Ocho de diciembre de 1980: Lennon

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Casi llegaba a su fin el año 1980, cuando acompañaba con asombro el crecimiento y desarrollo de mi hijo, que cada día me llenaba de sorpresas y redescubrimientos adormecidos.  Terminaba una década que había resultado muy activa en cuanto a avances organizativos de comunidades campesinas e indígenas que en el Estado y en el país se encontraban dispuestas a defender tierras y recursos naturales de los que eran despojadas con la impunidad característica de un gobierno clasista y autoritario.  Año en que líderes de muchas comunidades sufrían persecución, amenazas, cárcel y muerte, además de la infiltración, dentro de sus propias filas, de agentes provocadores que confundían y rompían (como resulta hoy día en cualquier movimiento organizativo), los débiles lazos de unidad que con esfuerzo se iban tejiendo.

       Amigos/as y compañeros/as de mi generación, escuchábamos, por igual, a los Hermanos Rincón o a María Elena Walsh, que a Vivaldi, Stockhausen, Musorgsky o Bach; al nuevo canto cubano y a intérpretes mexicanos y sudamericanos con sus canciones de “propuesta”; el rock progresivo europeo y las nostálgicas baladas de Joan Báez, Bob Dylan y Luis Eduardo Aute, que Radio Nicolaíta ofrecía en su incluyente programación cotidiana. Estábamos avecindados en Morelia.

       Personalmente, siempre tuve espacio para The Beatles, que entonces ya se encontraban separados y cuyas composiciones como cuarteto conocí en la década de los sesenta, cuando se dieron a conocer como una banda juvenil surgida en la marginalidad de Liverpool, Inglaterra.  En la década de los setenta, cada uno por su cuenta incursionó como solista, pero John (de entre George, Paul y Ringo) siguió destacándose, tanto por sus composiciones e interpretaciones musicales, como por su marcada inclinación a las ideas revolucionarias y apoyo a causas “extremistas”, como afirmaba la Oficina Federal de Investigaciones (FBI), cuando las administraciones de Hoover y Nixon hacían todo lo posible para revocar la visa de inmigrante a Lennon y poder así deportarlo de los Estados Unidos, donde vivía al lado de Yoko Ono.

       “John Winston Lennon Stanley, conocido como John Lennon, a pesar de su cabello largo incomprensible y su hábito de quedarse en la cama por días, era un pacifista opuesto a la guerra de Vietnam, que habló contra la intervención militar británica en Irlanda del Norte; conoció y se entrevistó con los principales representantes del movimiento antibélico en ambos lados del Atlántico y en ocasiones abría espléndido su chequera para sustentar con donativos sus palabras”, comentaban los principales medios informativos de la época.

       Y “Power to the people” (Poder para la Gente o el Pueblo), era una de las canciones que a las agencias de investigación estadounidenses más parecía interesarles, siendo parte del primer disco solista de Lennon, titulado Plastic Ono Band, que tocaron emisoras radiales de todo el mundo.

       Aquel 8 de diciembre de 1980, nos encontrábamos mi pequeño hijo y yo en Pátzcuaro (en casa de la abuelita paterna) disponiéndonos para participar en la fiesta patronal del lugar, cuando por la radio me enteré de la fatídica noticia: Lennon había muerto asesinado.  Seguramente, al tener presentes tantas injusticias contra gente muy cercana, me invadió una tremenda sensación de pérdida y nostalgia: por tantas cosas que fueron y ya no volverían; por todos los momentos en mi vida que acompañaron interpretaciones como “Un día en la Vida” (A day in a Life) o “Nobody told me” (Nadie me lo dijo), y que cobraban mayor significado a través del tiempo transcurrido: “Nadie me dijo que habría días como éstos.  Nadie me dijo que habría días tan extraños…”.

       Ese día de finales de otoño recordé que fue mamá quien compró para mí aquellos primeros acetatos de The Beatles, donde alternaban con Tony Sheridan y viniendo el obsequio de ella, llamó poderosamente mi atención el porqué.  A mamá Gloria le gustaban las “grandes bandas” de su época: Benny Goodman, Glen Miller… como resultaba frecuente entre personas de su generación, pero también disfrutaba el foxtrot, el blues, el jazz, así como Little Richard, Ella Fitzgerald, Louis Armstrong… o Elvis Presley!  Percibí entonces que esos cuatro jóvenes melenudos (e ingleses, además) estaban entregándonos un rock influenciado por el jazz, el blues y el country.  Música marginal, pues.  Había que seguir sus pasos para saber adónde les (nos) llevaban.

       No me arrepentí.  Durante mi adolescencia, la música de Los Beatles me ayudó a mitigar dolores y frustraciones, además de diversificar el repertorio musical (ya amplio de por sí, gracias a mis padres y hermanos) que cualquier joven provinciana/o entonces poseía.  A pesar de que mis gustos musicales fueron causa de alejamiento con varios pretendientes, igual me permitieron encontrar diversas amistades, no sólo del país, con quienes amplié mis horizontes perceptivos en todos los sentidos.

       En 1970, antes del estreno de la película “Let it be”, nos enteramos que el grupo The Beatles llegaba a su fin.  Aunque separados en circunstancias controversiales, resultaba un acto congruente con la manera de ser y pensar del cuarteto… John acaparaba más la atención por sus “desplantes irreverentes y contestatarios” y aumentaron las campañas que el gobierno y la Corona ingleses y el gobierno estadounidense implementaron en su contra, acusándolo de consumo de drogas y producción de material pornográfico.

       Transcurrió una década marcada por fuertes acontecimientos políticos y sociales en el país y en el mundo, cuando ocurre el asesinato de John.  Hoy, a cuarenta años de distancia, caminando  por algunas calles de un Pátzcuaro extrañamente quieto, silencioso, me volvió a invadir esa identificable sensación de pérdida y nostalgia, al contemplar un pueblo al que se pretende despojar de su fiesta popular, en medio de un suceso excepcional… y sin la voz de un Lennon de talante insurgente, provocador e insubordinado, que exhortaba: “Todo lo que necesitas es amor”, o bien, lo que ahora me resulta casi profético: “Nadie me dijo que habría días como éstos.  Nadie me dijo que habría días tan extraños”.  Cuarenta años ya: otros vientos soplan en mi rostro. Soy abuela, sin embargo y a pesar de la nostalgia, conservo una extraña alegría que me obliga a sonreír.