Cita con la historia…

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General Lázaro Cárdenas del Río. (Foto: especial)

Desde hace 51 años tengo cita con la historia en el monumento a la Revolución, para llevarle flores, mi cariño, y rendirle honor a quien honor merece: al General Lázaro Cárdenas del Río.

Aún recuerdo cada instante de esos días de octubre de 1970; por mi padre estábamos mi madre y yo al tanto del estado de salud del General, la tristeza se cernía sobre nosotros.  En mi mente y corazón quedó grabado el momento en que llegó mi padre Natalio Vázquez Pallares a la casa, a decirnos la terrible noticia. Había partido no solo un gran hombre, sino su mejor amigo, su maestro. Eran compañeros de ideales y luchas y eso los convirtió al paso de los años en más que amigos, llegando a verse como familia.   A los pocos meses de haber yo nacido, mi padre me llevo a que nos conociéramos, me enseñó a quererlo, él por qué debía admirarlo y respetarlo, y así a toda la familia.

Querer entrañablemente al General Cárdenas, fue tan suave y natural como el flujo de los ríos al mar. Mi admiración se dio al constatar su congruencia ideológica en su actuar cotidiano, y la coherencia de su palabra plasmada en los hechos.

¡Que terrible para México su partida! ¡Cuánta falta hace!

La semana pasada, decidí no escribir mi artículo hasta después de haber ido al Monumento a la Revolución.  Quería escribir sobre él, pero no me es nada fácil, mis emociones son muy fuertes sobre todo en esa fecha, la de su partida que aún duele y mucho.

Desde unos días antes venían a mi memoria recurrentemente imágenes de esos días de la partida del General.  La enorme tristeza, la llegada a la casona de Andes, el frío intensísimo.

Se le rindieron homenajes donde miles de personas montaron innumerables guardias en las que hacían patente el enorme cariño y respeto que le profesaban al General.  Finalmente fue trasladado al Monumento a la Revolución.

 Soy consciente y agradezco enormemente a la vida, el haberlo conocido, el que me haya permitido ser alguien cercano. Fue gracias a la amistad que tenía con mi padre que pude conocerle, siempre lo valoraré y le agradezco a mi papá que me haya acercado a él. Lo vi por vez primera desde mis ojos de niña y desde entonces, mi cariño hacia él fue siempre desde el corazón.    No lo olvidaré nunca.

Cada año desde entonces acompañé a mi padre a rendirle honor al General. Al morir él, seguí yendo con mis hijos Raúl y Natalia.

La pandemia cambio muchas cosas, entre otras muy importantes fue el no ver a los seres queridos tanto como se quisiera, y no acudir a actos públicos, entre muchas cosas más.

El pasado martes 19 de octubre, rendimos nuevamente honor al gran amigo, estadista y ser humano. Ese mismo día muy temprano falleció Celeste Batel esposa de Cuauhtémoc Cárdenas Solorzano, quien es sin duda el mayor referente de la izquierda.

Siempre recordare los ojos y la sonrisa maravillosa de Celeste. Éramos amigas, de esas que de verdad lo son. No fue necesario el vernos con frecuencia, nos entendíamos y queríamos así, como somos cada una. Nos sonreímos siempre, viendo más allá de la mirada y entendiendo más allá de los silencios.

Celeste quería mucho a mi papá, yo creo lo entendía como poca gente lo ha entendido. Un día que me vio triste sin yo pedírselo empezó a hablarme de mi padre; “Natalio era maravilloso, culto, inteligente, siempre claro.  Siempre dispuesto a escuchar y ayudar, yo lo quise mucho.” Mientras la escuchaba, me parecía ver la sonrisa de mi padre, y la tristeza que traía, se desvaneció.

Me encantaba cuando me contaba anécdotas, o cuando ambas recordábamos sucesos de las diversas luchas. Siempre amable, siempre cariñosa, siempre atenta y solidaria.

No fue fácil la despedida, nunca lo es cuando el cariño es tan grande. He vivido el tremendo dolor de la partida de mis padres, y por ello sé que nunca mueren los que tanto amamos; viven por siempre en nuestros corazones.  Este es el caso de Celeste en el corazón de mis hijos y del mío.

Celeste Batel es parte muy importante de la historia de México.

¡Gracias Celeste por tu existencia!