¿Ante la crisis, plan alternativo?

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Quisiéramos pensar que en estos momentos la ocupación central del Ejecutivo Federal, su gabinete y las mentes más lúcidas de sus asesores, sea la de analizar el alcance de la concatenación de eventos desfavorables que eclipsan los ámbitos más decisivos de la vida nacional; quisiéramos pensar que a estas alturas, están columbrando las medidas que deban decidirse para enfrentar la tormenta que ya tenemos sobre nuestras cabezas; que están pensando, ahora sí, en el nuevo paradigma para reorientar el rumbo del gobierno frente a la crisis en progreso.

No estamos viviendo tiempos ordinarios que merezcan el calificativo de momentos transitorios, de eventos que al paso de los días, o si acaso semanas, se habrán de diluir como resultado de la invocación a una realidad optimista que los supere. La frase «el momento es inmejorable para el crecimiento», expresada por el Ejecutivo ante los banqueros, no es nada realista. Ya es una frase vacía, los eventos, unos externos y los más de origen interno, no deben minimizarse si lo que se busca son alternativas responsables.

De por sí ya eran precarios los equilibrios discursivos frente a realidades como la economía, la seguridad, los feminicidios, la salud. Los esfuerzos que el habitante de palacio nacional tenía que hacer para imponer agenda y discurso se habían venido estrellando con recurrente regularidad frente a los hechos que emergen desafiantes.

El gatillo que ha precipitado que nuestros pilares se bamboleen lo ha disparado el Covid-19. La pandemia es un fenómeno exterior que nos ha alcanzado pero la magnitud del daño que nos ocasionará depende de nuestra condición interna, es decir, de nuestras fortalezas o debilidades como nación, económicas y sanitarias, es decir, de la calidad de nuestro gobierno y de nuestras instituciones. Los precarios equilibrios que en el terreno económico existían están a punto de pasar a la historia frente a  la recesión global inminente. Una mirada al comportamiento de las bolsas y a los precios del petróleo en las últimas semanas no dejan lugar a dudas sobre lo que se nos viene encima.

Si esperábamos un evento de prueba para constatar la eficiencia y solidez del Insabi ya la tenemos ahí y pronto la mayoría de los hogares mexicanos lo probaremos. Pero no será sólo el Insabi la única institución puesta en jaque, lo serán también el resto, las que capitanean la economía, la gobernabilidad, la seguridad, la educación, las comunicaciones, la distribución de alimentos. Es decir, será una dura prueba para todo el gobierno y todos los órdenes de gobierno. Es la prueba capital para la 4T.

Dudo mucho que ante la expansión de la pandemia en su fase 2 o 3 los discursos alternos, soportados en otros datos, puedan merecer la gracia de la sociedad, eso se agotó. Como lo indican los estudios de opinión los márgenes de confianza se han venido reduciendo y la voz presidencial ha perdido el fulgor de verdad absoluta, el encantó se ha ido desvaneciendo. El movimiento feminista de los últimos meses y el desdén con que se le ha tratado ha disminuido al de la primera silla del país. Frente a los días que corren, que eran previsibles hace alguno días, fue incomprensible que un político tan pragmático haya menospreciado la voz de un sector que vive una condición irritante y con el cual pudo haber sido empático y ganar su respaldo.

La gravedad de la coyuntura obliga a que el liderazgo presidencial ocupe con propositividad el espacio que  la sociedad espera en tiempos delicados y angustiantes. La oportunidad es de oro para que el ejecutivo recupere las confianzas perdidas. Ofrecer al país un plan extraordinario en los ámbitos críticos de su administración oxigenaría la certidumbre pública, sobre todo si va acompañado de un cambio autocrítico de perspectiva, es decir, de modificación de aquellas políticas y creencias que han demostrado malos resultados; cambio que también obligaría a una remuda del gabinete ahí donde no existen resultados, o bien, replantear la función misma del gabinete, toda vez que existe pero como aparato cortesano que va a la cola de las decisiones mañaneras y no como órgano de alta consulta y ejecución eficiente de la política pública.

Quisiera creer que en estos días ya está trabajando un equipo altamente calificado para construir ese plan alternativo y que también ya se está valorando la fecha más cercana para que la Presidencia de la República con su gabinete salgan ante todos los mexicanos a explicar cuáles serán los nuevos derroteros que habrá de seguir su administración para sortear los complejos efectos del Covid-19. Nada daría más confianza a una población terriblemente preocupada que un discurso con claridades conceptuales y hechos logrados con estrategias consistentes; nada mejor para todos que ver emerger en esta coyuntura al jefe de Estado que no hemos tenido, el que unifica a la nación, no el que la fractura con discursos de odio, el que consolida confianzas no el que lidera linchamientos mediáticos de enemigos inventados.

En la anecdótica del pasado debe quedar la ocurrente frase de que estamos bien «re que te bien». Eso ya es insostenible, no es esa la condición de nuestra realidad. Los mexicanos estamos preocupados, muy preocupados. Y más lo estaremos si la crisis sanitaria sigue barriendo con los escuálidos pilares que habían sostenido la frágil marcha del país. ¡Urge un plan alternativo, un cambio de políticas! ¿Lo tendremos?