URBANÓPOLIS: Salud urbana

Ilustración | André Aguilar

En la actualidad 8 de cada 10 mexicanos vivimos en una ciudad, y la tendencia es que siga aumentado la población urbana. Hasta hace poco tiempo la migración del campo a la ciudad era motivada por la idea generalizada de que la ciudad ofrecía, en comparación con las localidades rurales, mejores servicios de salud, mayores tasas de alfabetización, mejores expectativas de vida y más oportunidades variadas de empleo y desarrollo. La realidad nos indica que la pobreza urbana es aún más grave y precaria que la pobreza rural y que, aún en la misma ciudad, las desigualdades sociales que se presentan determinan los riesgos ante delitos violentos, acceso inadecuado a servicios básicos, falta de cohesión social y sobre todo peligros ambientales y condiciones que afectan la seguridad humana y la salud mental de quienes habitamos una ciudad.

Si hablar de ciudad es complejo, más lo resulta referirse al concepto de SALUD URBANA, debido a que se trata de un tema multidimensional que se relaciona no sólo con el aire, el medio ambiente, el cambio climático y todos aquellos elementos que consideramos del ambiente, sino que se encuentra estrechamente vinculado con la vivienda, el saneamiento, la disponibilidad de agua potable, la recolección y destino de los residuos sólidos urbanos, y muchas otras cuestiones.

Por la relevancia del tema, pero dada su complejidad, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), junto con la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Comisión de Política de Drogas (CEPE), así como el Centro de Ciudades de Ginebra, han unido esfuerzos para promover el enfoque holístico de la salud urbana, y donde la fundamental es comprender que los principales determinantes de la salud en las áreas urbanas no pueden ser abordados única y exclusivamente por las instituciones del sector de la salud. Se debe tener plena conciencia de que existe determinantes de carácter social, político y urbanos.

Un ejemplo de lo anterior es la que respecta a la disponibilidad de alimentos y salud. Se han estudiado los cambios en el número y tipo de tiendas de alimentos en ciudades mexicanas y sus cambios asociados con la salud. Los resultados de estudios recientes muestran cómo la disponibilidad de tiendas de alimentos ha cambiado, y cómo su distribución contribuye en las desigualdades en salud. Otro caso es lo referente a la seguridad vial urbana. Los estudios realizados evidencian que la tasa de mortalidad por accidentes de tránsito se ve reducida con acciones como puntos de control de alcoholímetro, el control de límites de velocidad y la mejora de intersecciones para seguridad peatona.

La relación entre salud y las condiciones urbanas va mucho más allá de los ejemplos anteriores, por ejemplo, las enfermedades e infecciones respiratorias se asocian a la contaminación del aire doméstico o ambiental, las condiciones de las viviendas y la disponibilidad de agua para el lavado de manos. La incidencia del dengue con la gestión de las masas de agua cercanas a las viviendas, eliminación de aguas estancadas, gestión adecuada de los residuos. La tuberculosis con la exposición de grupos profesionales a partículas en suspensión; en su caso, exposición al humo contaminante de los combustibles domésticos y la deficiente ventilación de las casas para reducir la transmisión.

Si bien el cáncer se asocia a la contaminación del aire doméstico o ambiental, humo de tabaco ambiental, radiación ultravioleta y sustancias químicas, la actividad física en un entorno propicio se considera que puede reducir el riesgo de algunos cánceres. Asma y reacciones alérgicas se asocian a la contaminación del aire, humo de tabaco ambiental, exposición al moho y a la humedad en espacios cerrados. Las enfermedades musculoesqueléticas debido a la necesidad de permanecer mucho tiempo sentado en el trabajo o en los desplazamientos.

Se puede afirmar que los habitantes urbanos tendemos a la hipertensión debido a los desplazamientos agotadores al lugar de trabajo o estudio, ruido urbano, entornos sedentarios, espacios públicos y a la permanente percepción de inseguridad en los entornos exteriores.

Al respecto de este último aspecto, se demanda un replanteamiento del espacio urbano para incidir positivamente en la salud, y esto necesariamente pasa por el diseño de entornos saludables, donde el tema de SALUD URBANA sea una consideración ineludible en la fase de diseño. Así como en lo referente a la movilidad urbana, más allá de la seguridad vial, el entorno en el que permanecen los pasajeros, ruidos, olores, hacinamiento, etc.

Volver saludables a nuestras ciudades implica al menos una actuación en cuatro vertientes principales: 1) Modificar las normas urbanísticas a fin de orientarla a evitar riesgos de salud; 2) Diseñar una normatividad que garantice la construcción de entornos que propicien un estilo de vida saludable, que se pueda caminar, disfrutar de áreas verdes, un aire limpio entre otros aspectos, sin importar el nivel económico de los habitantes. 3) Innovar en procesos de ordenamiento urbano y territorial que garanticen la conservación del entorno natural de la ciudad y sus beneficios de una perspectiva de salud pública.

Los bajos niveles de ingreso no deben representar un aumento en los riesgos de salud, debido a limitaciones que imponen a su capacidad económica al acceso a bienes y servicios básicos, como: agua potable, saneamiento, recolección de residuos sólidos, transporte seguro, áreas verdes, etc.

Lograr transformar nuestras ciudades para que constituyan lugares que protejan y promuevan la salud de sus habitantes es tarea de todos, no sólo del sector salud, sino de todos aquellos que de forma directa e indirecta participan en la conformación de la ciudad, y de aquí la relevancia de la actuación en materia urbana.

Si la planificación no está al servicio de la salud de las personas y del planeta, ¿para qué sirve entonces?: Organización Mundial de la Salud.