ALGO DE MÚSICA: ¡No estaba muerto…, andaba de parranda y cuarentena!

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Así fue, y ahora regreso a la palestra del periodismo cultural, no como hijo pródigo; es porque Cambio de Michoacán y yo nos extrañábamos mutuamente después de compartir casi veinte años, sin falta alguna y mil sesenta y una entregas. El cambio de plataforma, de impresa a digital, nos destanteó a los dos, pero los dos somos personajes de nuestro tiempo y sabremos hacerlo, sabiendo que contamos con un público también moderno que sabrá apreciar y disfrutar esta empresa cultural, que más que nada es lúdica.

Y ¿cómo empezar esta nueva aventura? ¿De qué escribir hoy, cuando hace meses que no asisto a evento musical alguno? No es culpa mía, ¡la amenaza del COVID-19 nos ha privado de tantas cosas! Quedaría decir de algo de teoría musical o regresar a mis recuerdos favoritos de experiencias musicales recogidos durante más de setenta años, que algunos más que esos tengo de vida. Pero la verdad es que no se me da por el momento. Me siento tan comprometido ante la inminencia de la novedad que, por ahora 27 de abril, estoy bloqueado. Pero ya saldré de tal condición, lo aseguro.

Y ya salí, retrayendo una vieja nota mía que contesta una inquietud que repetidamente me asalta desde que me inicié en esto del periodismo cultural en la música en 1989: ¿Se puede hablar (y en mi caso escribir) de música?

Dice Daniel Freckmann: “La música es una experiencia de carácter no verbal, absolutamente inaccesible por medios puramente literarios o eruditos”. Por lo tanto: No se puede decir de música.

         La música es un lenguaje del hombre más antiguo que el verbal. Comunica sentimientos e ideas complejas usando como medio los sonidos desde muchos miles de años antes de que se nos diera la palabra. El hombre inventó la música como un ritmo; por mejor decir, la descubrió en sus ritmos internos y la externalizó percutiendo palma de la mano con palma de la mano, piedra con piedra, hueso con hueso o lo que fuera con lo que fuera y emitiendo, con su aparato fonador, sonidos con una secuencia, pero sin contenido verbal. De ahí a la danza no hubo gran distancia y con estos elementos primigenios (ritmo, percusión y danza) surgió la música como sistema de comunicación primitivo pero infinito, aún no superado y de belleza primaria todavía no explicada.

         Muchos miles de años habrían de pasar antes de que la música adquiriera su segundo gran elemento estructural: la melodía, que implica la adecuación del ritmo de las palabras al ritmo musical. Esto significa que la melodía en la música surgió después del lenguaje verbal. Tampoco hubo una gran distancia entre esto y la canción, que es la estructura musical melódica por excelencia. En este caso, el texto verbal es el mensajero principal de las ideas, pero en las que podríamos llamar canciones sin palabras, que son aquellas piezas con ritmo y melodía, pero sin verbo, el mensajero es el lenguaje musical.

         Estos dos elementos de la música son viscerales, que no intelectuales; son emocionales. Del otro elemento primario de la música, la armonía, sí tenemos documentación histórica de su arribo a la música occidental; démosle más o menos mil años de antigüedad. Es un elemento eminentemente intelectual y podríamos describirlo como aquello que acompaña, viste, enriquece y complica a la melodía.

         La música, como el lenguaje verbal, consiste en unidades sonoras que, en diferentes arreglos y combinaciones, se constituyen en elementos simbólicos con significado, pero que, además, emana una mágica belleza. Cuando, como oyentes de la música, somos capaces de ser hechizados por esa belleza y de percibir los mensajes que conlleva, entonces se ha dado el fenómeno musical, la experiencia estética, el éxtasis a través de la música.

         Para nosotros, los legos de la música, la dificultad en alcanzar este éxtasis es que buscamos traducir el lenguaje musical al verbal, pero no hay diccionarios que hagan esa traducción. Cuando a Beethoven le preguntaron que quería decir con su sonata Appassionata, simplemente se sentó al piano y tocó los primeros compases de ella; eso quería decir. Y cuando a Silvestre Revueltas le preguntaron qué significaba su música, respondió: Si yo pudiera expresar mis ideas con palabras, no pasaría noches enteras escribiendo esos cientos de notas.

         Por esto no se puede hablar ni escribir de la música. Cuando con torpeza inconsciente lo intentamos, en realidad solemos hablar de historia de la música, de filosofía, de sociología, de lógica, de estética, de semántica y hasta de psicología, pero no podemos hablar de la música misma, porque no existe un código traductor de ideas musicales a ideas verbales. Son de índole diferente.

         La música debe ser oída. De nada valen las doctas escrituras de alguno que se diga experto en música si ellas no inducen a escucharla. La música es un arte y su forma de conocimiento es la sensibilidad, no la razón ni el método científico. La música debe ser gustada más que entendida y para eso es mejor exponerse a ella que leer a los eruditos.

Cuando escribo de música, lo único que trato es de contagiarlos de mi gusto y entusiasmo por ella, nunca de traducirles las ideas musicales; intentarlo sería vanidad.

Hasta la próxima.