Setenta y más

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“La palabra ‘anciana’ posee reminiscencias medievales, e incluso un matiz malicioso si sugerimos que una mujer puede aspirar a convertirse en una de ellas. (Foto: especial)

Doy inicio a esta columna, primero, agradecida por todos los años en que las puertas de este medio informativo se han abierto a mis colaboraciones; a quienes las han leído, comentado y saludado…  y después, por haber llegado al inicio de una década más en mi existencia (a decir de mi amiga Sara, iniciando otra vuelta al Sol). 

       En la década pasada, cercana a obtener mi tarjeta Inapam, llegó a mis manos un maravilloso libro, de cuya autora, Jean Shinoda Bolen, sólo contaba con algunas referencias, por citas y  comentarios en textos de otras escritoras, así como en talleres organizados por nuestro grupo de mujeres aquí en la región.  El Título: “Las Brujas no se Quejan” (Ed. Kairós, 2004) y sólo comparto alguno de sus primeros párrafos, que de inmediato atrapan la atención de cualquiera: 

       “La palabra ‘anciana’ posee reminiscencias medievales, e incluso un matiz malicioso si sugerimos que una mujer puede aspirar a convertirse en una de ellas. No es a lo que alguna de nosotras aspiró a ser durante su juventud, pero aquello ocurría cuando las mujeres mayores jamás decían su verdadera edad, y antes de que éstas se manifestaran como personas de pleno derecho, o vivieran tantos años como nosotras en la actualidad.”

       Y hablando de mujeres de mi generación, con algunas de ellas nos damos cuenta de que actualmente, en el mundo, estamos viviendo un poco más de tiempo que los varones.  Sin embargo, muchas llegan a la etapa de la vejez encontrándose solas y frecuentemente llenas de “achaques” y múltiples compromisos familiares que no siempre resultan satisfactorios, y sí en cambio, desgastantes o frustrantes.  Pero también muchas nos enseñan cómo vivir y disfrutar (aún en soledad) en esa etapa, siendo ejemplos de amabilidad, solidaridad y optimismo.

       Ha sido hasta años muy recientes que el movimiento internacional de mujeres se ha planteado, como premisa principal, el cuidado o “reapropiación” de nuestros cuerpos y nuestras vidas como la mejor posibilidad que nos proporcione un envejecimiento saludable y pleno.  Y si somos relativamente pocas las mujeres de mi generación que lo sabemos y asumimos, podemos percibir que las mujeres más jóvenes (aún con toda la información que hoy en día se genera) necesitan también aprender de nuestras experiencias.

       Es bien cierto el refrán que dice “saber es poder”, y somos las mujeres quienes lo entendemos como verbo a conjugar y una tarea a compartir: con lo que sabemos y aprendemos juntas, podemos transformar no sólo nuestro estado físico y emocional, sino que también podemos hacer mucho para mejorar las condiciones de vida básicas y necesarias para que nuestra salud y la de nuestras familias y comunidades sea buena.  Saber es poder aprender, poder cambiar, poder estar en desacuerdo, poder explorar y poder disfrutar; saber e pasar de la indignación a las propuestas, es poder aprender y desaprender, saber es poder ser libres e independientes y también poder amar y apoyar el bienestar de todxs quienes nos rodean.

A lo largo de nuestras vidas podemos dar pasos firmes para mantener una buena energía y salud y reducir el impacto de la enfermedad o de condiciones crónicas cuando seamos todavía más mayores.  Actualmente, aunque no resulta igual para todas las mujeres, existe mayor información acerca de la manera en que podemos cuidar de nosotras mismas y por supuesto que la mayoría, por lo menos intuimos, qué tipo de hábitos pueden –o no- servirnos para el resto de nuestras vidas.  Podemos dejar de consumir tantas grasas y azúcares, bebidas embotelladas, el alcohol, el tabaco, tranquilizantes y medicamentos, y aumentar la ingesta de frutas, semillas y verduras de temporada, por ejemplo.

       Está probado que muchos de los rasgos del envejecimiento, incluso de los considerados alguna vez biológicamente inevitables, pueden prevenirse y ser incluso reversibles, con algunos cambios de hábitos entre los que se encuentran también los actitudinales (cambios de actitud).  Y ¿qué tal si en vez de utilizar tanto un vehículo nos proponemos caminar más?  Pero nuestro objetivo no debe ser simplemente vivir más tiempo, sino lograr la más alta calidad de vida posible mientras transcurra nuestra existencia.  La creatividad y el asombro deben permanecer siempre a nuestro lado.

       A pesar del importante papel que podemos desempeñar en el cuidado de nuestra propia salud, a veces tenemos que recurrir al sistema médico y como mujeres de mediana o avanzada edad, nos encontramos enfrentadas a distintos obstáculos para obtener una buena atención… con frecuencia de otras mujeres.  Las mujeres adultas (y tal vez igual los varones) no cuentan demasiado para la profesión médica.  En nuestro caso, los trastornos físicos y emocionales son caracterizados como un mero “síndrome posmenopáusico”.

       Actualmente, aún hay pocos geriatras o personal capacitado para atender a personas adultas, pero el interés por el envejecimiento va en ascenso y ello va generando nuevas especialidades enfocadas a la atención de adultos mayores.  Los médicos familiares, médicos de atención primaria o de medicina general, son a menudo los más apropiados para la atención de las mujeres adultas, siempre y cuando posean una actitud positiva y dispongan de información suficiente sobre el envejecimiento.

       Sin embargo, ¿quién mejor que nosotras para conocernos, querernos y cuidarnos?  El doctor Arnaldo Kraus, en uno de sus libros, ejemplifica la relación médico-paciente cuando menciona que un amigo suyo no confió en el médico que “ni siquiera sabe lo que pienso, o leo”.  Y yo coincido con él.

       Nunca es tarde para empezar a realizar cambios, y entre ellos seguramente uno de los más importantes, es deshacernos de la dependencia que nos ha atado a los médicos durante décadas.  Ello implica cambiar el estereotipo que se tiene de nosotras.  Pienso que la vejez resulta una época en que aprenderemos más de nosotras mismas, ofreciéndonos la oportunidad de ser más comprensivas, solidarias y amables… empezando por nosotras mismas.