Substancia vital para la existencia

Tras casi dos meses de convalecencia de una cirugía, y un COVID que me tomó por sorpresa; pues dicen que ya no hay, pero sí hay, por fin en recuperación, vuelvo a escribir: han pasado muchas cosas, hay tanto sobre que hay que reflexionarse.

Hay tanto que decir, que muchos analistas han escrito y/o hablado de ello. Decidí escribir sobre la maravilla de estar vivo, de confirmar por milésima vez que tanto la naturaleza, como la historia son las grandes maestras de la vida.

 Por fin, tras una fuerte sequía llegó la lluvia. Siempre desde hace milenios esta fecha es muy esperada, festejada y sobre todo agradecida.

Me refiero al solsticio de verano, fecha que se pudo determinar, gracias a los ojos que miraron al cielo, que observaron, que llevaban registros de lo que sucedía en el cielo.  Estudiaron el comportamiento delsSol, de la luna, cuantos días duraba tal o cual comportamiento.

Imagínense en ese tiempo, en total oscuridad. Seguramente era impactante una noche sin luna, o ver que oscurecía antes de lo acostumbrado, observar y padecer el que no lloviera, y tras la espera, llegaba el anhelado liquido substancia vital para la existencia de la vida.

El solsticio de verano era el momento más trascendental del calendario para muchas de las culturas antiguas.

Con el descubrimiento de la agricultura, la presencia del sol y la lluvia era cuestión sumamente importante.  La naturaleza era respetada y venerada, primordialmente el sol y el agua. No hacía falta mucha observación para entender que sin ellos no hay vida posible.

Iniciaron las ceremonias al sol, se prendían hogueras pidiendo al fuego le diese fuerza al sol, para que no faltase. Aún sin conocer los motivos reales, aquellos primeros agricultores sabían que a partir de aquel momento las noches se harían más largas y los días más cortos.

La estructuración de los cultivos por temporadas trajo consigo la necesidad de saber cuándo se debía sembrar y cuándo cosechar, lo que impulsó a aquellas civilizaciones a establecer fechas límite. Así, en la transición de la prehistoria a la historia —nacimiento de la escritura— también se comenzó a medir el tiempo. Puesto que el solsticio de verano marcaba el momento en el que todos los cultivos de invierno debían haber sido cosechados y los de verano debían estar sembrados, la ceremonia de celebración de este instante mágico adquirió también la dualidad de agradecimiento al sol por las buenas cosechas y petición de fortaleza y productividad para las siguientes siembras. A partir de ahí, con la intención de ayudar al sol, que en esta época entra en fase descendiente, surge la idea de encender hogueras durante el solsticio de verano, posiblemente resultado del culto a Zoroastro de los sumerios, civilización de la que se cree que provienen la mayor parte de los ritos asociados a este solsticio.  Bajo la creencia de que su calor y su luz le darían energía al astro rey para que no fuese derrotado por la noche, de lo que se deriva la fiesta que tiene lugar seis meses más tarde, con el solsticio de invierno, en la que el sol es proclamado vencedor.

Los Celtas festejaban el solsticio de verano, alrededor del 20 de junio, fiesta en la que se pedía a los dioses y a los espíritus de la naturaleza, la fertilidad de las tierras y de las parejas.

En las culturas clásicas, romana y griega, los festejos del solsticio de verano tenían gran importancia. Los antiguos griegos celebraban el inicio de un nuevo año y las Bufonias, en las que se veneraba a Zeus con sacrificios. Mientras a Prometeo, el dador del fuego a los humanos en contra de la voluntad de los dioses, con hogueras cargadas de leña verde y grasa, para generar tanto humo que llegase hasta el Olimpo y los dioses no se olvidasen de la existencia de los hombres.  Era el mes de los sacrificios y la adoración a Deméter, diosa de la agricultura que, a pesar de ser a menudo olvidada por la historia mitológica, fue de las más veneradas.

 En la antigua Roma, desde tiempos de la monarquía y hasta el establecimiento del cristianismo, en el día del solsticio se celebraba la boda entre los reyes del panteón romano, Júpiter y Juno, del cual toma su nombre el mes de junio.,

 Durante esa noche no se dormía, pues la alegría de unas siembras finalizadas y de unas prometedoras siegas llenaba la ciudad de gente con ganas de festejar. Se encendían fuegos para dar fuerza a Júpiter, dios identificado con el Sol, para que su decaimiento hasta el solsticio de invierno no fuese total, de manera que propiciase unas buenas cosechas.

 El 24 de junio, desde hace cientos de años es conocido como día de San Juan, era en la antigüedad el día del dios Jano, señor de los solsticios y amo de las puertas, ya que en la creencia grecolatina el solsticio de verano era la puerta por la cual los hombres pasaban al mundo de los dioses, mientras que en el solsticio de invierno el proceso se invertía.

Recordaran la obra magistral de Shakespeare, “Sueño de una noche de verano”, donde de manera maravillosa, nos habla sobre la magia de esa noche.

