Agnosticismo y ateísmo

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Es un hecho verificable que algunas de las grandes religiones están en franco retroceso, sobre todo los ritos cristianos, singularmente el católico. (Imagen: especial)

Repasando lecturas viejas me encuentro una reflexión del escritor portugués Fernando Pessoa en su obra “El libro del desasosiego” donde diserta sobre una de las dudas más viejas de la humanidad, creer o no creer en un Dios.  Por su interés para este artículo transcribo una pequeña parte:

“He nacido en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia en Dios, por la misma razón que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué. Y entonces, porque el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente, y no porque piensa, la mayoría de los jóvenes ha escogido a la Humanidad como sucedáneo de Dios. Pertenezco, sin embargo, a esa especie de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, no ven sólo la multitud de la que son, sino también los grandes espacios que hay al lado. Por eso no he abandonado a Dios tan ampliamente como ellos ni he aceptado nunca a la Humanidad. He considerado que Dios, siendo improbable, podría ser; pudiendo, pues, ser adorado; pero que la Humanidad, siendo una mera idea biológica, y no significando más que la especie animal humana, no era más digna de adoración que cualquier otra especie animal”.

Es un hecho verificable que algunas de las grandes religiones están en franco retroceso, sobre todo los ritos cristianos, singularmente el católico. Lo vemos más intensamente en la Europa Occidental, donde una multitud de iglesias han sido desconsagradas para funcionar actualmente como museos, bibliotecas o centros de reunión para eventos culturales. También es  frecuente encontrarnos con personas  que, después de haber llevado toda una vida como “buenos cristianos”, de un momento a otro, por múltiples motivos, o a veces sin motivo alguno, simplemente “pierden su fe”.

Cierto es que la duda en este terreno siempre ha existido, Basta recordar la llamada “Paradoja de Epicuro”. Por ejemplo, si admitimos que Dios es omnibenevolente, omnipotente, omnipresente, omnisciente y creador de todo el universo, entonces ciertamente no debería haber ningún mal. Dado que el mal es evidente y nadie pone en tela de juicio su existencia, al ser Dios el creador de todo, ello implica que Dios debe ser el causante del mal, ya que, precisamente, no hay ningún otro poder creador sino Él.

 Ante esto queda, ¿creer o no creer? ¿Nos declaramos escépticos, agnósticos o ateos?  Primero repasemos que quiere decir cada uno de esos términos.

En un apretado resumen podemos considerar que  el escéptico es aquél que quiere creer pero se ve incapacitado para ello porque su observación le marca ciertas incongruencias e  incoherencias que le resultan irreconciliables con la hipótesis de un Dios bondadoso, misericordioso y, al mismo tiempo, Señor del Universo.

 El escéptico es como un creyente caído. Se entusiasma con los Evangelios, pero en su fuero interno sabe que le falta algo para adquirir el compromiso total que le plantea.

El agnóstico es aquel que revisa y reflexiona los límites del conocimiento y razonamiento  del humano y comprende que la certeza absoluta en relación a la existencia o no existencia de Dios no es accesible. Un ejemplo de esto es Bertrand Russell. El agnóstico, por su compromiso con la realidad, sólo acepta las certezas, por lo tanto  decide colocarse en la indiferencia ante una u otra opción inverificable. No niega la posibilidad de que Dios exista, pero tampoco niega la posibilidad de que no exista.  El agnóstico se limita a constatar la encrucijada sin emprender uno de los caminos. En definitiva, se abstiene, se muestra indiferente ante esta disyuntiva, porque considera que en nada afecta a su trabajo en la vida, que es algo indiferente para la existencia.  Bajo la óptica cristiana, no existe diferencia entre un agnóstico y un ateo, pues ambos se comportan como si Dios no existiera.

El ateo, por el contrario, sí toma uno de los caminos. El ateo afirma categóricamente la no existencia de Dios. Dicho de otra forma, cree en su no existencia. Por eso se ha dicho muchas veces que el ateísmo es también una religión, negativa, sí, pero religión al fin, ya que la afirmación sobre la que se sustenta también es inverificable. Por eso existe un fundamentalismo ateo. Sus esfuerzos intelectuales se concentran en una actitud agresiva ante el cristianismo o la religión en general. Su vehemencia puede ser tan intensa, o más, que la del fideísmo cristiano. Su voluntad aborrece la creencia, porque la considera algo subjetivo, sentimental,  sin advertir que su postura es igualmente subjetiva, porque se basa en otra creencia.

Interesantes cuestiones, para ponerse a pensar, si no se tiene otra cosa que hacer.