40 años sin Alfred Hitchcock

Cada una de sus películas —con sus altibajos de ley— es un asomo a lo más oscuro de la naturaleza humana desde los temas más aparentemente banales

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Ciudad de México.- Hay tres gorditos del cine que tienen una impronta en mi vida: uno me ha decepcionado, sólo vi tres de sus cintas, las otras tres, una tristeza; al segundo, sueño con encontrarlo, apretarle los cachetes y decirle “¡soy tu fan!”. El tercero, me inquieta… amo sus películas… aunque siempre tuvo problemas con mamá: Alfred Hitchcock.

      Hace cuatro décadas el “maestro del suspenso” dejaba el plano terrenal. Tras de sí, una larga sombra de varias decenas de películas, el recorrido por tres etapas del cine —el mudo, el sonoro pero monocromático, y a color—; una soberbia interpretación del psicoanálisis que haría a Lacan quemar sus seminarios, su impecable blanco y negro en el vestir y sobre todo esto: nos hizo a todos participes de su obsesión… todos, absolutamente todos, en algún momento somos vouyeristas…. de eso se trata el cine, ¿no? 

      Creador de toda una mitología que se circunscribe a su sombra, aunque no tan visto, sigue siendo actual… en tiempos de “maratones” de series cuya diferencia con las novelas “rosas” vendidas en el supermercado es que lo visual sustituye a la imaginación.

      Cada una de sus películas —con sus altibajos de ley— es un asomo a lo más oscuro de la naturaleza humana desde los temas más aparentemente banales.

      ¿Cuántos no se han asomado a la “galería” de fotografías en el móvil de otro? ¿cuántos no han leído mensajes en un momento de descuido del otro? Y con base en esa indiscreción, el sujeto en cuestión crea toda una historia de humo, sólo por el retorcido placer de imaginar tramas turbias en las que el placer estriba en la discusión o el enojo, porque se halla aburrido o requiere atención. Una película del gordito: La ventana indiscreta (1954).

      Un fotograma icónico: el personaje de James Stweart —aburrido porque no puede salir de casa, a través de su cámara espía al vecino, poco a poco se obsesiona con lo que ve y elucubra una historia que le roba hasta el sueño— se sabe descubierto y con una mirada entre horrorizada y absurda trata de huir de la ruina que él mismo se provocó. ¿Nos suena un poco conocida esta situación…?

      De un carácter electrizante, imponente e insufrible, y amante del alcohol quizá más que de las rubias —una de sus obsesiones— tuvo en su plató a las actrices más talentosas y bellas del siglo XX: Ingrid Bergman, Doris Day, Tippi Hedren, Vera Miles, Kim Novak; y algunos de los galanes de su tiempo: Cary Grant, el mismo Stweart (quizá de estos últimos, al no tener su belleza la sustituyó con su abrumador talento).