Desde niña lo leía una y otra vez, me intrigaba como la naturaleza era tan maravillosa, como a pesar de la distancia y el tiempo, el conocimiento humano era el mismo.

 En el México prehispánico el Señor de la lluvia y el trueno (fuego), era Tláloc.

La mayor parte de los rituales aún se realizan en diferentes partes del orbe. Sobre todo, permanece la tradición de prender hogueras, reunirse con familia y amigos, y pedir al fuego bendiciones, y al agua que haya abundante lluvia, para así ambos den entrada a la abundancia de buenas cosechas.

 La noche de San Juan es una mezcla de ritos ancestrales procedentes de diferentes culturas, las cuales, festejaban este día por su gran valor astronómico, por la ayuda fundamental del agua. Para que germinaran las semillas. Se concebía noche unida a la tierra, al cielo y al tiempo que marca un cambio de estación de vital relevancia a lo largo de toda la historia de la agricultura, hasta nuestros días.

El sincretismo ha sido un factor determinante para la continuación de la festividad, tanto del solsticio, como de la noche de San Juan.

Hay un bello escrito sobre la noche de Santa Juanita y San Juan de Carlos Dávila de La Joya, Ixhuatlán de Madero Veracruz (2024), que nos muestra la riqueza del sincretismo:

“Primero llegó la sequía, y con ella la sed y él hambre. Y después los pozos se secaron y los lechos de decenas de arroyos cayeron en una muerte temporal que pareció eterna. En las redes, las personas subían fotos de ríos cada vez más extenuados, de naranjales secos y de huertas paralizadas por el calor. “Estrés hídrico” fue el término que se usó para describir el nerviosismo de humanos, animales y vegetación ante la falta de agua que cayera del cielo o que manara de las entrañas de la tierra. Y fue entonces que se multiplicaron loa costumbres, las velaciones y procesiones. En los cuatro rumbos de la Huasteca, en Xochicallis y cerros sagrados, las personas buscaron flores y velas, llegaron con música de trío y gallinas, prepararon trabajos para el banquete de las deidades. Los que ven, los que saben, recortaron papel; los que danzaban, no dejaron de hacerlo. Y se desvelaron y su cansancio trajo esperanza: los nahuas de unas montañas mandaban preguntar a los otomíes de las otras, cuándo y a qué hora llegaría de vuelta la frescura del agua. Los otomíes llevaron vestidos de novia y quinceañera a la Sirena (Xumphö dehē) y le tocaron sones acuáticos (“La a acamaya”, “el aguacero”, “la víbora de la mar”), mientras mandaban mensaje a tepehuas y totonacos y huastecos para “hacer la lucha juntos, porque este problema es de todos los que hablamos lenguas”, me dijo un compa en la sierra.

Y con luz, trajeron agua. Pero no basta: la semilla está llorando, la sirena está gimiendo y la tierra delira a veces por las noches. “Ya No es como antes, no estamos caminando bien”, dice una doña de allá de Piedra Grande. “…Y, por ahora, cumplieron: vistieron a la sirena y le pintaron uñas, le pusieron sombra y labial, le colgaron su bolsa y sus collares.” Así se viste/ así se adorna pues ella es buena, es grande, es poderosa, dijo una madrina en La Joya. ¿Quién podría dudar que estos atributos son los del agua que estos días nos devolvieron frescura y esperanza? ¿Por cuánto tiempo más? Nadie lo sabe: las personas a las que vi estaban muy ocupadas, insisto, en intercambiar luz por agua y semilla.

Por ahora lo demás, es lo de menos…”.

Para finalizar, continuando hablando sobre la riqueza y bondades del sincretismo, les comparto esto: 

Cuando hablamos de San Juan Parrandero, Santo Señor del agua, nos referimos a San Juan el Bautista.

En la cosmovisión que derivó de la colonización, el dios de la lluvia Tláloc, fue representado por San Juan el Bautista. De la misma forma que en el catolicismo, en esta tradición no se ve a San Juan como Dios sino como un intercesor.  Esta celebración tiene más de 100 años.

En un principio a esta fiesta se le llamaba “La parranda de San Juan” y al santo no se le llamaba “Parrandero”

Fue por un presbítero diocesano de la iglesia de Jiutepec Morelos, llamado René, que no quería celebrarle la misa debido a que pensaba que los rasgos indígenas del santo no correspondían a los de San Juan el Bautista del santoral católico, decidió referirse al de rasgos indígenas como “San Juan Parrandero” y a partir de ese día se le quedó ese mote.

En la mayordomía participan mujeres y hombres que se encargan de darle vida a la tradición, se les llama “sanjuaneros”

A pesar del adjetivo “Parrandero” durante la fiesta no se busca la embriaguez sino la celebración a manera de “huateque” en el que se pide la intercesión del santo para que haya lluvia, para tener buenas cosechas.

La práctica de ofrendar humo es prehispánica, concibiendo al aire como un ente vivo y no solo como un elemento de la naturaleza.

Así los concebían en todas las culturas ancestrales, como seres vivos a los que había que respetar y agradecer su ayuda y existencia.