Tonantzin, nuestra madre

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Tonantzin es concebida como nuestra madre, desde tiempos prehispánicos. (Foto: cortesía Xúchitl Vázquez)

Tonantzin es concebida como nuestra madre, desde tiempos prehispánicos. Tonantzin es un vocablo   náhuatl que significa “nuestra madre venerada”. Tzin, es un sufijo, que significa venerable o noble, se le adhiere al nombre de una persona de gran respeto.

Tonantzin, es nuestra madre; la que escucha, la que cuida, la que protege a sus hijos desde tiempos milenarios. Mucho antes de que llegaran los españoles.

El 12 de diciembre, México se mueve, miles y miles de peregrinos se dirigen al lugar sagrado, por las vías sagradas, que nadie les ha enseñado, pero saben por dónde tienen que llegar para llevarle flores, para llevarle canto y danza.

Porque el canto, las flores y la danza eran ofrenda, eran oración, son comunicación con la divinidad y los planos superiores.

 Muchos viajan a la Ciudad de México para llegar al Cerro de Tepeyac, que oculta bajo la iglesia colonial, una enorme pirámide. En esa pirámide se rendía culto a Tonantzin, la madre creadora.  Los más son indígenas, que llegan con una enorme devoción heredada, a llevarle flores, pero también le llevan sus sueños, sus penas, sus alegrías, su vida.

Este año aún estamos en pandemia, aunque haya semáforo verde, las mañanitas que le cantan los artistas, será diferido. Será diferente, pero igual. La gente no va por el espectáculo. Van porque de alguna manera se trae en la sangre, el conocimiento ancestral, ese que tanto quisieron destruir, y no pudieron. En todos los rincones del país, se le canta y se le ofrecen flores.

El amor a Tonantzin tiene que ver sin duda, con el amor a la vida, a la naturaleza, al conocimiento ancestral. Durante la colonia fue fuertemente perseguido y castigado el rendirle culto. Los españoles no entendían, porque dejaban ofrendas a una montaña. No sabían el gran significado de las montañas, del conocimiento oculto, del valor de resguardar la raíz.  La madre creo los ríos y los mares, los bosques, las nubes, las aves, todo lo existente. En la cosmovisión de los pueblos originarios, el hombre y la naturaleza son uno.

Algunos investigadores, como Jacques Lafaye, identifican abiertamente a Tonantzin como Cihuacóatl, según las descripciones del cronista Bernardino de Sahagún.  El cronista Francisco Javier Clavijero la identificaba como Centeotl. Sahagún se refiere a Cihuacóatl como la diosa principal de los mexicas, y en dos ocasiones afirma que la llamaban con el nombre de Tonantzin.

Tonantzin, la deidad femenina. Cuenta la leyenda que era una Diosa bellísima, vestía siempre de huipil y falda blanca y tenía el cabello negro, largo y lacio.

Para Jacques Soustelle y otros investigadores, existe superposición de ritos de adoración e iconografía de distintas diosas en los cuales se ubica a Tonantzin. En ocasiones, se identifica a Tonantzin como madre de Quetzalcóatl, y en otras como su esposa y parte de su dualidad, especialmente en su forma de Cihuacóatl.

Recordemos que Quetzalcóatl o Serpiente emplumada, es una de las deidades principales de Mesoamérica. El cual incorpora la fuerza de la Tierra (representada por el tótem coatl) y la fuerza del Cielo (representada por el tótem Quetzal).

Según testimonio de Fray Juan de Torquemada, Tonantzin solo se les aparecía a los indígenas, bajo la apariencia de una bella joven vestida a la usanza indígena, siempre con su huipil blanco, y les contaba secretos. (Conocimiento ancestral).

En la actualidad ya no se venera a Tonantzin como tal, pero si se venera a una mujer con rostro totalmente indígena, que se viste con el cielo y la tierra (Guadalupe). Se le quitó el huipil, pero el color de la piel permaneció, así como su unicidad con la tierra y el cielo.

Existen varias versiones de lo ocurrido, por un lado, hay quienes creen fervientemente en su aparición, y otros que piensan solo fue utilizada para “pacificar” a los indígenas y evitar sublevaciones.

Tonantzin Guadalupe, sin duda ayudó al sincretismo de las creencias indígenas-españolas. Sin embargo, ha sido la que siempre ha estado al lado de los pueblos originarios.

La virgen de Guadalupe encabezó la lucha de independencia contra el imperio español, contra la explotación, desigualdad y despojo realizado a los propietarios originarios de estas tierras.

Ella estuvo también al frente de la Revolución de 1910, en los sombreros de todos los que luchaban por su tierra, por su libertad, por la igualdad y anhelaban un buen gobierno.

La iglesia intentó durante siglos borrar de la memoria de los indígenas a Tonantzin, nuestra madrecita tierra. Sin embargo, ella está presente en cada lucha contra las compañías mineras que saquean sus riquezas y acaban con sus territorios, está también acompañando a quienes luchan por el agua, contra los transgénicos, contra la desigualdad, el racismo y la violencia.

Está presente en cada sembradío, en las semillas de maíz, chile y frijol, está en las sonrisas y lágrimas de los indígenas, está en el corazón de millones que finalmente conforman esta tierra llamada México.

 Miguel León-Portilla, escribió: “En 1531, según lo refiere Antonio Valeriano, un discípulo de Fray Bernardino de Sahagún, una virgen de rostro moreno se le apareció a Juan Diego, un nahua convertido al cristianismo, en el llamado cerro del Tepeyácac, en las afueras de la Ciudad de México. La historia de la aparición de Tonantzin- llamada virgen de Guadalupe,  ha sido muy estudiada  y difundida desde  la aparición, publicada por primera vez en 1645. En la versión nahua original, pueden encontrarse muchos elementos del antiguo pensamiento náhuatl. Desde su publicación la obra ha sido traducida a varios idiomas.”

Sin duda el Nican mopohua, es una obra que no se puede dejar de leer, de consultar, de apreciar su valor.  Les comparto una partecita: “y todos a una, toda la ciudad se conmovió, cuando fue a contemplar, fue a maravillarse, de su preciosa imagen. Venían a conocerla como algo divino, le hacían súplicas. Mucho se admiraban, como por maravilla divina, se había aparecido. Ya que ningún hombre de la tierra pintó su preciosa imagen”.

Y así Tonantzin, tomó el nombre español de Guadalupe, pero no cambió su color de piel, ni sus rasgos indígenas ni tiño su cabello de güero. Les mostraba a los indígenas, que lo que les decían los españoles de que eran feos por sus rasgos y color de piel, que eran seres sin alma y no aptos para pensar, era una enorme mentira.

En el cerro del Tepeyac, suenan fuerte los caracoles, los teponachtlis, los cascabeles y danzan miles de  plumas multicolores.

La flor y el canto se unen para recordarnos que somos flores, que somos canto.

Termino compartiéndoles un pequeño poema anónimo, al leerlo me transporte al lugar sagrado donde habita Tonantzin:

No acabarán mis flores,

No cesaran mis cantos,

Nuestros corazones, nuestro pensar, son flores entretejidas.

Somos flores del corazón.