EL DERECHO A LA CIUDAD: Resiliencia social

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Desde hace unos dos años, a partir de que inició la pandemia, hemos escuchado casi de manera simultánea lo que se ha denominado “nueva normalidad”, que no termina por llegar y muchos siguen esperando. Es innegable que, en muchos casos, además de la escasez de productos y el desabasto de alimentos, la pandemia propició un deterioro de la convivencia familiar, aumentó la violencia verbal y física en muchos hogares, nos volvimos más intolerantes, se acentuó la polarización social, pues en gran medida el confinamiento en casa vino a agudizar las diferencias socioeconómicas de la población, e incluso las posibilidades de acceso a la atención médica.

Hemos visto cómo el discurso político y social transitó del tema de la salud al económico; todavía hoy en día parece que se impone la preocupación económica sobre el bienestar de la población. En esta polarización se han olvidado las estrategias tendientes a la atención de factores como la violencia intrafamiliar, la deserción escolar, la depresión de niños, adolescentes y adultos, entre otros muchos.

Siempre se dice que las crisis representan momentos de oportunidad, y hoy no es la excepción. Hoy, el concepto de resiliencia está teniendo un auge sin precedentes, debido a su potencial para comprender y afrontar los desafíos que como sociedad e individuos se nos presentan. El nuevo enfoque es indagar de qué condiciones están dotados los individuos que logran reponerse, en lugar de preguntarse por las causas de la patología física o espiritual que generan estas catástrofes. Se trata de una nueva mirada de la manera en que los diferentes seres humanos afrontan posibles causas de estrés: malas condiciones, o estadías en campos de prisioneros, situaciones de crisis como las causadas por viudez o el divorcio, las grandes pérdidas económicas o de cualquier otra índole.

Lo relevante del caso es entender que la resiliencia no es un rasgo que las personas tienen o no, sino que conlleva conductas, pensamientos y acciones que cualquier persona puede aprender y desarrollar. En otras palabras, es posible que como sociedad podamos aprender a ser más resilientes.

Desde la perspectiva etimológica, el término de resiliencia es derivado del latín, del verbo, resilio, resilire que significa “saltar hacia atrás, rebotar”; su aplicación se da en diferentes disciplinas. En sistemas tecnológicos, se utiliza para definir la capacidad de un sistema de soportar y recuperarse ante desastres y perturbaciones. En ecología, la resiliencia ambiental es la capacidad de un determinado sistema en recuperar el equilibrio después de haber sufrido una intervención adversa. En física, la resiliencia es la propiedad de los materiales que acumulan energía cuando se someten a situaciones de estrés, como las rupturas. Los materiales resilientes, después de un momento de tensión, no son dañados, debido a que tienen la capacidad de volver a la normalidad. En psicología, resiliencia es la capacidad de una persona para hacer frente a sus propios problemas, superar los obstáculos y no ceder a la presión, independientemente de la situación. Es la capacidad de un individuo para sobreponerse a períodos de dolor emocional y traumas. En sociología, resiliencia es la capacidad que tienen los grupos sociales para sobreponerse a los resultados adversos, reconstruyendo sus vínculos internos, a fin de hacer prevalecer su homeostasis colectiva, de modo tal que no fracase en su propia sinergia.

Bajo el contexto de la pandemia, todos, en mayor o menor medida, hemos sido resilientes, al menos en lo individual o familiar. Ahora conviene identificar que, si entendemos a la resiliencia individual como la capacidad de afrontar, sobreponerse a las adversidades, resurgir fortalecido o transformado, después de enfrentarse a sucesos desestabilizadores, la resiliencia social sería la capacidad que tiene un sistema, comunidad o sociedad cuando es expuesto a una amenaza, en este caso la pandemia, de resistir, absorber, adaptarse y recuperarse de sus efectos de manera oportuna y eficaz, lo que incluye la preservación y la restauración de sus estructuras y funciones básicas. 

Según sea la situación, la resiliencia puede presentar tres concepciones diferentes, la resiliencia como estabilidad, que permite asimilar lo inesperado; la resiliencia como recuperación, para sobrellevar un escenario adverso, y la resiliencia como transformación, que viene cuando se ha aprendido y superado algún evento doloroso o complicado.

En nuestro caso, como sociedad valdría la pena preguntarnos: ¿Supimos enfrentar lo inesperado? ¿Hemos sabido sobrellevar este escenario adverso que ha transformado nuestro actuar cotidiano? Y, lo más importante: ¿Hemos aprendido de la crisis enfrentada?, y ¿Cómo logramos salir fortalecidos?

La resiliencia social debe entenderse como la capacidad del sistema social y de las instituciones, para hacer frente a las adversidades y para reorganizarse posteriormente, de modo que mejoren sus funciones, su estructura y su identidad. Identifica la manera en que los grupos humanos responden a las adversidades que, como colectivo, les afectan al mismo tiempo y de manera semejante. Comprende, tanto los recursos tangibles, es decir los recursos materiales, humanos o procedimentales de que dispone, como lo observamos con la capacidad hospitalaria, la logística de vacunación, etc., todo aquello que debe proteger a los individuos y permite compensar sus debilidades individuales.

También se refiere a los aspectos intangibles, y sobre los que ahora habría que poner particular atención y énfasis, tiene que ver con las acciones que “capaciten” a los individuos y a la sociedad en general, para sobreponerse a las dificultades y estar en condiciones de lograr una adaptación exitosa a la nueva realidad.

Algunas comunidades se ponen a combatir las adversidades y son capaces de superar las dificultades, mientras que otras se llenan de abatimiento y desesperación cuando ocurren situaciones de crisis, desastres y calamidades, del mismo modo en que en muchas personas afloran sus cualidades más positivas, aquellas que incluso creían desconocer. Hoy, el reto que enfrentamos, sociedad y gobierno, es que debemos aprender, educar o propiciar las mejores actitudes y comportamientos que nos permitan lograr la reconstrucción de mejores condiciones en favor del beneficio colectivo, mejor aún que las existentes antes de la pandemia, para esto, es condición sine qua non que tanto víctimas, como testigos no seamos indiferentes ante situaciones que atentan contra la integridad humana en cualquiera de sus modalidades. Todos y todas debemos estar juntos en este momento histórico, en que deberá resurgir lo mejor de nuestra naturaleza humana.