Sí… apaguen las bombas

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En todos está latente la idea, como en esta localidad, de ir a apagar o destruir las bombas y las ollas para que el agua siga el cauce milenario que representó la vida de ecosistemas con sus especies y la vida misma del ser humano. (Foto: especial)

Deben caminar la empinada cuesta por el borde de la barranca. No es tan grande la distancia pero los matorrales que crecieron en la lejana temporada de lluvias les interrumpen el paso. Es una vereda muy vieja que ya no se usaba. Allá arriba ya no vive nadie, solo hay aguacates. Los que quedaban de las últimas 50 familias se fueron en silencio a los pocos meses de que cortaran los últimos pinos y dejara de correr el agua.

Las veredas son como lazos de tierra que unen a las personas y a los poblados, pero cuando falta la gente pierden su razón de ser, ya no llevan ni traen las novedades de sus modos de vivir, por eso el abandono, por eso las jaras y los huizaches se apoderaron de ellas. Apenas han caminado un kilómetro y el tiempo se les ha echado encima con abundancia de minutos.  Llegarán al lugar con la noche muy alta, más tarde de lo pensado.

Como ha ocurrido los últimos seis años el agua ha dejado de correr desde los primeros días de marzo. Ni una gota siquiera. Melquiades Rangel ha querido escarbar al pie de unas piedras con la ilusión de un escurrimiento, de esos que dejan escondidos en el arroyuelo  los meses de lluvia del verano y que forman estanques, pero solo ha sacado tierra bien seca. Hasta las lombrices se han ido.

Esa tarde, en la orilla de la ranchería, se reunieron al pie de un encino de escasas hojas color canela y tomaron la sombra de las gruesas ramas.  ̶ ¿Entonces qué vamos a hacer?  ̶ ¡Lo que ya dijimos!

Por eso aquella noche caminaban resueltos por la vereda. Tan pronto llegaran a los nacederos sacarían las mangueras de dos pulgadas que se robaban el agua que debería de seguir corriendo por el río hasta su rancho.  ̶ Mientras se dan cuenta los mayordomos nosotros tendremos agua por las horas que restan de la noche.

̶ ¿Oiga, papá, de quién es el agua?

 ̶ Dicen que de la nación.

 ̶ ¿Entonces nosotros no somos la nación?

̶ Son revolturas que ya no entiendo. Lo que sí es cierto es que mientras más lejos estemos del agua más cerca tendremos la muerte. Y que por eso nos tenemos que arriesgar para hacer que el agua siga por el río… más bien el agua es de los ríos y en ellos está que nos la ofrezcan luego de que refrescan sus cauces.

En los últimos días, noche tras noche, la luna les ha iluminado la vereda para que cumplan la misión acordada, tumbarles el agua a las plantaciones de la tierra alta para que sus animales no mueran de sed y ellos puedan lavarse y asearse.  ̶ No deben quejarse, ellos tienen muchísimas ollas en donde esconden el agua que debiera correr por la barranca. Un aguacate, como sea, lo vuelven a plantar, ¿pero nosotros?

Ya van más de 15 días. La de buenas que no se han encontrado cara a cara con los mayordomos y sus guardias. Si se encontraran aquello sería una tragedia. Los rancheros defendiendo su derecho a vivir y los otros cumpliendo las órdenes que les pagan. Los primeros pueden perder la vida, los otros solo pierden dinero.

̶  ¿Y si mejor destruimos las bombas? Y cada vez que las repongan hacemos lo mismo. Ya solo tendríamos que venir a lo mucho una vez por semana.

Cuando volvieron por la madrugada, sofocados por el humo de los incendios cercanos, que brillaban su color naranja como navajas que cortaban los cerros, tuvieron la desconsolada premonición de que todo era inútil. Cada árbol, se dijeron, es un chorro de agua menos.

̶ ¿Entonces estamos solos? ¿Qué, ya no tenemos gobierno que levante lo que nos queda de derechos y los haga valer? ¡Ya nos han dicho que no podemos hacernos justicia por mano propia! Y les hemos hecho caso, pero ahora estamos peor y los que se robaron el agua están mejor, y los que queman están mejor.

̶ Aparte de las bombas hay tantas cosas que deben apagarse. Se debe apagar la insensibilidad del gobierno, se debe apagar la corrupción, se debe apagar la codicia de los huerteros, se debe apagar la estupidez que destruye nuestra casa común.  Subir cada noche a tirar las mangueras debiera llenar de vergüenza a los gobiernos. Bastaría la aplicación del derecho para enderezar esta torcedura, este absurdo que endiosa al aguacate y demoniza a nosotros los rancheros que vivimos aquí desde hace siglos.

Esta historia es real, se vive en las localidades de Madero, pero puede ser cualquiera de Michoacán. Se pueden llamar Santas Marías, Acatén, Etucuaro, San Diego, Piumo, Porúas, Moreno, los Lobos, en fin localidades que situadas en la sierra y en sus pequeños valles, en los que según los estudios climáticos no debiera haber estrés hídrico y que sin embargo sus pobladores y los ecosistemas están muriendo de sed mientras el agua está concentrada en miles de ollas gigantes que hidratan miles de hectáreas de aguacate y frutillas. La discordia está sembrada.

En todos está latente la idea, como en esta localidad, de ir a apagar o destruir las bombas y las ollas para que el agua siga el cauce milenario que representó la vida de ecosistemas con sus especies y la vida misma del ser humano.