Medio Ambiente

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       Hace aproximadamente tres lustros, la revista “Desarrollo Sustentable” (hoy extinta) mencionaba en uno de sus interesantes artículos: “Seguramente una de las conductas que identificaban a las culturas más antiguas de la humanidad, era el respeto hacia la naturaleza.  Durante siglos, las tribus primitivas le rendían culto a la tierra, al mar, la lluvia, los ríos, el bosque y los lagos.  La identificación del individuo con el entorno natural era parte de la cultura.  Sin embargo, a medida que la humanidad fue creando los instrumentos que le permitieron elevar sus niveles de vida, creció la noción de que el progreso sólo sería posible venciendo a los elementos de la naturaleza, y que el desarrollo económico y la urbanización debían avanzar, aún en detrimento de los recursos naturales…”

       Sólo después de décadas de industrialización, urbanización y depredación desmedida, la humanidad (y no toda) apenas se está dando cuenta del tremendo error que se comete al atentar contra el medio ambiente y todos los recursos que le sustentan, permitiendo nuestra existencia como especie.  La perspectiva ha ido cambiando poco a poco, sobre todo luego de enormes catástrofes que van señalando la necedad de quienes con afanes ambiciosos provocan la muerte de flora, fauna y vidas humanas, obligando a promover, desde los mismos gobiernos, una conciencia ambiental creciente.

       Este “cambio” de perspectiva se empezó a vislumbrar desde el año 1972, luego de que la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en el marco de la Conferencia sobre el Medio Humano, celebrada en Estocolmo, Suecia, y con miras a hacer más profunda la conciencia universal de proteger y mejorar el medio en que vivimos, emitió su resolución número 2994, mísma que llevó al establecimiento de un programa especial para el tema de vital importancia, designando la fecha del 5 de junio, como Día Mundial del Medio Ambiente.

       Dos décadas después, en 1992, justo cuando los pueblos originarios de la Tierra manifestaban su rechazo hacia los “festejos” del V Centenario del “descubrimiento” de nuestro Continente y protestaban contra la depredación, el despojo y el saqueo de sus recursos naturales, fue que la Asamblea General del organismo promotor convocó a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y Desarrollo, ocasión en que los gobiernos se reunieron con el objeto de adoptar las decisiones necesarias para llevar a cabo los resolutivos de la Conferencia de Estocolmo y asumir el compromiso de alcanzar un equilibrio viable y equitativo entre el medio ambiente y el desarrollo, así como un futuro sostenible para la Tierra y los seres vivos que en ella habitamos.

       “Cumbre de la Tierra”, se llamó a esta conferencia que tantas expectativas suscitó, participando en ella alrededor de 100 jefes de Estado y miles de Delegados, así como también miles de representantes de organizaciones sociales y civiles (indígenas y no indígenas) que abordaron los temas centrales de la Cumbre, proponiendo la articulación de los procesos de desarrollo con la conservación del planeta.

       Corrientes muy heterogéneas confluyeron en junio de 1992 en Río de Janeiro, Brasil, país sede de la Cumbre, en donde se pudo observar la complejidad a la que se enfrenta la lucha ecologista y la distancia existente entre el discurso ambientalista (casi siempre gubernamental) y las medidas “prácticas” que implantan los gobiernos expertos en “discursitis” y carentes de toda ética.

       A partir de esa Primera Cumbre de la Tierra, lo que ha quedado muy claro es que existe el “racismo ambiental” (como lo define el economista Joan Martínez Alier) y que cada día crecen más los conflictos en la materia, porque los pobres que habitan los territorios más fértiles o sagrados, sin poder político y económico, defienden los sitios que habitan, ante la permanente expansión de la industria que busca apropiarse de los recursos naturales, de urbanizar zonas de alto riesgo, de crear consorcios comerciales o autopistas y aeropuertos, o depositar desechos en los territorios de pueblos indígenas o rurales.

       Conociendo esta historia ambiental de no hace tantas décadas, seguramente a ello se debe la rotunda oposición de pueblos y organizaciones indígenas, así como de ambientalistas y personas de la sociedad civil de todo el país, para el proyecto del denominado “Tren Maya” que atravesará varios Estados del país, caracterizados por todavía poseer territorio no contaminado por la industria.

       Y es posible afirmar que muchos gobiernos no han tenido el suficiente interés por adoptar la “Carta de la Tierra”, de reciente factura (año 2000), en cuyo proceso participaron miles de individuos y cientos de organizaciones provenientes de todas las regiones del mundo, de diferentes culturas y de diferentes sectores de la sociedad, que se ha venido dando a conocer (aún sin el apoyo de gobiernos) con la misión de “establecer una base ética sólida para la sociedad civil emergente y ayudar en la construcción de un mundo sostenible, de respeto hacia la naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia económica y una cultura de paz”.

       Algo que ha quedado muy claro, hablando de compromiso hacia el medio ambiente, es que la “gente pobre”, en cualquier punto del planeta, siempre defenderá la conservación de la naturaleza porque la necesita para vivir… simple y llanamente. Muchas veces, la gente de medios urbanos llegamos a olvidar que cuando el medio ambiente es perjudicado por la extracción o sobreexplotación de recursos, o porque las industrias vierten en cuerpos de agua o en tierra los residuos tóxicos que desechan, no sólo la gente del campo se ve afectada.  Sus protestas deberían ser también nuestras.

       “Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, sino el hombre pertenece a la Tierra.  El hombre no ha tejido la red de la vida; es sólo una hebra de ella.  Todo lo que haga a la red se lo hará a sí mismo.  Lo que ocurre a la Tierra ocurrirá a los hijos de la Tierra…”

Fragmento de la Carta del Jefe Seattle al presidente de los Estados Unidos, en 1854.

       Lo mínimo que podemos hacer, de manera ciudadana u organizada, es permanecer atentos al cumplimiento de los compromisos que nuestros gobiernos han adquirido en cuanto a la protección del medio ambiente… el medio necesario para la existencia.