Homeopatía, pseudociencia y placebos

93
La homeopatía y las medicinas alternativas son muy populares, pero este hecho no les convierte en verdaderas medicinas. (Foto: especial)

Primero: La homeopatía y las medicinas alternativas son muy populares, pero este hecho no les convierte en verdaderas medicinas, ni mucho menos les da la capacidad de curar. Punto.

Las falsedades de la homeopatía han sido demostradas en múltiples ocasiones. Quien tenga la curiosidad de investigar encontrara una gran cantidad de material sobre el tema, como el informe del Gobierno Británico que concluyó que “No hay evidencia científica o clínica que apoye la homeopatía” https://publications.parliament.uk/pa/cm200910/cmselect/cmsctech/45/45.pdf y el reporte de la revista especializada The Lancet, que publicó los resultados del estudio más completo realizado hasta ahora sobre la eficacia de la homeopatía.

La homeopatía es un fraude y para demostrarlo los meta-análisis son el mejor y más completo ejemplo para desacreditarla. Básicamente consisten en revisar los estudios referentes a una afirmación. Se recogen, se analizan de manera independiente e incluso se reproducen cuando se puede para comprobar los resultados. Entre ellos están los llamados “análisis Cochrane” se han convertido en una de las mejores herramientas contra las pseudociencias.

¿Y cómo nació fraude de la homeopatía ? Primero algunos datos históricos. El médico alemán Samuel Hahnemann (1755-1843) formuló los principios básicos en 1810 en su tratado Organnon der rationellen heilkunde La homeopatía se basa en la Ley de la Similitud, una sustancia sirve para curar una enfermedad si causa los mismos síntomas que la enfermedad, y la Ley de los Infinitesimales, según la cual, cuanto más pequeña es la dosis de la sustancia administrada, mayores son los efectos en el paciente. La tercera máxima homeopática es que no hay enfermedades, sino enfermos, por lo que todo tratamiento debe ser personal e intransferible. ¿Cómo llegó a estas conclusiones? Fácil, las imaginó, las saco de la manga, nada más, nada menos.

Ahora bien, para entender por qué la homeopatía es una pseudoterapia sin aval científico es necesario repasar algunos conocimientos sobre química y física.

La preparación de un producto homeopático empieza con 1 gota de principio activo que se disuelve en 99 gotas de agua, alcohol o lactosa (1CH). Luego, se toma 1 gota de esa primera dilución y se mezcla con otras 99 del disolvente elegido (2CH); seguidamente, se toma 1 gota de esa segunda dilución y se mezcla con otras 99 del disolvente (3CH); y así, sucesivamente. Cada vez que se hace una dilución, se tiene que sacudir vigorosamente el preparado para hacerlo activo; es lo que se conoce como dinamización (?) Los homeópatas prescriben medicamentos de hasta 5.000CH, muy por encima de los 12CH en los que, según las leyes de la química, ya no hay ni una molécula de la sustancia original en el preparado. Entonces, ¿en qué basarían su presunta efectividad los medicamentos homeopáticos? Según sus practicantes, en la memoria del agua, un misterioso fenómeno que nos manda al terreno de la magia.

La realidad es que las diluciones homeopáticas van en contra de la constante de Avogadro. Y eso cualquier estudiante de bachillerato sabe que es una insensatez. En unas cuantas palabras, los fundamentos “químicos” de la homeopatía contradicen todo fundamento científico pues emplean diluciones en las que no ya queda nada de la sustancia hipotéticamente curativa.

Es un hecho que la medicina evoluciona, en el último medio siglo la medicina ha incorporado multitud de nuevos métodos de diagnóstico y tratamiento; pero la homeopatía sigue igual como en el siglo XIX, no avanza, al contrario, se aleja cada vez más de la ciencia.

La homeopatía finca sus éxitos en el efecto placebo, que es una variable con la que se cuenta antes de sacar al mercado cualquier fármaco. En los ensayos clínicos, se administra a una parte de los sujetos el nuevo medicamento y a otra, una sustancia inocua con la misma presentación. Ni el experimentador que la da ni el individuo que la recibe saben si lo que tienen entre manos es el fármaco o el placebo; es lo que se conoce como doble ciego y persigue que las expectativas de los participantes no contaminen los resultados.

De que la medicina homeopática es un placebo no hay duda alguna. La forma más fácil de demostrar su inutilidad es el “suicidio homeopático”. Hace unos años una veintena de científicos belgas lo promovió como protesta por que las aseguradoras del país pretendían incluir la homeopatía entre sus servicios médicos. Ingirieron en grupo una dosis infinitesimal, y por tanto, muy potente, según los principios homeopáticos, de un cóctel de venenos: belladona, arsénico, veneno de serpiente. ¿Y qué paso? Nada, absolutamente nada.

Buena parte del éxito de la homeopatía radica en que sus practicantes dedican mucho tiempo y mucho interés a cada enfermo. Hay ciertamente un amplio grupo de personas que necesita ser escuchada, que se le brinde atención más que un producto farmacológico. Es lo que hacen los homeópatas. Aparte, ellos, sensatamente, se centran en enfermedades no graves, pero sí molestas.

Podemos concluir, la homeopatía, como toda pseudociencia, se basa en la fe del crédulo paciente. Si este tiene un padecimiento con un fuerte componente emocional ciertamente puede mejorar, pero si tiene una patología seria, empeorará… o morirá.