ECOS LATINOAMERICANOS: El progresismo en Latinoamérica

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En estos últimos cuatro años el progresismo latinoamericano, que parecía estar afrontando un repliegue en la región, parece estar volviendo a posicionarse en el tablero político. (Imagen: especial)

En estos últimos cuatro años el progresismo latinoamericano, que parecía estar afrontando un repliegue en la región, parece estar volviendo a posicionarse en el tablero político. La reciente victoria electoral de Gustavo Petro en Colombia se suma a una serie de nuevos gobiernos electos en los últimos años en diversos países de América Latina. México inauguró en 2018 esta especie de “nueva ola de progresismos” en Latinoamérica a mediados de ese año y que hasta la fecha ha continuado desarrollándose en diversos países tales como Argentina, Chile, Bolivia, Honduras, Perú, y si las estimaciones de las encuestadoras brasileñas son correctas, posiblemente Brasil entre en esta nueva ola en octubre de este año.

Sin embargo, estos progresismos no son nuevos en la región, para comienzos del siglo XXI se inauguró la primera ola de este tipo de gobiernos, cuyo repliegue inició a mediados de la segunda década, con el retorno de los llamados “gobiernos neoliberales”, que también ya antes habían administrado la región entre los ochenta y noventa. Esta primera ola progresista se arropó en un tajante discurso antineoliberal, indicando que los gobiernos en turno estaban al servicio del capital extranjero y estaban desmantelando programas e instituciones sociales que eran el sostén socioeconómico de los sectores más desfavorecidos de la población en general.

Por lo tanto, estos gobiernos alcanzaron a administrar la gran mayoría de la región, quizás solo con las excepciones de México y Colombia. Efectivamente al inicio hubo, en la mayoría de estos gobiernos progresistas, políticas que buscaron combatir el rezago social propiciado por las anteriores políticas neoliberales y a su vez posicionar ciertos sectores sociales históricamente marginados en cargos de la administración pública, para lo cual hubo una ampliación de las actividades del estado en materia económica y un cierto grado de distanciamiento con los esquemas económicos de mercado.

No obstante, la mayoría de ellos no lograron un genuino proceso de institucionalización. La mayor parte de las políticas sociales ejecutadas se debieron a una intervención directa de las autoridades en turno y no a través de mecanismos institucionales, por lo que, aunque hubo mucho apoyo a comunidades marginadas, también hubo desvío de recursos y otras situaciones de corrupción. Finalmente los limites fiscales para la ejecución de estas políticas sociales, sumado a las económicas que no eran completamente productivas y eficientes, empezaron a cobrar factura. Entre 2010 y 2020, con las excepciones de Venezuela y Nicaragua, y que precisamente por el hecho de adoptar modelos de corte autoritaria, el resto de los países de la región, aunque fuese por cortos periodos de tiempo, afrontaron la llegada de regímenes de corte conservadora y/o derechista.

Sin embargo, tales regímenes aun cuando fueron propensos a reaplicar políticas de corte neoliberal, por las circunstancias del momento tuvieron que mesurar la aplicación de sus propuestas político-económicas. Al final, esta mesura resultó insuficiente y permitió a los nuevos progresismos regresar a finales de la segunda década del presente siglo. Y, paradójicamente, estos nuevos progresismos consiguieron sus victorias moderando también sus propuestas políticas en contraste con la primera ola, aunque cada uno de ellos con sus particularidades.

El término “progresista” es muy amplio para definir un proyecto ideológico como tal. Por ejemplo, aunque los gobiernos de México y Perú tienen gobiernos de izquierda, y por lo tanto habría más cabida a proyectos progresistas, es más que sabido que sus principales dirigentes tienen valores sociales más tradicionales, por lo tanto, el progresismo es más limitado en algunos aspectos, en contraste con proyectos políticos como el régimen de Chile, y también con el esbozado por el presidente electo de Colombia, ya que estos proyectos son de visiones sociales más inclusivas que tradicionales.

Pero independientemente de cual sea su graduación ideológica, estos nuevos progresismos de la tercera década del siglo XXI, tienen que tener claro una cosa, no es que los pueblos de estos países hayan desarrollado una plena simpatía hacia las ideas progresistas, ha sido  más bien un descontento social acumulado  contra la “política tradicional” de la mayoría de estos países lo que permitió a esta nueva oleada de progresismos resurgir, y es importante que sean conscientes de ello para no repetir los errores que cometieron la primera vez que gobernaron.

No basta solamente aplicar políticas sociales en los sectores más marginados de la población, debe también mantenerse un esquema económico productivo para mantener las divisas que alimentan a los programas sociales fluyendo. Al mismo tiempo debe de lucharse por generar una autentica institucionalización política que permita optimizar el desarrollo social sin  generar espacios para la corrupción o la malversación de fondos.

También, no menos importante, es tener en consciencia que la sociedad latinoamericana es bastante compleja, es una sociedad con poco desarrollo industrial y que durante mucho tiempo invisibilizó a diversos grupos étnicos y sociales, y que al mismo tiempo es todavía parte de la periferia económica global, con un mercado interno poco desarrollado y por lo tanto una economía orientada a la extracción y exportación de materias primas para el mercado mundial. Tanto la primera ola neoliberal como la segunda ignoraron los factores anteriores, la nueva ola progresista no puede darse ese lujo a no ser que quiera acabar igual que su contraparte ideológica, relegada del plano político.

Ya no es solo en Latinoamérica donde se están produciendo cambios que proponen el fin de la política tradicional, también en muchos países de Europa y hasta de Asia están brotando movimientos políticos adversos al status quo; sin embargo, muchos de ellos son de carácter conservador y hasta reaccionario, en tanto en Latinoamérica han sido de corte más vanguardista en su mayoría. Pero como se indicó, estos movimientos tienen de respaldo el denominador común de buscar cambios positivos en el sistema político respectivo.

Dicha tarea no será fácil en los países latinoamericanos. Además de lo anterior, estos nuevos progresismos no deben olvidar también que un factor que ha llevado al atraso histórico a la región ha sido la importación y aplicación ortodoxa de proyectos político-ideológicos que no han podido ejecutarse por el contexto regional latinoamericano. Por lo tanto, es deber de estos nuevos progresismos desarrollar la creatividad y el ingenio político-ideológico para diseñar propuestas originales y completamente contextualizadas a la situación actual de nuestra región.

En esta época tan turbulenta, con un cuestionamiento enorme del institucionalismo internacional y un intento de reacomodo en el tablero geopolítico tras el debilitamiento de la hegemonía estadounidense, se ha abierto el camino a nuevos movimientos que pretenden cambiar por completo la forma de hacer política en muchos lugares del mundo. Esperemos que en América Latina estos movimientos consigan cambiar la región, pero en beneficio de la mayoría.