Malvados ecologistas

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La construcción de la verdad presidencial en materia ambiental es esa: la causa ambiental —aunque noble— habría nacido deshonrada, mancillada, espuria, manchada de neoliberalismo. (Foto: especial)

Aún no salgo de mi asombro. Leo y releo la nota informativa y para que no me quede duda escucho y vuelvo a escuchar las palabras del presidente de México. Y no hay duda, lo que dijo lo explicó con claridad, el protagonismo de los derechos ambientales, los derechos humanos y el feminismo —en su visión— fueron utilizados por el neoliberalismo como cortina de humo.

En un solo acto y de manera contundente, sin filtros, sin mediación, colocó al ambientalismo, a quienes defienden los derechos humanos y al movimiento feminista en el sitio de los señalados, en el abominable lugar de los parias políticos de los tiempos en que vivimos.

Si no me hubiera quedado clara la valoración de aquel pensador francés que sostenía —con bastante claridad por cierto— que uno de los propósitos de todo poder es el de crear su propia verdad a la medida de su propio interés, la lección presidencial me lo ha corroborado con un didactismo crudo y despiadado.

La construcción de la verdad presidencial en materia ambiental es esa: la causa ambiental —aunque noble— habría nacido deshonrada, mancillada, espuria, manchada de neoliberalismo.

¿Qué habrá de inferirse de esta perspectiva delirante? El poder superior no necesita decirlo porque ya está activado entre amplios sectores de la población un mecanismo automático de clasificación ideológica, una cosmogonía binaria, maniquea, de tal manera que las palabras que enjuician desde el más alto poder de la nación sólo tienen un camino lógico: el ecologismo, los derechos humanos y el feminismo deben ser encasillados en el apartado de los enemigos del pueblo, de la maldad, de los que deben ser repudiados y derrotados.

El mensaje que se manda desde la presidencia de la república es con franqueza ominoso y coloca a estos tres ámbitos de las reivindicaciones sociales en una condición de extrema vulnerabilidad. Lo menos que señala es que ni los derechos humanos ni el feminismo ni el ecologismo forman parte de su agenda prioritaria, y que sus reclamos siempre tendrán una sospecha de origen: el «uso neoliberal».

Por supuesto que el origen de las demandas de estos tres continentes de reclamo social y sus contextos históricos y políticos nada tienen nada que ver con las conceptualizaciones académicas que se han hecho del «neoliberalismo».

Los reclamos feministas tienen una historia de centurias, desde el origen de la humanidad misma; la cuestión de los derechos humanos está ahí desde hace siglos y han sido singularmente enfatizados desde la Ilustración que han devenido como los derechos del hombre y han aparecido en el punto de quiebre de todas las guerras y de todos los sistemas de sojuzgamiento. El ecologismo —aunque el concepto aparezca apenas en el siglo XIX— está presente  en todos los mitos de la humanidad y ha alcanzado una valoración demandante con los efectos de la Revolución Industrial y la modernidad arrasadora.

Sin embargo, no creo que al huésped del Palacio Nacional le sean ajenos estos datos. ¡No!, a pesar de ellos y porque esto no es lo importante, lo cierto es que él está definiendo su catalogo de amigos y de enemigos, para pelear las batallas políticas que necesita para alcanzar sus finalidades particulares. Y esto sí que preocupa.

Es claro que ya optó. Y ha decidido ir contra el ecologismo, el feminismo y los defensores de los derechos humanos, así como ya decidió ir en contra de las organizaciones sociales, los organismos autónomos, los niños con cáncer, la Universidad Nacional Autónoma y ¿cuántos más?

Puede ser que en todos estos ámbitos haya necesidad de ejercer la crítica y generar reformas —ni duda cabe, algo muy preciado y regenerador— cosa que hasta ahora no ha ocurrido, pero de ahí a propiciar su aniquilación o subordinación absoluta, representa un ataque frontal contra los valores de la libertad y de la democracia.

Ni duda cabe que las causas ecologistas, vitales todas ellas para la sobrevivencia de nuestra civilización, habrán de encontrar, como ya está ocurriendo, un freno político y social que mucho habremos de lamentar.

Cosa curiosa que debe tenerse en cuenta es el hecho de que las prácticas neoliberales han sido en las últimas décadas la fuente principal de la destrucción ambiental. Todo ambientalista sabe hoy día que su adversario económico tiene rostro neoliberal.

Curiosa y jocosa porque un gobierno que hoy se dice enemigo frontal del neoliberalismo es en los hechos su mejor aliado. Ambos comparten su odio al ecologismo. ¡Ver para creer, malvados ecologistas!