DEBATAMOS MICHOACÁN: El corazón en la Ziranda

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En diferentes ocasiones he visitado las huertas de fruta, los viveros de anturios, pero también he degustado en distintos lugares de su gastronomía. (Foto: cortesía Gerardo Herrera Pérez)

En días pasados estuve en Ziracuaretiro, lugar que se encuentra entre Pátzcuaro y Uruapan, y que prácticamente tiene a un lado la pista siglo XXI; dicho lugar privilegiado por su clima, agua, suelos y su gente: generosa, trabajadora y comprometida con su medio ambiente. En este sitio había estado ya en varias ocasiones dando conferencias, talleres, pláticas, acciones conjuntas con los distintos ayuntamientos que me invitaron como activista o bien funcionario. Siempre que estuve ahí fui tratado con cariño, respeto y generosidad; Ziracuaretiro para mí, es espiritualidad y amor.

En diferentes ocasiones he visitado las huertas de fruta, los viveros de anturios, pero también he degustado en distintos lugares de su gastronomía; no obstante, ‘La mesa de doña Blanca’ es un espacio en donde se conjuntan los valores, los principios y las virtudes sociales, lo digo porque es un espacio en unicidad del ser humano y la naturaleza, pero también la realidad de lo posible, es decir, la realidad al degustar comida tradicional.

En dicho espacio, se privilegian los valores como la igualdad y no discriminación y un lenguaje incluyente y accesible, porque existen las condiciones para que las personas con discapacidad puedan tener acceso a un lugar que no es plano, sino tiene diferentes terrazas por lo cual hay que subir y bajar escaleras, pese a ello, pueden visitar el lugar personas con discapacidad y desde luego disfrutarlo.

El lugar con más de tres décadas de procesos cuidados y finos de construcción que se ha logrado generar el sitio más respetuoso y amigable con la naturaleza; el mismo nos obsequia diversas vistas para realizar ejercicios estéticos, para hacer yoga, para las respiraciones profundas, para la meditación, o simplemente disfrutar de la vida en convivencia con el agua, el aire, la tierra y el sol.

Cuando las personas entran a este espacio, a poca distancia de la zona centro de Tziracuaretiro, generan unicidad entre el ser vivo y la naturaleza, hacen simbiosofía (sabiduría de aprender a crecer juntos. Una sabiduría indispensable para la supervivencia en un mundo cuya crisis se funda en nuestra dificultad para asimilar su inmensa complejidad), lo digo porque se puede respirar del aire puro, tomar el sol que es energía, y tomar el agua para hidratar el cuerpo, alimentos de la madre tierra finamente cuidados para la preparación de la gastronomía tradicional y sobre todo de poder conversar en amigable compañía con grandes humanos, y humanas que nos dan una gran lección del amor por la otredad, del respeto en el ejercicio del buen vivir (el buen vivir implica unarelación con la naturaleza tal que se aseguren simultáneamente el bienestar de las personas y la supervivencia de plantas, animales, es decir, el ecosistemas) que hace quinientos años mantenían los pueblos mesoamericanos, y cuya espiritualidad se fundamentaba en el respeto a los elementos de la naturaleza.

Lo que ahí se respira desde que se llega al espacio, es una permanente tranquilidad, el sonido del agua, el viento que recorre la corporalidad de los asistentes, el sonido de los pájaros y solo esta tranquilidad se interrumpe cuando logramos escuchar las sonrisas que expresan los paseantes por vivir y sentir con satisfacción dicho sitio.

Tuve la oportunidad de convivir con doña Blanca Vidales; una persona alta, de andar seguro, sonrisa espontánea, de una gran capacidad de diálogo, elocuente, quien nos compartió diversos relatos sobre sus vivencias de su adolescencia en la región que integra Uruapan, Taretan, Tziracuaretiro y desde luego Morelia, en su reflexionar logra entrelazar sus narrativas sin dejar de lado la atención; ella, está permanentemente atendiendo todo el menor detalle, como bien lo hace una anfitriona,  para hacer sentir como de la casa a sus visitantes.

La conversación a donde estuvieron Pedro Armando Cantú y Luis Montejano, mis amigos y acompañantes, nos llamó la atención sus comentarios de varias anécdotas, pero lo más hermoso, fue su amor de pareja, el cómo se conocieron con su esposo, como vivieron y como construyeron el vergel en el que se ubica el lugar de la Mesa de doña Blanca; ese mismo lugar donde grabaron en un corazón la inicial de ella y de su esposo en un pequeño árbol de la Ziranda, que ahora se yergue majestuoso, esplendido y a quien han respetado dándole la prioridad para  que éste pueda extender sus generosas raíces exteriores y que siga creciendo y dando cobijo a los pájaros, sombra a las personas, generador de oxígeno, de agua y de belleza estética.

Escuchar las narrativas de Taretan, sobre las dinámicas agrícolas y pecuarias de aquellos lugares y como se generaba la economía y el mercado local; pensar en los aprendizajes y saberes de su mamá y de la esposa del caporal para enseñarla a cocinar todo lo relacionado con la leche, el queso, los chongos, la crema, la mantequilla, el jocoque, y la elaboración de deliciosos pasteles preparados con recetas tradicionales cuyos saberes han pasado de generación en generación.

Su paso por la preparatoria en Uruapan, y su gran compromiso de avanzar en el respeto al medio ambiente; y hoy ya una mujer madura, sabia, pisando escenarios internacionales para compartir sus saberes en la Casa México de Madrid, España, en donde diserto sobre la comida prehispánica, con otras grandes de la cocina; ella, ha seguido los pasos de grandes maestras de la cocina, como Diana Kennedy que recientemente falleciera y que fuera un icono en la gastronomía mexicana para el mundo, ella era de origen británico, o bien como Cristina Potter, cuyos contenidos gastronómicos de México se encuentran en la internet, y a quien le envío un saludo con afecto y respeto.

Mucho por conversar, mucho por admirar. Siempre será para mí un placer compartir este tipo de charlas informales, que construyen la vida de antaño, que le da sentido a nuestra vida actual.