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Educación y seguridad ambiental

Durante la inspección se localizó tocones y se detectó plantación de aguacate, por lo que se procedió al aseguramiento. | Fotografía: Archivo

“La sociedad y la Naturaleza, desde la perspectiva ecológica contemporánea, están entrelazadas y es imposible separarlas”, cita Fernando Ortiz Monasterio en el prólogo a un libro por él coordinado y que contó con la colaboración de varixs académicxs e investigadorxs de diversas disciplinas, que hicieron posible la obra: “Tierra profanada.  Historia ambiental de México”. 

       En otra publicación: la Revista de Desarrollo Sustentable No. 7 de Semarnat, que circuló en el año 1999, llamó mi atención lo que en su presentación mencionaba: “La educación ambiental, llegó tarde al mundo, y a nuestro país más tarde aún.  Pero no por ello debemos cruzarnos de brazos y asumir la actitud fácil de evadir los compromisos y retos que enfrentamos en este rubro”.  Diez años más tarde, en 2009 en el Estado de Michoacán, se organizaron cursos y talleres convocados por la misma Institución: Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales, con la participación de otras instancias involucradas en el sector educativo y ambiental (Centro de Educación y Capacitación para el Desarrollo Sustentable (CECADESU), el Centro Regional de Educación y Capacitación para el Desarrollo (CREDES Pátzcuaro) y la Unidad Coordinada de Participación Social y Transparencia (UCPAST) del Estado, e integrantes de la Sociedad Civil, teniendo como objetivo “vincular, en las acciones ambientales, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, como un asunto pendiente e inaplazable en los programas de desarrollo, en los distintos órdenes de gobierno”.

       En aquellos talleres (conversatorios permanentes), conocimos experiencias de regiones en donde, al desarrollar proyectos sustentables (surgidos y en manos de las propias comunidades) en cuanto al manejo9 de la tierra, agua y demás recursos, han erradicado de manera no violenta, los cacicazgos “tradicionales”, además de los grupos de la delincuencia que han venido ampliando su “campo de acción” por todo el territorio, convirtiéndose en auténticos “Cárteles”.

       Y volviendo a nuestro Estado: en aquella época en que se convocó de manera amplia y democrática a organismos de la sociedad y personas que en lo individual sabemos lo necesaria que resulta la práctica de una ciudadanía responsable, informada y comprometida con “el bien común”, ya resultaba más que evidente la preocupación expresada para el tema “cambio de uso de suelo”: en zonas urbanas, para establecer empresas trasnacionales que malbaratan los productos del campo y controlan o desplazan a los productores nativos; en zonas rurales (y sobre todo en las cuencas lacustres de Pátzcuaro y Zirahuén) con el cultivo de especies ajenas a la región, para los que se utilizan agroquímicos que han sido prohibidos en países europeos.  La voz de alarma -en aquel entonces- surgió de la comunidad indígena de Zirahuén, que se atrevió a denunciar la contaminación de sus cuerpos de agua (un río, algunos manantiales y el lago mismo), por los sembradíos de papa que un particular (y funcionario municipal) estaba realizando de manera extensiva cerca del río principal que alimenta el lago.  Recordamos además que esta misma comunidad había dado ya lucha ante otros “empresarios y funcionarios” del Estado, que siendo “prestanombres” del Club francés Mediterranée, pretendían establecerlo en el lugar.

       Actualmente, la principal fuente de contaminación de nuestros cuerpos de agua (y también de la tierras) proviene de la siembra indiscriminada de un fruto que alguna vez contribuyó a fortalecer la economía del campo michoacano, pero que hoy día, en manos de la codicia y la corrupción, está causando más daños que bienestar: el famoso “Oro Verde” o Aguacate, al que le siguen los pasos los sembradíos de “Berries” o frutos rojos, cuyas empresas (extranjeras, por lo general) están instalándose y creciendo en sitios donde se encuentran manantiales.  Y bueno, no podemos ignorar que detrás de todo, también se encuentran las empresas constructoras de fraccionamientos que, con pocos o ningún “estudio de impacto ambiental”, ya están dañando nuestros ecosistemas.  Y todavía se ostentan como “ecológicos”.

       Hoy que no podemos taparnos los ojos ante el desastre ambiental en el país y en nuestra Cuenca; que ha llegado a límites extremos y que se venía anunciando, debemos admitir la responsabilidad ciudadana que hicimos a un lado, al permitir tantas omisiones, negligencias y corruptelas de ese sector que no “gobierna”, sino obedece y se pliega a compromisos gremiales, sectoriales, empresariales, políticos y hasta personales o familiares y que poco o nada de interés tiene o ha tenido para retribuir a lo que sólo utiliza para “atraer” turismo: el territorio, los cuerpos de agua, los bosques y a quienes de siempre les han custodiado: hombres y mujeres de pueblos originarios, artífices de una diversidad de oficios que, al ser violentado el entorno de donde surgen, se encuentran en riesgo de desaparecer, como ha sucedido ya con tantas especies de flora y de fauna.

       Lo incuestionable es entender cómo los seres humanos, en un periodo de apenas unas decenas de miles de años, nos volvimos la especie dominante en la Tierra, y en muy pocos años, una auténtica amenaza para las demás especies, a pesar de la presunción de ser la única especie poseedora de inteligencia.  Tanto en las ciudades como en el campo del México contemporáneo, el deterioro ambiental, la contaminación y la sobreexplotación de los recursos naturales han llegado a tal grado, que se ha disminuido ya la calidad del medio ambiente.  El cambio climático se ve acelerado con la actual tendencia de ofrecer a la venta, renta o concesión, la tierra de cultivo, los bosques, los manantiales, la fauna y la vegetación, además de, literalmente, “vender nuestras ciudades como terreno”, para quienes alteran y modifican “a modo” los tradicionales inmuebles, cambiando no sólo la fisonomía de un lugar, sino trayendo a la par la especulación y todo lo que esto conlleva.

       Estando próxima la celebración del Día de la Tierra, resulta pertinente traer a la memoria que desde 1994, el Consejo de la Tierra y la Cruz Verde Internacional, conjuntamente con el gobierno Holandés, retomaron un movimiento que habían propuesto hacía unos cuantos años: Carta de la Tierra, lo denominaron, con la intención de que la comunidad internacional suscribiera el compromiso de promover los principios fundamentales encaminados a alcanzar el desarrollo sostenible; esto es, razonado, equilibrado, partiendo del principio de “retribuir a la Naturaleza algo de lo mucho que nos ofrece”.

       La misión de la iniciativa de la Carta de la Tierra es establecer una base ética sólida para la sociedad civil emergente y ayudar en la construcción de un mundo sostenible, de respeto hacia la naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia económica y una cultura de paz.  Ha sido hasta ahora la propuesta más importante para sensibilizar en torno al cuidado y protección del medio ambiente.  Contribuyamos a lograr la verdadera seguridad ambiental, PARTICIPANDO.

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