María Luisa Martínez de García Rojas

Ella nació en el hermoso y pintoresco pueblo de Erongarícuaro, ribereño del lago de Pátzcuaro, en Michoacán, el día 21 de junio de 1780. (Foto: especial)

Ella fue una mujer que entendió cómo la vida es y resulta una incesante búsqueda.  Y en esa, su búsqueda, se encontró a sí misma.  Pero como suele suceder, para caminar por el sendero adonde nos lleva el corazón, el camino no resultó para nada sencillo de transitar.  Por el contrario, se le presentó con tantas dificultades, que al lograr superar y trascender, fortalecieron su espíritu de tremenda tolerancia ante la decepción.

       Sabemos de su existencia, quizás, en primer lugar, por otras mujeres que, como ella, sintieron la necesidad de entenderse como ese otro sexo, que en la historia conocida hasta entonces, había sido considerado el “débil”, el dependiente en todo momento del sexo masculino; al notar (y sufrir) las diferencias y similitudes con madres, hermanas o hijas, y formar parte de un sistema social construido, culturalmente, para privilegiar la presencia masculina que en algún momento histórico tomó nuestra vida en sus manos.

       Las mujeres hoy no somos ajenas al hecho de que la presencia y participación femeninas en los eventos nacionales, implica la conciencia de más desconocimientos que conocimientos.  Pareciera que intencionalmente (o no) la figura femenina estuviera distorsionada y sus realidades cotidianas, sus concepciones de vida y sus luchas, estuvieran ajustadas al patrón inspirador de la historiografía oficial, que exalta sólo a quienes enmarcan a un personaje masculino (como esposas, madres o amantes) y excluyen a las sustentadoras de una acción común y de un proyecto naturalmente cotidiano y posible.

       Dicen algunas historiadoras contemporáneas, que el modelo histórico que se nos ha ofrecido -y no sólo en nuestro país- acerca de “lo femenino”, es como un espejismo, un “deber ser” que nos enajena y aleja de nuestras realidades y también de nuestras opciones.  Emoción, instinto, intuición, se nos endilgan sin permitirnos aceptar que una mujer también puede practicar la reflexión, el análisis, la crítica constructiva y la toma de decisiones.  Seguramente por ello, por no considerar natural el que una mujer decida y se exprese con autonomía, sociedades convencionales o conservadoras, temen, atacan y desprecian a quienes salen del modelo aceptado.

        “El ideal, es que hombres y mujeres dejen de ser posibles personas completas, para moverse sólo en las capacidades asignadas a su género y ello ha representado una mutilación para todas y todos”, dice Julia Tuñón Pablos, investigadora social, agregando enfática: “La mujer no es sólo biología, como el hombre no es sólo razón”.

        Pero vuelvo a la mujer que hoy recuerdo: a pesar de no ser tan letrada (vivió en el XVIII y en un pueblo de la provincia michoacana), Ella, de nombre María Luisa, intuía que la vocecita que escuchaba en su interior tenía razón y no le permitía permanecer ecuánime ante lo que sus ojos observaban: las mujeres como ella, desde el nacimiento, ya estaban asignadas al ámbito del hogar, con la variante del convento o la casa pública “de mancebía”.  Pero su futuro también dependía en mucho de la pertenencia a alguna jerarquía social, que en esos tiempos era tan marcada, ocupando el primer lugar en este orden:  el español, siguiendo con mestizos, castas y esclavos, ocupando el aborigen el último escalón.  El blanco español tenía todos los privilegios, a pesar de haber llegado a ocupar estas tierras privilegiadas, que eran casa y sustento de los llamados indios.  –“¿Era ésta la voluntad divina?”, se preguntaba.

       Cierto día, a la vida de esta joven mujer, inquieta e intuitiva, llegó el joven Ernesto García Rojas, de similares inquietudes, heredero de tierras de cultivo, un modesto “tendajón” y un gran amor por la música y el canto.  Le apodaban “El Jaranero” y además de complementar sueños e ideales, con quien fue madre de sus cuatro hijos/as, seguramente también alentó a su mujer a seguir los dictados de su corazón, ofreciendo así a María Luisa, la mayoría de edad que entonces sólo podían adquirir las viudas, porque en esos tiempos, sólo la viudez permitía el ejercicio cabal de la personalidad jurídica femenina.

       Cuando en varios rincones de la Nueva España surgió el grito libertador contra las decisiones autoritarias del rey de España, a pesar de los escasos medios de comunicación existentes, mujeres como María Luisa Martínez sintieron vibrar con mayor fuerza la voz interior que les acicateaba. Entendiendo que era el momento de incorporar su decisión y energía a las de otros individuos que veían en la opresión el mayor impedimento para la realización plena del ser humano.  Y se entregaron de lleno a la lucha independentista.

       Doña María Luisa Martínez de García Rojas, hoy conocida como “La Patriota”, fue una mujer que vivió apasionadamente su tiempo.  Tres veces estuvo encarcelada.  Dos veces, logró el indulto, que llevó a su marido a perder tierras y capital.  En la tercera ocasión, fue juzgada con dureza por las leyes del imperio y condenada a ser pasada por las armas.  Fiel a sus principios, alentada y respaldada siempre por “su” fiel Ernesto, siguió con esa misma fidelidad los dictados de su corazón, entregando su propia vida a la causa libertaria, acción que muchas mujeres de este tiempo de tránsito entre dos siglos, asumimos como cotidiana, porque aún no hemos logrado erradicar de nuestro entorno el autoritarismo, la discriminación y la violencia de género.

       Esta entrañable y recordada mujer (que da nombre a nuestro Centro de Promoción para la Equidad de Género) fue pasada por las armas en su natal Erongarícuaro y se encuentra presente en nuestra historia lacustre y provinciana.  Hoy recordamos que nació hace 242 años, un 21 de junio del año 178.  Honor, gloria y gratitud para nuestra Patriota.