URBANOPOLIS: Titanic y las ciudades de buenas intenciones

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La noche del 14 de abril de 1912 el mundialmente conocido trasatlántico británico llamado Titanic, que realizaba su viaje inaugural entre el puerto de Southampton, Inglaterra y Nueva York en Estados Unidos, chocó contra un iceberg en el océano Atlántico y este accidente provocó su hundimiento con la fatal consecuencia de al menos 1,500 personas fallecidas.

Los innumerables relatos indican que el Titanic viajaba a una velocidad de 22,5 nudos, equivalente a 41,7 km/h, cuando recibió la alerta de que a poco menos de 500 mts de distancia se encontraba un iceberg con una altura de más de 30 mts que sobresalían del nivel del agua de mar. Aún y cuando se relata que habían recibido alertas de otros buques sobre la presencia del iceberg, mismas que fueron ignoradas y fue hasta que un vigía vio el iceberg que aviso al puente de mando e inmediatamente se dieron las instrucciones para desviar la ruta y esquivar el tempano de hielo. Lamentablemente la velocidad a la que viajaban, la cercanía del obstáculo y, sobre todo, las grandes dimensiones del Titanic, propiciaron que aún y cuando se cambio el rumbo, fuera imposible esquivar el obstáculo, con las terribles consecuencias ya conocidas.

El relato anterior, nos ilustrar lo complicado y tardado que puede resultar cambiar el rumbo de algo tan grande como el Titanic, pues modificar la inercia del movimiento no permite detener el viaje y cambiar el curso de forma radical. Algo muy similar ocurre con las ciudades, pues su crecimiento es constante, marca una tendencia y no es posible detenerla, para modificar su rumbo. Mucho menos en tan sólo tres años.

La realidad de las diferentes administraciones municipales, es que muchas de las veces, pretender modificar el rumbo de la ciudad, invierten recursos materiales y financieros, pero la población no percibe “el cambio de rumbo” y más aún, sabe que no se logrará modificar el rumbo, pues el tiempo se acabará y llegará alguien más, que pretenda fijar un nuevo rumbo, lo más distinto del anterior, pues hay que “desmarcarse” de los anteriores.

Evidencia de lo anterior, desafortunadamente abundan, la mayoría de las ciudades mexicanas son un muestrario de buenas intensiones, de lo que deseaban que fuera, pero que, “por falta de tiempo no se logró”. Pensemos en aquellas vialidades que no se continuaron y quedaron en “primera etapa”, aquellos proyectos de pavimentación con concreto hidráulico que se quedaron en alguna intersección, con banquetas amplias y luminarias modernas, los grandes pasos a desnivel, que se quedaron en `proyecto. Ni que decir de hospitales sin equipamiento, oficinas sin personal, escuelas sin maestros y demás proyectos inconclusos.

Sin duda que la realización de obra pública es necesaria, pues permite atender demandas sociales, casi siempre mayores que la capacidad de respuesta gubernamental. Pero además, todo gobernante sabe que, con el paso del tiempo, lo que perdurará como huella de su administración, serán las obras realizadas. Estas dos condiciones, han llevado a la realización de obras de “relumbrón” o sólo para “la foto”, sin considerar su verdadera necesidad o pertinencia.

El gran reto que se enfrenta en las ciudades y, Morelia no es la excepción, es despolitizar las inversiones de obra pública, que los criterios para su definición sean verdaderamente las prioridades de las demandas sociales y la búsqueda del mayor rendimiento social y económico, más no político, de las obras realizadas. Es decir, el mayor número de beneficiarios, pero no inmediatos, sino a mediano y largo plazo.

Lograr este anhelado objetivo, resulta factible, cuando se planifica el crecimiento de la ciudad. Toda ciudad, requiere un rumbo, ¿Qué ciudad se desea en 20 o 30 años? Se deben plantear objetivos a largo plazo, pero a sabiendas que se irán construyendo poco a poco, en etapas de tres años. Bajo una lógica de planificación urbana, el presidente municipal en turno, sabría que le toca gestionar o realizar, para avanzar en los objetivos de la ciudad. Su tarea como administrador, sería lograr la mayor eficiencia del recurso en la consecución de los objetivos, situación que le daría como resultado, el tan anhelado capital político.

No se debe cometer el error del Titanic, al ignorar las alertas de los otros buques, en el tema urbano, se deben conocer las experiencias de otras ciudades, para no repetir errores y aprender de las buenas prácticas.

Para que la planificación de una ciudad se logre, se precisa de que todos y cada uno de los ciudadanos conozca el rumbo de la ciudad, no se trata de fijar un rumbo cada tres años, no se trata de reservar información, por el contrario, es condición sine qua non para lograr objetivos a largo plazo, que todos los conozcan y sepan de las acciones y los plazos a seguir, para sumarse a ellos y respetar “las reglas del juego”, pero a sabiendas que estas no cambiaran cada tres años.