El manantial que se negó a morir

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La voluntad indómita del pequeño manantial, que se abre paso entre las cenizas, es una lección de la naturaleza con un mensaje conmovedor. (Foto: especial)

La tierra estaba caliente. El polvo carbonizado de los arbustos formaba, tirado sobre el suelo rugoso, las figuras de tronco y ramas convertidas en ceniza. Bajo la gruesa capa de cenizas que se extendía por hectáreas, sin embargo, se oía el trotar alegre de las pequeñas aguas de un manantial que parecía retar a toda la muerte ocasionada por el incendio. Ahí seguía manando el agua, como si no se diera cuenta de que ya le faltaban los árboles que le deban vida.

De acuerdo con datos oficiales más del 90 % de los incendios forestales son provocados por la mano del hombre. Por esta razón Michoacán pierde, de manera conservadora, un promedio de 15 mil hectáreas en cada año.

Una porción considerable de estos bosques quemados termina convertida en plantíos aguacateros y la madera muerta en las astilladoras que operan en el entorno de las serranías.

Las quemazones, las que son intencionadas, forman parte de un sistema bastante bien organizado y calculado que logra burlar exitosamente las regulaciones establecidas. El porcentaje de éxito de esta manera de operar es elevado, considerando el incremento anual de huertas y la pérdida de bosques este anda por el 95 %.

Sin embargo, una modalidad de incendios ocasionados proviene del impulso de creencias hasta ancestrales que dan sustento a una técnica de cultivo agrícola. La roza de tierras está arraigada como práctica regular entre campesinos que la encuentran adecuada para que las plantaciones de maíz prosperen.

No obstante, la introducción de nuevas técnicas que evitan la roza de tierras y la prohibición gubernamental para realizarlas, aún prevalecen grupos de campesinos que las realizan ocasionando con regularidad incendios generalizados de consecuencias ambientales desastrosas.

La pérdida de bosques por esta causa en municipios como Madero es preocupante. Cientos de hectáreas forestales son arrasadas anualmente por incendios “controlados” que fueron iniciados para rozar predios destinados a los maizales. Está tan arraigada entre la gente de campo la creencia de que las rozas son buenas que hay localidades que han optado por condicionar esta práctica a protocolos de quema segura.

A pesar de esto, la mayoría de los incendios promovidos en rozas se ocasionan por la ausencia de autorizaciones y la falta de comunicación con las comunidades y con los dueños de los bosques aledaños.

El resultado ha sido terrible. En los últimos 15 días en la sierra de Madero se han calcinado por esta modalidad más de 120 hectáreas de pino y encino afectando también a la fauna silvestre. El último ha ocurrido en el segmento sur de la sierra de San Pedro, contigua a los predios que participan en el proyecto de Área Natural Protegida. En pocas horas ardieron 40 hectáreas y sólo pudo ser apagado por la participación de la comunidad de San Pedro y la Brigada Contra Incendios de Madero.

El cuidado del patrimonio ambiental de todos supone un intenso programa de educación entre los poseedores de tierras, bosques y aguas que tenga como propósito la modificación de creencias perniciosas y la constitución de un cuerpo de valores que construyan creencias y prácticas proambientales. La introducción de prácticas agrícolas y silvícolas congruentes con el respeto a la vida natural, ajustadas a criterios de sostenibilidad, es una tarea impostergable para las instituciones gubernamentales, el sistema educativo y la sociedad civil organizada.

No todas las creencias son virtuosas, algunas nos tiranizan y otras nos empujan con singular reiteración al campo del fracaso y los malos resultados. Son creencias difíciles de erradicar que actúan como resistencia dura a las políticas ambientales y a las iniciativas cívicas.

Por suerte, para mitigar la pésima noticia del monte calcinado, nos han dicho quienes conocen la intimidad del bosque, que este año será semillero, una condición que se repite cíclicamente cada determinada cantidad de años. Lo que quiere decir que habrá renovales de pino que ayudarán a repoblar las áreas perdidas.

A pesar de esta adversidad es buena noticia, también, saber la intencionalidad de la comunidad de San Pedro y de ambientalistas de Madero de proceder de inmediato al restablecimiento forestal de las hectáreas siniestradas y evitar que se haga cambio de uso de suelo.

La voluntad indómita del pequeño manantial, que se abre paso entre las cenizas, es una lección de la naturaleza con un mensaje conmovedor. ¡Y no es cuento, existe, está ahí, aún sigue fluyendo su modesta agua!