Escenarios

La obra ‘Se venden macetas’, como dos máscaras que penden del umbral de la puerta del arte dramático
Omar Arriaga Garcés Lunes 19 de Marzo de 2018
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Morelia, Michoacán.- Como las dos máscaras que penden del umbral de la puerta del arte dramático, la obra ‘Se venden macetas’ de Manuel Barragán Moreno, dirigida por Noemí Uribe, osciló para los espectadores al Foro La Ceiba el sábado 17 de marzo a las 19:00 horas entre la tristeza y la alegría.

Y es que el director, dramaturgo e intérprete -que un día antes se presentó con el monólogo ‘Cena de compromiso’ en el recinto escénico de la calle Lacas de Uruapan 301 en la colonia Vasco de Quiroga de Morelia- se ha vuelto especialista en mezclar ambos tonos en sus trabajos, en una propuesta que él mismo define como “teatro entrañable”, la cual busca mostrar al público las entrañas, los ínferos de la ficción y de una realidad más radical que la propia ficción, yendo a las raíces de la vida misma, la que él conoce, de donde parte, en las que se mezcla la anécdota con el trabajo actoral, gestual y corporal, y donde la forma misma se convierte en el contenido de lo que se revela durante la puesta escénica, en la que no es posible separar la tragedia del humor.

‘Se venden macetas’, es conformada por tres monólogos
‘Se venden macetas’, es conformada por tres monólogos
(Foto: Omar Arriaga Garcés)

Barragán Moreno no tiene empacho en ir hasta lo más íntimo de sus personajes, a grados de humanidad que rozan con lo cursi y nos arrojan en contraposición a situaciones terribles, todos recortados de un cielo tutelar gracias a la investigación que el propio narraturgo realiza en su entorno más personal, echando mano de experiencias propias, de compañeros de vida y de familiares, lo cual cuenta sobre el escenario como si platicara en la cocina con alguna tía, como si condescendiera a hablar de secretos de generaciones pasadas con algún primo, con amigos a quienes estuviera abriendo las puertas de su casa que, por un venturoso azar en el que por supuesto priva el esfuerzo, coinciden con las puertas del teatro, como entidad física y espiritual, como pone de manifiesto Rodrigo, protagonista de ‘Cena de compromiso’ que tiene que salir de escena, romper la cuarta pared y corroborar en la calle si es cierto aquello que los demás saben pero que no quiere aceptar para sí mismo.

En el caso de ‘Se venden macetas’, conformada por tres monólogos, el propio intérprete indica al final de la obra que el título alude a una acción que tiene que ver con las despedidas, con el término de un ciclo, con irse de casa: “Vender o regalar tus macetas porque te vas a ir”. Así, Santa comienza a despedirse un poco cuando conoce a José y decide que ha de dejar libre una parte de su corazón para que él pueda entrar, hasta que él le pide matrimonio, ella acepta y entonces da inicio una muerte más real, inexorable, en la que terminará por ser otra; una muerte enemiga si se evoca Ramón Martínez Ocaranza, que no la soltará y que más tarde ella misma no querrá soltar.

Cándida, protagonista del segundo monólogo, es una joven que sueña con el mundo y que quiere alejarse de los límites que su propio pueblo le plantea, a través del amor pero también de la rebeldía de saberse única y de la autonomía que surge de su confrontación con los otros habitantes. A diferencia de Santa, no es mujer que pueda tomar su destino en sus manos o, al menos en el momento en el que termina su periplo sobre el escenario, no ha llegado el instante en el cual se haga cargo de él y acabe por imponerse, pues su tema es algo tan abstracto y concreto a la vez como la desaparición forzada, la prostitución, la muerte, que todos tenemos tan cerca pero cuyos verbos -desaparecer, ser esclavizado, morir- sólo se conjugan en primera persona del singular.

El caso de Esperancita -el del tablado no el de la investigación del actor, el del biodrama- es un monólogo con menos peso y precisión comparado con los dos anteriores, en el que una niña queda huérfana y por fuerza ha de pasar a la jurisdicción de terceros como su tía Carmela o como su madrina Angelina, que no tendrá mayores escrúpulos para lucrar con ella. Mas aunque el texto pueda estar bien escrito, hay algo que la separa de las dos partes previas, que no termina de cerrar; no la verosimilitud sino una suerte de telegrafía de las acciones, ya sin ponerse del todo la piel del personaje, pues si bien en las historias de las tres mujeres podría hablarse de cierta tendencia a los extremos -a lo tierno y puro, o bien a lo soez y procaz-, el salto mortal se completa en los dos primeros monólogos gracias a la fe de Barragán Moreno en las palabras y en la forma de decirlas, dibujando los detalles más ínfimos de cada momento, algo que parece quedarse a medio camino con Esperancita.

Sin embargo, hay en ‘Se venden macetas’, estrenada hace más de dos años y dirigida por Noemí Uribe, ese aliento de música de cámara que tienen las propuestas de Vaso Teatro y de Manuel Barragán, en las que más allá de apelar a una épica desbordada se acude a una épica menor -para decirlo con Gustavo Ogarrio-, que dice tanto de la condición humana como la más trascendentalista de las visiones.