Observando el universo

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Ese año, se conmemoró el 400 aniversario de la primera observación al espacio. (Foto: especial)

Han pasado más de dos décadas, desde la ocasión en que un recordado amigo, originario de las Islas Canarias, hizo la siguiente reflexión, una noche invernal, aquí en Pátzcuaro: “Cuando miro hacia el cielo y contemplo la infinidad de astros y constelaciones, me resulta inevitable pensar que estoy mirando hacia atrás, en el tiempo y en mi historia”.  Hoy me lo ha hecho recordar, una charla con la joven Carmelita, quien apenas terminando secundaria, se ha declarado admiradora de estrellas y planetas, afición que han sabido estimular sus padres y hermanos, obsequiándole un telescopio que ella misma se ha encargado de armar, ajustar y calibrar, logrando, ya, obtener “acercamientos” de la luna y algunos otros astros.

       Nunca como ahora se nos había brindado la oportunidad de comprender cómo el ser humano se encuentra tan íntima e indisolublemente vinculado al Universo.  Desde el año 2009, la comunidad científica mundial convocó a todxs los habitantes del planeta Tierra a voltear nuestra mirada a los cielos, invitándonos a la vez a reflexionar sobre los secretos del Universo y así festejar el Año Internacional de la Astronomía.

       Ese año, se conmemoró el 400 aniversario de la primera observación al espacio, por medio del telescopio manipulado por Galileo Galilei (1609) y desde el 31 de enero se iniciaron en nuestro país los festejos que, durante todo el año, congregaron, en diversos puntos del país, a astrónomos profesionales y aficionados, que compartieron con todo tipo de público sus conocimientos de estrellas, constelaciones, planetas y galaxias.

       Desde entonces, mucho se ha hablado, escrito y conocido sobre el tema, que cada año se renueva y amplía, culminando en la celebración anual de la “Noche de las Estrellas”.  Y como ha dicho una querida amiga –y lo aseveran científicos prestigiados-, cuanto más lo asimilemos, llegaremos a comprender la esencia y el significado de la vida, de la muerte y de la trascendencia o renacimiento.

       A mi padre agradezco el conocer, por lo menos, nombres y ubicación de algunas estrellas y constelaciones que pueblan la bóveda septentrional perceptible a nuestra visión, así como de otras que sólo pueden contemplarse en determinados puntos del globo terráqueo.

       Ahora, cuando pienso en el Universo, pienso también, inevitablemente, en la Gran Explosión (o Big Bang, como familiarmente le llamaba mi hijo siendo pequeño), ésa que trajo, como Prometeo el fuego, luz y semillas de vida al “puñado” de elementos que “flotaban” en un vacío negro y abismal: hidrógeno y helio, junto con leves trozos de litio y berilio.

       Y cuentan, quienes de esto saben, que la insondable oscuridad renació y su noche de más de 100 millones de años terminó, cuando las nubes de hidrógeno colapsaron y se incendiaron y en los hornos de fundición de las primeras estrellas de átomos se aplastaron, se quemaron y convirtieron en partículas más complejas, como el CARBONO que contiene esta máquina, esta pantalla, el teclado y la mano que lo utiliza.  Y fue en ese momento, cuando el Universo se iluminó por primera vez, que sucedió la segunda creación, la que cuenta de verdad.

       Aunque aún no es posible “ver” ese amanecer cósmico, estudios científicos recientes (utilizando asombrosos programas de computadoras) han “resucitado” una época lejana, dominada por bolas gigantes de hidrógeno en llamas, cientos de veces mayores que el Sol y millones de veces más radiantes.  Esas fueron las primeras estrellas, diferentes a cualquiera de las que existen hoy en el Universo.  Ellas crearon todo lo necesario para las futuras estrellas, así como los elementos esenciales para la vida, como la conocemos hoy en la Tierra.

       Las antiguas estrellas, inmensas bolas de fuego, producto de la Gran Explosión, resplandecieron durante unos 3 millones de años, para morir después en un coro de detonaciones, mucho antes de que existiera algo de lo que actualmente observamos en el firmamento.  Y SU MUERTE, CREÓ LA VIDA.  Partes de estas primeras estrellas gigantes están en nuestra sangre, en nuestros huesos y en nuestra piel.  Inclusive podría ser que esa partícula de polvo estelar de la que se formó la Tierra, haya sido lanzada al vacío por la explosión que deshizo en pedazos a las primeras estrellas.

       Dicen también los científicos que aquellas estrellas abuelas vivieron rápidamente y murieron jóvenes: después de sólo 3 millones de años (una vida tan corta que no se compara con el tiempo transcurrido desde la aparición de los primeros homínidos), las estrellas habrían explotado como “supernova” y esto puso en marcha la evolución del Universo como lo conocemos.

       Aquellas explosiones que parecerían catastróficas, esparcieron por todo el espacio el carbono, el oxígeno y el hierro creados en los núcleos de las estrellas, mediante una cadena de reacciones en fusión.  Y esos elementos que desataron el colapso de las nubes formadoras de estrellas, fueron las semillas de todas las futuras estrellas y sistemas solares, sin la completa destrucción de las primeras luces del Universo, nunca hubiera surgido la vida en un pequeño y (ya entonces) acuoso mundo, conocido como Planeta Tierra, miles de millones de años después.  Y ninguno de nosotrxs estaría aquí para contar, entre otras cosas, que 2009 fue el año que se dedicó especialmente a la Astronomía.

       Hoy sabemos, por seres excepcionales que pasan muchas horas de su vida escudriñando el Universo (como Galileo Galilei hace más de 400 años), que muchos astrónomos podrían ser ahora testigos del fallecimiento de las primeras estrellas, ocurrido hace muchísimo tiempo.  Por todo lo anterior, resulta interesante preguntarnos de dónde vienen los elementos de los que estamos hechos, pues todo lo que hizo la Gran Explosión fue mayormente hidrógeno y helio…, y si miramos a nuestro alrededor, no hay mucho de esos dos.  Todo es mayormente carbono y helio.

       Y como el único lugar donde esos elementos se producen es en las estrellas que explotan, podemos asegurar que todo lo que se encuentra en torno nuestro, en algún momento, debe haber sido parte de una estrella que explotó y quedó desperdigada por el Universo.  La joven Carmelita, seguramente, pronto lo entenderá.