Incertidumbre

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Me han preguntado cómo veo la problemática de los bosques y las aguas para 2022 en Michoacán. He contestado que hay una palabra que resume con claridad mi visión: incertidumbre. (Foto: especial)

Me han preguntado cómo veo la problemática de los bosques y las aguas para 2022 en Michoacán. He contestado que hay una palabra que resume con claridad mi visión: incertidumbre.

No he tenido apego al anualismo mágico, ese que suele proliferar en estas épocas y que se apega a la creencia de que basta el inicio de una anualidad para que ocurran cosas buenas, nada más porque sí. Si hasta ahora ha habido un abandono brutal de la cuestión ambiental por las entidades gubernamentales y los políticos que las dirigen, cómo es que podríamos esperar buenos resultados.

En todos los asuntos en los que interviene la humanidad jamás han bastado las intenciones o los buenos propósitos. Cuando los buenos propósitos no se hacen acompañar de acciones la problemática intervenida sigue igual, o peor aún, se complica.

Podrían recriminarme por pesimista. Ojalá fuera eso y se tratara nada más que de un prejuicio. No es así. Los problemas ambientales han salido, casi todos, del ángulo de visión de los gobernantes y su ejemplo ha calado en las creencias públicas. Gracias a ese abandono muchos justifican su propia actividad destructiva de la naturaleza y encuentran en la ausencia gubernamental las razones para su proceder.

Ni los problemas locales como el cambio de uso de suelo, la tala ilegal, la concentración de aguas, la cacería ilegal, el uso de pesticidas letales, tienen la atención gubernamental, y como consecuencia tampoco los globales como el cambio climático. Existe un desdén irresponsable y criminal sobre la agenda ambiental. El adjetivo “criminal” no es una alusión desproporcionada, es muy real. ¿Qué otra palabra puede usarse para indicar la ausencia premeditada de acciones que debieran evitar el colapso de los ecosistemas, gracias a los cuales vivimos todos?

Así que la incertidumbre es a plenitud puro realismo ambiental. Si consideramos los sistemas económicos que, como locomotoras locas, avanzan a toda velocidad devorando bosques, apropiándose de aguas, contaminando a diestra y siniestra, fracturando la vida social de los pueblos, tenemos un panorama nada halagüeño.

Debe entenderse que un gran segmento del poder político que se ha constituido en Michoacán en las últimas décadas, proviene del poder económico construido a partir de sistemas productivos ecocidas. El maridaje entre ecocidio y poder político se pasea cómodamente en las sedes de los poderes públicos de nuestro estado.

Mucho me temo que la velocidad con la que se está destruyendo la vida natural de Michoacán, principalmente bosques y aguas, incremente su rapidez en el 2022. Si se desmontan las instituciones ambientales o se les mata presupuestalmente, si los propios gobernantes miman los negocios que se hacen a costa de la naturaleza en aras del supuesto desarrollo y progreso, no se puede esperar otra cosa.

Y es muy lamentable que esto ocurra porque el tiempo para contener y revertir está agotado. Estamos caminando una ruta autodestructiva bajo la creencia de que la naturaleza es infinita e instantánea en sus capacidades regenerativas. El conflicto por el acceso a los servicios ambientales —como ya ocurre— tenderá a agudizarse porque dichos servicios son esenciales para la vida. Tan sólo el del agua es suficiente para poner cabeza abajo cualquier sociedad.

En definitiva, el 2022 será de incertidumbre ambiental. Disminuir ese rango de incertidumbre dependerá de la responsabilidad, compromiso y sensatez gubernamental y de la energía ciudadana con la cual se exija y actúe para construir una ruta diferente.

Será un año difícil para el ambientalismo cívico porque tendrá que luchar contra el muro de la indolencia gubernamental, asumida como política de Estado; contra el poder arrollador de los sistemas productivos ecocidas, expresado sobre todo en inercias económicas ancladas en un mercado poderoso; y, contra la costumbre arraigada, normalizadora, de la impunidad.

Pero la gran tarea, que debe ser imperiosa para el gobierno y la ciudadanía en 2022, será la protección de los ambientalistas y terminar con los atentados infames a sus derechos humanos. Es preciso que sociedad y gobierno desmontemos los discursos que banalizan la denuncia ambientalista pues ponen en riesgo la seguridad y la vida de estos.

Quisiéramos poder decir que el 2022 será de certidumbre ambiental, sin embargo, los ingratos hechos hasta ahora nos indican lo contrario.