Astros, estrellas y planetas

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       “Nadie puede impedirnos, en tiempos de confinamiento semi-obligado, pero responsable, realizar viajes inverosímiles: hacia lo más profundo de nuestro ser, así como hacia los enigmáticos espacios siderales”… ha expresado una apreciada amiga.

       Y he recordado cuando mi padre hablaba (a mis hermanos y a mi) de los cuerpos celestes que a simple vista contemplábamos, e identificábamos como parte de constelaciones que se encuentran a años luz de nuestro planeta.  Seguramente ninguno de nosotros llegaba a comprender aún cuán importante resultaría en nuestras vidas ese empírico aprendizaje que a manera de juego se nos brindaba y que hoy se reconoce como indispensable para la cabal comprensión del transcurrir de la humanidad por este universo.

       Los nombres que escuchaba entonces, me remitían, por un lado, a seres fantásticos surgidos de fábulas y mitologías de pueblos antiquísimos, o a un supuesto lenguaje proveniente (imaginaba) de otros mundos… porque pertenezco a esa generación que se nutrió de los relatos de personajes como Orson Wells, H.P. Lovecraft, o Ray Bradbury.  Casiopea, Orión, Hidra, Centauro, Sagitario, Andrómeda, Sirio, Rigel, Betelgeuse, Castor, Pólux, las Pléyades, o bien: Almak, Mirfak, Jamal, Menkar, Algenib y Alderamin, son algunos de esos nombres que designan a estrellas de distintas magnitudes y que en la oscuridad del firmamento parecen hacer guiños con su constante cintileo… “Porque los planetas -decía papá-, no cuentan con luz propia, sino la que reflejan del Sol, que los hace parecer brillantes.”

       Ya en los estudios formales, se nos habló de cuando la ciencia comenzó la observación del firmamento nocturno, estando el campo visual limitado a unos tres mil puntos luminosos visibles.  Y no debe sorprendernos que los primeros astrónomos egipcios se equivocaran en sus suposiciones la mayoría de las veces, como en el concepto que tenían del firmamento, pensado como un dosel en forma de tienda, extendido de horizonte a horizonte y anclado por las montañas de una Tierra plana e inmóvil; o las creencias de que las radiantes constelaciones que se movían a lo largo del firmamento de los faraones se encontraban muy cerca, vigilando a los mortales, como los padres vigilan a sus hijos durante sus juegos.

       Desde entonces, nuestro horizonte se ha expandido considerablemente, pero los científicos aún revisan las pasadas teorías relacionadas con el universo.  Hace apenas 100 años, la mayoría de los astrónomos pensaban que el universo contenía una sola galaxia: nuestra propia Vía Láctea.  Fue en 1920, cuando Edwin Hubble, luego de frías y solitarias noches frente al telescopio reflector de 254 centímetros en el Monte Wilson, en California, que descubrió que el universo no es solamente inimaginablemente mayor que nuestra galaxia, sino que lo que ahora sabemos, son tantas como 100 mil millones de galaxias y se mueven apresuradamente, alejándose unas de otras hacia el vacío.  Los modernos telescopios poseen espejos cuatro veces el diámetro del viejo equipo del Monte Wilson y pueden enlazarse para atisbar más lejos aún en el tiempo y el espacio, que lo que el propio Hubble pudiera haber considerado posible.

       Los astrónomos contemporáneos, recopilando pequeñas porciones casi imperceptibles de fotones con sus nuevos instrumentos, han logrado componer trabajosamente una visión asombrosa del universo, en el que se encuentran no sólo las estrellas que podemos observar, sino estrellas que explotan, galaxias que giran en espiral y los enigmáticos agujeros negros.  Algunos de los más distantes de estos fenómenos son tan tenues, que ha sido necesario crear una nueva unidad de medida para cuantificar la energía que emiten: el “Jansky”, denominado así en honor a un ingeniero norteamericano que fue el primero en detectar ondas de radio en el espacio.  La cantidad de energía que representa un Jansky es tan pequeña, que todas las ondas de radio detectadas hasta ahora por los astrónomos, juntas, no suministrarían energía suficiente para calentar una taza de café.

       La ciencia se mueve con pasos acelerados y algunos astrónomos están explorando, en estos momentos, tan atrás en el tiempo, que un solo Jansky se considera brillante.  En esta esfera, los telescopios son inútiles; se necesitan instrumentos mejores.  Y por sorprendente que parezca, el instrumento novedoso de la etapa actual de la astronomía, es el cerebro humano, cuando se utiliza en la creación de software.  Nos encontramos en una era en la cual la modelación matemática del universo, en una computadora, puede decirnos más acerca de los primeros días, que lo que diría cualquier telescopio.

       Lo que estamos aprendiendo hoy del software es más excitante que cómo lo estamos aprendiendo.  Con asombrosos programas de computadoras, jóvenes astrónomos han “resucitado” una época lejana dominada por bolas gigantes de hidrógeno en llamas, cientos de veces mayores que el Sol y millones de veces más radiantes.  Estas fueron las primeras estrellas, diferentes a cualquiera de las que existen hoy en el universo.  Ellas crearon todo lo necesario para las futuras estrellas, así como los elementos esenciales para la vida como la conocemos hoy en la Tierra.

       Dicen esos modernos científicos que estas estrellas abuelas vivieron rápidamente y murieron jóvenes: después de sólo tres millones de años, las estrellas abuelas habrían explotado como “supernovas” y esto puso en marcha la evolución del universo como lo conocemos.  Sin la completa destrucción de las primeras luces del universo, nunca hubiera surgido la vida en un pequeño y acuoso mundo conocido como Planeta Tierra, miles de millones de años después.

       El año 2009 fue designado como el Año Internacional de la Astronomía, conmemorando el 400 aniversario de la primera observación al espacio por medio del telescopio manipulado por Galileo Galilei (1609) y la última noche de enero se celebró, por primera ocasión, “La noche de las estrellas”, momento en que se nos invitó a “levantar la cara al cielo y entender que somos parte del Cosmos”.

       Hoy se nos presenta una magnífica oportunidad, estando en solitario, o en familia y desde cualquier espacio abierto del lugar donde nos encontremos: levantar la vista hacia el cielo nocturno  y encontrarnos con las constelaciones de Orión, Tauro y las Osas Mayor y Menor… o esperar, desde el vespertino cielo primaveral, la aparición del esplendoroso planeta Venus.