a 50 personas hacer un toro semejante. Al igual que José Antonio, Gerardo comenta que en la localidad no hay riñas por los toritos: “Todos nos conocemos, no podemos pelear con nadie que veremos al siguiente día, no se da y si alguien quiere pelear es por problemas afuera, pero en el toro no”, manifesta sobre el evento. “Cuando salimos hay gente o toros que quieren provocarnos, uno lo que hace es mejor retirarse. No nos conviene, son toros caros y que por una bronca nos lo dañen, pues no”, dice, ya que son entre diez y quince mil pesos los invertidos en ese torito, que pesa más de 50 kilogramos, algunos dicen que 70.

El desfile llega a un recodo en la calle principal, que por la obscuridad no se sabe si es el final de la vía, pero entonces los toritos y la multitud dobla y camina de regreso aunque en sentido contrario, por un sendero de tierra, hasta que a la izquierda se abre paso hacia una cancha de basquetbol, que servirá de ruedo. Antes, caminando hombro con hombro, Pedro Sánchez hablaba de la tradición de Estación Queréndaro, en la que el toro se mete a una parcela y destruye la cosecha de un hombre viejo, que entonces le pide a su propietario sacrificar al toro, al ser un peligro para la comunidad. El dueño se niega de inicio, pero al final debe aceptar y ponerle un precio al toro, que es comprado y sacrificado ritualmente en el Martes de Carnaval.

La música de tambora no ha cesado desde el arribo a Estación Queréndaro y en el contorno para el baile -que es el círculo del sacrificio- aparecen ya El Hijo de la Bestia, El Cazador, El Atrevido, El Mexicano o el Nieto del Lucero del Valle, toritos que son calificados como becerros en su mayoría por su tamaño y porque fueron hechos por niños, y bailan ahora en su presentación ante el pueblo. Rico Rodríguez afirma que en anteriores años sí había concursos, pero que por las riñas que se suscitaban después, por las calificaciones, “decidimos no hacerlo para evitar un mal espectáculo a la gente y a los niños; hay toritos de los niños y ya tienen mucha imaginación”, agrega.

No obstante, él dice que el Lucero del Valle mantiene elementos tradicionales como el petate, por supuesto; la vara de jara; el papel de china y el papel crepé; “de ahí se simulan flores, hojas y todo. Lo acompañan otros personajes: el anciano, la maringuía, la macha o caballito, y el caporal. No hay que dejar caer esta tradición. Somos reconocidos a nivel estatal y nacional, como cuando nos invitaron al Palacio de Bellas Artes”, recuerda, y añade que un torito como el suyo costará unos seis mil pesos.

El sonido local anuncia que en cuanto se retire el Grupo Corazón Alegre, integrado por mujeres de más de 60 años con atuendos de fiesta, comenzarán a entrar los toros “grandes”, es decir, La Bestia, El Tarasco, Rey de Corazones, El Original, Michoacano, Lucero del Valle, Rey Chilango y El Purépecha, aunque no en ese orden. Como se pueda, uno toma asiento en el piso o se acomoda de pie, en las orillas, para tener buena visión. El sonido da paso a La Bestia, con su baile de presentación, mientras la banda toca aun costado de la cancha, como sobre una gradería.

Isidoro Reyes Maldonado, el denominado Rey del Torito de Petate, que hace toros desde hace más de 32 años y que tiene 16 con el Lucero del Valle, cuenta que ha participado en la K’uinchekua, en el Festival Internacional Cervantino, el Festival Revueltas de Durango y menciona, como José Antonio, que estuvieron en el Palacio de Bellas Artes. Para aludir al origen de la tradición, evoca el capítulo de la ‘Biblia’ en que Herodes El Grande manda asesinar a los primogénitos: “Nuestros padres contaban que la tradición nació cuando querían matar al niño dios y los niños salían a seguir al torito, sacrificaban muchos niños. Ésta es una versión, hay varias historias, no se sabe cuál es en realidad”. Es él quien cuenta también que Estación Queréndaro era antes una parada de ferrocarril, pero que fue llevada a Tzintzimeo, si bien el nombre permaneció. Uno a uno, todos los toritos van pasando al centro del ruedo, la algarabía es general y las maringuías bromean con los muchachos y los pasan a bailar, o hacen como que los seducen, con unos movimientos mitad procaces, mitad chocarreros.

En la segunda ronda, en la escenificación del anciano que tiene que entregar su toro porque entró a una parcela y la destruyó, los toritos muestran mayor fuerza, si es que cabe, aunque tanta es la euforia que El Tarasco se ladea, como borracho, arrancando algunos gritos a la multitud, hasta que cae y un grupo de muchachos tiene que correr para levantarlo. Se ha ido por el peso y se ha roto una de las dos figuras que ostentaba, no la del centauro, pero sí la del águila. “Mi toro no lleva figura, puro papel de china, crepé, vara, petate, es el tradicional. A los muchachos este torito ya no les llama la atención. Se van con lo más bonito, yo trato de conservar todo: las maringuías, que aparezcan cubiertas; no traemos apache como en Morelia”, dice Don Isidoro.

“Éste es un viejito. en una obra se hace la compra-venta del toro, es sacrificado; cuando se baila el toro el viejito llega y le da en medio de los dos cuernos. Yo le pongo una bolsita con pintura roja para simular la sangre, azota el toro y se muere. Entonces se entregan los panes, que simbolizan las vísceras del toro”, refiere Reyes Maldonado, quien dice que cada año invierte 200 pesos en renovar su torito, aunque se muestra un poco triste porque vendió otro que tenía a la Escuela Normal de Tiripetío, por lo que se ha quedado en otra localidad, no en esa que vive de la agricultura y de la pesca. “No alcanza para los frijoles, ¿cuánto quieres por tu toro?”, se escucha que departen en un costado del ruedo dos figuras: uno es el anciano; el otro, el dueño de la parcela destruida. “Es muy bravo ese toro, destruyó todo; yo lo quiero muerto”, le dice el propietario al viejo.

Se pacta el precio del toro, se vende y uno a uno: La Bestia, El Tarasco, Rey de Corazones, El Original, Michoacano, Lucero del Valle, Rey Chilango y El Purépecha, representan la muerte del torito de petate. Isidoro hace la invitación para ir a cenar tamales y arroz a su casa. Ofrece pan también. La fiesta ha terminado y la gente, a eso de las 23:20 horas, se desbalaga por las calles. Cerca de la medianoche, al salir de Estación Queréndaro, no parece que minutos antes haya estado el carnaval en pleno: no hay nadie en la cancha de basquetbol y nadie afuera de su casa. No hace frío, pero viento recién comienza a golpear. Atravesamos el arco, que sólo ahora me doy cuenta que es uno, y enfilamos hacia la carretera a obscuras.